domingo

Abrigar el alma





Sueño que mi alma juega, multiplicada, con otras almas. Impúdicas porque juegan sin vergüenza, con espontaneidad, protegidas por la doble llave de la experiencia. Es lo que hay, a pesar de que la mecánica repetición de los tópicos quiera disfrazar de obscenidad al impudor de lo espontáneo. 
No es la moral lo que peligra ante tanta espontaneidad, sino el alma. El alma queda al descubierto y se hace transparente en su propio y fértil caos. No le preocupa saber quien es, o a qué se parece. Solo quiere moverse con libertad por las habitaciones de su morada, corriendo de aquí para allá, encendiendo todas las luces, explorando todos los rincones.

Hay que abrigar el alma. Protegerla de las maquinaciones y de las conjuras. Protegerla de la vileza y de las deslealtades, de la mentira, de la traición. Hay que abrigar el alma, cubrirla para que pueda orientarse en los torbellinos que producen los espejos, en las encrucijadas entre una cosa y su contraria. Hay que proteger al alma del vaivén entre el silencio y la maledicencia. Ampararla. Proporcionarle una morada confortable, con una ventana cómoda desde la que pueda observar a resguardo, las batallas que no son suyas. 

Hay que abrigar el alma  para que pueda seguir jugando impudorosa con otras almas, si eso es lo que quiere.




jueves

Los fantasmas de las corrientes. Cuento primero


No sé si existen los fantasmas: restos de personas muertas, ectoplasmas, personalidades que vuelven para comunicar con nosotros después de su muerte. Resulta chocante para mi racionalidad pensar en algo así, pero voy a dejarlo en suspenso porque hay tantas cosas raras y escucho tantas experiencias extraordinarias, que… No, estoy mintiendo. Miento porque yo misma he experimentado en mi propio cuerpo algunos sucesos que llevan la contraria al raciocinio. Al raciocinio o a ese órgano cultural que busca siempre  la coherencia literal del lenguaje, como si fuera el lenguaje la realidad misma, como si el diminuto pacto social en el que nos movemos fuera el Universo entero.
Pienso, tengo la sensación, el barrunto oscuro de que algo hay, aunque cualquier intento de explicación se me vuelve inmediatamente banal, insuficiente…Quizá únicamente si recurro a la idea de lo numinoso: aquello inaccesible a la razón y que nuestra sensibilidad percibe gracias a su enorme complejidad, pero que nuestro pensamiento no puede interpretar puesto que no puede tratarlo como una identidad. Solo esta idea de numen parece señalarme un camino bien orientado.

Pero el fantasma de este cuento es - a diferencia de un encuentro mágico en el bosque, o la llamada telefónica de un ser querido fallecido – el fantasma de este cuento es terrorífico. Este fantasma es la demostración de nuestro empeño inconsciente en aferrarnos y recrear los aspectos más oscuros de las imágenes de nuestra dependencia. Imágenes triunfantes de las que nos enamoramos, a las que rendimos culto, a las que ponemos mesa y mantel. Imágenes bien definidas de una circulación amorfa de amarguras indefinibles, enlazadas con asuntos lanzados a la oscuridad del olvido –por molestos, por añorados, admirados… Imágenes que se configuran gracias a algo que parece evaporarse de nuestras divagaciones emocionales o que quizá sean nuestras emociones mismas fluyendo en la proximidad de nuestros cuerpos como  líquidos invisibles.
Todo aquello que se va metiendo bajo la alfombra, se convierte en el barro con el que modelamos nuestras máscaras familiares. En ese subsuelo amasamos febrilmente  figuras para mitigar nuestro desamparo, pero lo que hacemos es destilar la materia de la que están hechos los fantasmas.
La superficie de la conciencia aparece muy ordenada y meticulosa, como los servicios de una mesa en un restaurante de lujo: cada cubierto para cada plato, cada copa para cada vino. Esta es la rigidez del tirano que ya murió, dejando insertadas en nuestras sensibilidades sus normas, sus ruidos y sus gruñidos, como balizas para reconocer nuestro mundo familiar, para sentirnos a gusto en la atmósfera cerrada de sus corrientes.

El tirano murió, la lujuria que polarizaba  se fue disolviendo en el ambiente, ocupando lugares más discretos y comunes. La mujer banal y caprichosa,  la piter-pana,  la actriz pegada a su propia máscara,  la mujer de alma tan  profunda como un charco de  lluvia pura,  desapareció con él, pero sus presencias y sus influencias mutuas se barajaron con una fuerza formidable. Una fuerza que generó tal conmoción en las estructuras de nuestras relaciones, que nos dejó perfectamente preparadas para lo que iba a venir.
El tirano murió, la obscenidad desapareció durante un tiempo, o al menos se mitigó. Parecía no haber nadie dispuesta a exhibir sus oros, sus virtudes, sus logros en la vida, sus opiniones como dogmas, como conquistas de la humanidad toda, como lo único que hacer de cierto valor en este mundo.
Hubo un momento en el que pensé que desaparecido el tirano seríamos libres, podríamos poner los pies sobre la mesa, hablar sin parar, discutir sin enfadarnos, enfadarnos con remedio… en fin: hacer fiestas para celebrar su ausencia. Durante un tiempo me pareció que hubiera lugar para otra cosa,  para cierta desorganizada luminosidad, para cierta la memoria. Y  quizá fuera acertado mi atisbo de movimientos en ese sentido, al menos de los míos estoy cierta. Pero ahora sé que era mi alegría la que enturbiaba mi mirada sobre los hechos, haciéndome pensar en una liberación, cuando lo que estábamos viviendo era un periodo de transición hacia la siguiente tiranía. Estábamos invocando a lo que ya era un fantasma, para que viniera a incorporarse de nuevo al puesto que parecía haber abandonado.  No podíamos vivir sin él.

Las corrientes eran tan fuertes que nadie podía nadar en su contra por mucho tiempo. Invisibles, oscuras, como vientos helados, circulaban entre aquellas personas satisfaciendo las necesidades de su genealogía. Rumores vagos, temblores, inseguridades, recuerdos, se movían a su alrededor como jugando vertiginosas partidas de ajedrez repetidas como series infinitas de ceros y unos en mil combinaciones. Y fue entonces, en un momento preciso, sin azar, fue entonces cuando él –que venía caminando desde lejos en el tiempo- apareció.
Llegó hasta allí como una víctima de aquel nuevo lugar. La imposición de sus condiciones para aceptar y ser aceptado, pasó por una queja a la que todos se doblegaron: porque le estaban esperando.  El era la respuesta a su invocación colectiva.  
Llegó observándolo todo desde la distancia de su oscuridad, haciendo entrar en sí las gélidas corrientes, identificándolas como algo propio, congeniando con ellas. Permaneció agazapado observando cuales eran las necesidades de todas aquellas personas, dándoles a cada cual lo suyo. Puso a cada uno en su lugar en relación a sí mismo, allanando los estorbos, traduciendo los obstáculos como ofensas que nadie deseaba infligirle. Regalaba a cada cual lo que sabía que esa persona deseaba y así se hizo pasar por un hombre bueno. Y allí solo él hablaba a gusto, solo él reía a gusto, solo él mandaba.
Lo sé porque estuve sentada en una  mesa junto a él. Su influencia se estiraba y se encogía, sobrevolaba la mesa, la rodeaba incluyéndonos en su abrazo. No le hablé, no le miré: solo pude temerle.


"El problema continúa" (minilibro)












Los obreros de los diluvios (minilibro)



















miércoles

Mi padre en mi








Mi padre en mi I.

Sabemos que el género no existe y sabemos que lo sexual no elige el género.
Sabemos que el género es una construcción cultural consecuencia de esta capacidad humana llamada pensamiento simbólico.
Sabemos que el ser humano, seguramente desde sus albores, seguramente encontró en el género un soporte en el que hilar el imaginario con el que intentaba representar su existencia, la naturaleza, sus leyes.
Uno de los aspectos mas importantes en la intuición precientífica de la naturaleza es la certeza de que el movimiento y la vida se dan en el intermedio entre polaridades: luz – oscuridad, frío-calor; arriba – abajo… Seguir el ritmo de lo polar en su infinita reiteración nos lanza hacia la observación de otras complejidades organizativas, pulsos más extensos como: los ciclos, las repeticiones, la aleatoreidad aparente y el caos.
Nuestro sistema perceptivo se orienta entre polaridades, entre contrastes máximos: el negro sobre blanco de la letra impresa (o de la escritura en general) es un ejemplo claro.
El género es una acumulación simbólica de características reales que sirven en realidad no fundamentalmente para adjudicar roles socioculturales, ni para empequeñecer a las personas o someterlas, sino para representar en los seres humanos las dinámicas que nos hacen vivir.
Cuando Jung plantea sus reflexiones sobre el anima (lo femenino en el hombre) y el animus (lo masculino en la mujer) concreta en su planteamiento la posibilidad de esa  certeza: no hay división sexual.  Seguramente lo simbólico, la cultura, se filtre en lo real y lo modifique también, no nos olvidemos de esto. Ahora bien: el cauce del surco simbólico  dejado por la cultura en lo real es posible que necesite muchísimos años para modificarlo.

La sexualidad no divide a los seres humanos de la misma manera que no divide a ninguna otra especie animal.  Jung explora la memoria humana de esta certeza y encuentra “las bodas alquímicas” y “el andrógino”  como un rastro de la memoria olvidada sobre el asunto.  El ser humano es la única especie dividida y que por lo tanto ha de recordar que esta es una mera división simbólica y que por encima de ella –en la naturaleza- tal división no existe.
El género es una acumulación simbólica de características reales de enorme antigüedad, pero no es una acumulación inexplorable, ni irreversible. Sería deseable su reversibilidad, discusión, o anulación en aquellos momentos culturales en los que esta acumulación simbólica de características reales, se vio y se sigue viendo afectada por la voluntad  - voluntad de la que todas las personas de que compartimos cultura somos responsables- de esclavizar a miembros de nuestra especie de forma culturalmente justificable.
La división sexual no existe y los géneros son construcciones culturales, así que es de esto de lo que tenemos más consciencia y por lo tanto: más inconsciencia. La combinatoria de ingredientes femeninos y masculinos, es decir: los mensajes culturales sobre lo femenino y sobre lo masculino en nuestras personalidades es algo que podemos rastrear hasta cierto punto sin muchas dificultades. Pero los imputs que nuestras figuras parentales deslizaron en nosotras desde sus registros simbólicos más inconscientes son mucho más difíciles de rastrear.
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Hace unas noches soñé con un grupo de caballeros templarios.
Por un lado la estampa del sueño, la imagen, me resultaba admirable, imponente, irracionalmente atractiva. Por otro lado, al mismo tiempo, me causaba un gran rechazo. Esta masculinidad asociada al “soldado” me resulta, de buenas a primeras: reprobable.
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Recuerdo lo que le gustaba a mi padre. Solo lo que le gustaba, porque mucho de lo que le gustaba quedó enterrado en algunos de sus aspectos, aquellos que no pudo desenrollar, aquellos por los que prefirió no optar, aquellos para los que no encontró lugar en la realidad… cayeron hacia la profundidad del olvido, de la oscuridad. Rincones desde los que yo los percibía como un matiz melancólico cuyas sombras coléricas entreví en una ocasión.
Honraré a mi padre reconociéndolo en mí y quizá así también su sombra diluya parte de su peso y encuentre más paz aún.
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A mi padre le gustaba fumar en pipa, leer (Teilhard de Chardin le acompañó toda su vida y leía todo lo que encontraba sobre los templarios). Le gustaba jugar al ajedrez, el monte, escalar, la naturaleza. Le gustan las ciencias porque era un hombre muy curioso. Le gustaba pintar, le gustaba los monumentos, la historia, los animales. Le gustaba proyectar casas, soñar con una casa en la montaña.  Le gustaba bastante la libertad y cosas que cayeron en una oscuridad queriendo ocultárselas a sí mismo, oscuridad por la que viajaron hasta mí.
Supe que reconoció su herencia en mí mientras charlábamos poniéndonos al día después de veinte años sin vernos. Me miró con admiración. Recibir la admiración de mi padre fue muy importante para mí.
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Mi padre era un hombre cordial y afectuoso, pero tan reservado que yo nunca estuve cien por cien segura de que me quisiera hasta que le abracé veinte años después de habernos visto por última vez. Pero sí estaba segura de una cosa: yo sí le quería.
En su funeral, mi tío (su único hermano) me dijo que mi padre siempre había sido muy reservado, desde pequeño, incluso con él.
El amor de mi padre tenía otro cauce de manifestación: mis abuelos. Los padres de mi padre claramente para mí, como la luz del día, inequívocamente para una niña: me querían y mucho. Y había algo importante: yo podía darme cuenta.
Cuando era pequeña, vivía enamorada de mi padre. Más adelante, cuando los conflictos familiares se desbordaron hacia nuestra vida cotidiana, yo tomé partido por mi padre y culpé a mi madre de todo. Más adelante me di cuenta de lo repartida que estaba la responsabilidad de todo ello y cuando pude me di cuenta  también de que había sido injusta con los dos.
Hacía tiempo que mi padre había desaparecido del Olimpo de mi imaginación y he necesitado muchos años para ver que buena parte de los valores que me parecían importantes y admirables en aquellas biografías de artistas y en el arte: aquello en lo que me reconocía y admiraba era seguramente el reflejo de unas chispas luminosas que pude captar en él. Pude verlas en esa parte de mundo sin palabras que comunicaba con mi padre (me pregunto si esa comunicación continúa ). Las luces de mi padre, aquello que le alumbraba íntimamente y permanecía tan secreto y tan invisible para todos; aquello que se fue sepultando día a día, alejándose, retrocediendo, atrapando a mi padre en un sufrimiento que es común, frecuente en muchas personas: fingir ser quien no se es y ocultar quien  quiso ser.



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