martes

Se acercan, entre la bruma, salen a mi encuentro


Hoy, al levantarme temprano, he podido pasear entre una niebla muy espesa.  Pensando en nuevos proyectos, he cogido mi cámara y me he ido a hacer experimentos. No soy fotógrafa, ni reivindico en absoluto que las imágenes que tomo tengan valor artístico. Sin embargo, la cámara suele servirme para entrar en contacto con aquello que busco, o mejor dicho: me sirve para entrar en contacto con aquello que invoco.

He pasado unas semanas bastante desconcertada: no era el arte el punto central de mi interés. El arte no es el principio y el final de todas las cosas, de todas mis cosas. Durante unas semanas he estado en suspensión, en una especie de vacío, en una especie de vertiginosa caída estática. No es el arte. Estudié Artes y Oficios, después Bellas Artes, después me hice arteterapeuta. La imaginación y el alma. Es el alma de las cosas lo que me interesa: el corazón, lo oculto que se manifiesta en las imágenes, las conexiones profundas que me unen a las personas, a los sucesos, a la naturaleza. Me he dado cuenta estos días de que este es mi interés verdadero y mi camino, desde que puedo recordar. Aquello que se asoma al umbral de la sensibilidad y a penas puede ser "retratado" en un instante. Instantes que cambian la dirección del tiempo hacia su cualidad, hacia una profundidad desconocida.

Durante los últimos treinta años de mi vida he estudiado para desmentirme, para poner en crisis mis visiones, mis fantasías, mis barruntos. He estudiado para amaestrar el salvajismo de aquello que viene a mí, aquello que porto conmigo, que me acompaña, que me vive. He clavado los codos en la mesa durante años recorriendo los mapas más materialistas, estudiando, investigando  caminos  racionalistas e ideas  científicas sobre la necesidad y el origen de la creación artística. Acallando -a menudo dolorosamente- un empuje brutal en otras direcciones. Durante los últimos treinta años he dibujado, pintado e inventado a medias, desmintiéndome, reorientando constantemente mi interés hacia la actualidad de las cosas, metida en la contemporaneidad de la cultura  hasta la cintura, dibujando en su contra (para protegerme de su voracidad), sintiéndome bajo la obligación moral de permanecer ahí:triturando piedras a la luz de lo conocido.

Hace algunos años que comencé el viaje de retorno a casa. Y desde hace unos meses sé que ya he llegado, ya estoy aquí. Siempre fui la que marchó. Como el Universo: siempre estuve aquí. Recupero mis lecturas, las lecturas que dejé en suspensión cuando partí para cerciorarme de que los otros caminos no eran los míos. Recupero el fuego que siempre llevé conmigo. Me reciben mis perros, mis gigantes, mis dioses y otros seres extraordinarios que vuelven a susurrar a mi alrededor. La noche me canta como siempre. Miro en los espejos que son los charcos oscuros. Miro en las pupilas. He aprendido mucho. He aprendido tanto que ya puedo seguir, tranquila, haciendo preguntas a los oráculos, a los árboles, a mis sueños y a quienes salen a mi encuentro desde la bruma.

domingo

Las serpientes


Las serpientes


Primero aparecieron dentro de mis botas, bulliciosas, ayudándome a quitármelas, verdes, pequeñas, rápidas, se disolvían entre el verde de las hierbas... Luego me envolvieron suavemente, blandas, blancas, entre siseos emplumados, me daban calor, me abrazaron con una intensidad que me asustó. Después una de ellas se enroscó en mi regazo. Así las dos, desnudas entre la hierba jugosa, nos mirábamos como viejas amigas, encajando los huecos de nuestros cuerpos como si fuéramos el molde la una de la otra. Así la plateada serpiente se levantó, y yo me levanté con ella. Y las dos nos mirábamos y yo sentí una gran paz y mucha alegría. 



Me pregunto sobre esta Serpiente sabia que viene a verme.



Las orantes


Las Orantes


Me desperté en la parte trasera de un automóvil, junto a otra mujer algo más joven que yo, o quizá solo es que tenía el pelo más oscuro que el mío, no sabría decir su edad  y tampoco creo que sea muy importante. Miré en los asientos de delante. Otra vez los Hombres Blancos me empujaban hacia algún lugar desconocido, con una intención desconocida. Uno conducía, otro le acompañaba. 
Pensé que teníamos las manos atadas. Pensé: "vaya, lo que faltaba:  esta vez nos han secuestrado". Teníamos las manos juntas, palma con palma, no podíamos separarlas. Los Hombres Blancos pararon el coche y nos depositaron suavemente a la sombra de unos setos oscuros. Era una tarde tibia y luminosa, llena de sol. Se escuchaba el juego y el griterío de niñas y niños a lo lejos.
Los Hombres Blancos saben que nos gustan las sombras, que tendemos hacia ellas, por eso nos dejaron entre aquellos setos oscuros. Veíamos los dibujos que hacían en el suelo las hojas de los setos al recortar la luz del sol. Veíamos el brillo del sol por todas partes, como millones de diamantes incontrolables, incontables piedras preciosas encaramándose en cualquier cosa: sobre la espalda de un perro, sobre el asfalto, sobre el pétalo de una flor pequeña, sobre un semáforo. Sentía la frescura y la humedad del suelo en las plantas de mis pies desnudos.  "Tenemos que escapar por allí"-pensé.  
¿Teníamos que escapar?  Conociendo mi afición a aventurarme por fuera de los caminos, no es tanto que escapáramos, sino quizá más bien que si veo un túnel, tengo que saber qué hay al otro lado; si veo un pozo tengo que asomarme y tirar una piedra; si hay una cueva tengo que entrar... Teníamos que ir por allí, porque  la palpitación del mismo túnel me empujaba en aquella dirección, como una corriente, como un movimiento sísmico.
A mi derecha la vegetación formaba un perfecto túnel naranja y rojo. Al mirarlo pensé que las ramas parecían trazar el dibujo del interior de una vagina. Era un túnel corto, estrecho y de poca altura. Un túnel pequeño hecho de matorrales bajos de color rojo fuego, y de arces otoñales. Anduvimos con las manos juntas sobre nuestro pecho, palma con palma y muñeca con muñeca, no podíamos separarlas. Avanzamos desde la sombra acogedora hacia la luz por un túnel naranja. Avanzamos por el fuego, avanzamos por aquello que avanza y que promueve el avance. Progresamos hacia una inundación de luz, inundadas del naranja y el rojo de los arces. El camino era muy corto, sin embargo el trayecto fué importante, tan importante que alargó la profundidad de la experiencia hasta convertir el túnel en una gigantesca caverna palpitante hecha de carne anaranjada. Al salir de aquél conducto entre dos mundos, vimos un parque muy grande, un enorme jardín con paseos muy blancos. En una tarde cálida y apacible, muchas personas paseaban por allí, despacio, sin prisas. Se las veía felices, de buen humor, entre niñas y niños que correteaban jugando por todas partes. A mi derecha se levantaba un gran edificio blanco de tres plantas, en el que entraba mucha gente. Me pareció un buen sitio para escondernos de los Hombres Blancos.  Dentro del edificio buscábamos otra salida. Decidí subir a la segunda planta, la planta intermedia. Allí encontré una puerta. Al empujarla noté que mis manos se separaban, y me dí cuenta de que no estaban atadas, me dí cuenta de que en ningún momento lo habían estado. Mis manos habían estado  juntas, unidas palma con palma, muñeca con muñeca, como las manos de alguien que reza...



Tras la puerta estaba la salida a una escalera de incendios desde la que se veía otra porción del gran jardín. El edificio blanco tenía otra ala más, y las otras escaleras de incendios se dibujaban sobre las paredes blancas, negro sobre blanco, como una escritura, como si yo  misma las hubiese dibujado. Me sentí tranquila, en paz. Pensé: "no hay garantía de que los Hombres Blancos no nos vean, pero al menos tenemos esta otra salida".  







viernes

Algún día recordaré el momento en que lo vi.



Debería recordar el momento, pero aún no he llegado hasta ese punto de mi memoria: el momento en el que lo vi. Estoy segura de haberlo visto, y ese momento hace sombras detrás de la membrana de mi memoria. 
Lo vi en algún momento de mi infancia, estoy segura. Quizá fuera observando un hormiguero o escuchando la lluvia durante una tormenta, o quizá me lo enseñara un relámpago. Quizá  lo vi en la nieve o en el color del sol al amanecer. Lo vi. Lo vi y supe que el origen y el destino de toda mi vida tenía que ser ese, ese sería el destino de mis asuntos y el mismo lugar del que brotaban. Lo vi, y todo lo demás me pareció prescindible, superfluo, menos importante si me alejaba de mi visión.  
Esta es una visión que fue y que permanece, ahora lo sé, porque es la visión que indujo una forma de experimentar la vida entera. Quizá lo vi en un sueño, en una mirada amorosa, en un susto, en una caída.
Hasta hace unas semanas pensaba que esto era el arte. He vivido años y años identificándome plenamente con el arte. Plenamente y dolorosamente: sufriendo ambivalencias y desgarros que ahora puedo comprender. No es el arte lo que me interesa. El dibujo y la pintura son solo fabulosos instrumentos, de ellos y de sus ancestrales raíces me sirvo para permanecer fiel a  mi visión. 
Algo se me rebeló, algo vi, algo que absorbí en mi imaginación como una profunda negrura cálida y acogedora. Como la tinta con la que me mancho los dedos haciendo borrones desde los que ovillo líneas; como la profundidad marina en la que me sumerjo en inmersiones metafísicas; como la oscuridad de la tierra en donde se hunden las raíces de los árboles que adoro, allí desde la que surgen las  sabias serpientes,   donde son enterrados los tesoros; como la oscuridad del cielo nocturno bajo el que sueño, en el que uno los puntos estelares de mis preguntas.
Permanecer fiel a mi visión es lo que hago, ahora me doy cuenta. He intentado explicar cosas sobre arte y he indagado en sus intersticios creyendo que eran los míos. Alguna idea interesante he decantado de todo ese trabajo y me alegro. He sufrido mucho intentando habitar en el arte como una artista más, sintiendo al mismo tiempo un rechazo profundo e inevitable por muchos de sus lugares. He bebido de las creaciones de los artistas, creyendo que la fuente era el arte. Confundí mi visión con el arte. Mi visión es otra cosa. Mi visión y aquello que la habita, se sirve de las palabras, de las imágenes, de los sonidos... se sirve de las imágenes y de las palabras para mostrarse ante mis ojos y yo camino detrás de ella. Estoy alegre, contenta, enteramente satisfecha, porque ahora sé que no hay conquistas por hacer, ni lugares a los que debo llegar o en los que debo estar, ni metas por cumplir. Estoy en paz. Siento que el empuje de mi espíritu  se dirige hacia lo originalidad desde la que parto, a abundar en ello mismo, a mostrarme sus aspectos. Toda mi ocupación es esta: observar aquello que hace sombras tras la membrana de mi memoria. Visitarlo mientras duermo, ofrecerle mis dibujos, mis barruntos. Imaginar sus formas para poder seguir sus pasos, para que siga guiándome hacia su torbellino, hacia el origen en el que permanezco, hacia aquello que vi y de lo que jamás me he alejado.

sábado

No todo es lenguaje



No todo es lenguaje.
El lenguaje es un maravilloso tópico extenso, que es a nuestra experiencia lo que la piel del agua es al océano.

No todo es lenguaje.
Hace unos años y durante unos años, pensaba yo otra cosa: todo era lenguaje. Situada en medio de las reflexiones lacanianas en relación al aparato psíquico, no podía ser de otra manera.  De hecho, veía la imagen como la demostración misma de esta certeza:  si se puede hablar de ello, es porque el lenguaje. El interesante triple registro lacaniano (lo real,  lo imaginario y lo simbólico) se me aparecía como un nudo de tres aspectos puros, escindibles unos de otros. Todo tenía sentido, así visto, desde un enfoque sustratado en el mismo suelo que un materialismo cultural misteriofóbico con razón.                                                                      Es real, interesante y necesario saber cómo muchos de los anclajes humanos en la experiencia de la vida (el amor, la religión, la política, el comercio, la educación, las relaciones humanas…) han sido, son y seguirán siendo objeto de manipulación por parte de quienes entienden el poder y el liderazgo como una forma de dominación sobre sus semejantes y como una forma de dominar su circunstancia general (la naturaleza, las sociedades, los recursos…). Es imprescindible escudriñar y estudiar los mecanismos de dominación que se ponen en marcha alrededor de aquellas cuestiones humanas que nos ligan a la existencia de forma radical, desde que somos seres humanos, seguramente cuestiones auto-reflejas que nos ponen sobre la pista del origen de nuestra humanidad.  Es imprescindible escudriñar los mecanismos de dominación si queremos averiguar quiénes somos, para averiguar que somos quienes creemos -secretamente- ser, para caer en la cuenta de que eso que llamamos libertad (subjetiva) es solo la añoranza de los momentos en los que realizamos ese ser plenamente. Es necesario escudriñar los mecanismos de dominación para seguir construyendo sociedades con una capacidad legislativa y administrativa suficiente como para reconocer y valorar la libertad subjetiva como un sustrato común, un lugar universal para el encuentro común: algo que proteger, algo que cultivar.
Hay que tener muy presentes los argumentos materialistas en la organización de las sociedades: para poder dialogar con los argumentos ideológicos de nuestra sociedad política, para resistir las olas de banalidades y mentiras que buscan arrastrar nuestra candidez hasta las costas de sus beneficios, y para sentir que la piel en la que existimos es nuestra al cien por cien -que no es una piel prestada por la que tenemos que sentirnos agradecidas.    
En mi caso, este viaje fue especialmente interesante y difícil. Desde mi adolescencia – y algo antes también-  andaba transitando por ideas e intereses en los que se mezclaban el alma y la física de partículas; la profundidad del cosmos se mezclaba con las búsquedas del espíritu (la filosofía, la poesía, la música, el arte); se mezclaba la banalidad, la obviedad, con el misterio rampante;  la cotidianidad  y lo aparentemente “normal” bien mezclado y  bien revuelto con lo inexplicable omnipresente,  con lo numinoso,   con lo ominoso.  Recuerdo con enorme cariño y gratitud aquellos años en los que la pila de libros en mi mesilla estaba compuesta por: cuentos y novelas de Hermann Hesse, Cocteau, Julio Verne, Boris Bian ; un libro de Hegel sobre la belleza, un TBO (Mortadelo y Filemón, mis favoritos), un libro de Jung sobre la sincronicidad y el inconsciente colectivo, un comic (seguramente el Rambla o 1984),  un mazo de cartas del tarot, un libro de algún artista (las Cartas a Theo de Van Gogh, o “De lo espiritual en el arte” de Kandinsky…), un libro de cuentos de Poe (prologado y traducido por Cortázar), algún libro de poesía (seguramente Mallarmé, Rimbaud…); y la Enciclopedia Universal del Arte  que siempre estaba allí,  en su sitio: en la biblioteca del salón, cerca de los periódicos que mi padre compraba casi a diario (compraba el ABC y El País, siempre juntos) y a los que yo solía dar también alguna vuelta.   Aún conservo la Enciclopedia Universal del Arte. Y el espíritu de mis intereses sigue respondiendo a una máxima que parece decir: el mejor puerto está allí donde mi curiosidad me lleve.
Pero la singladura por el materialismo cultural no fue uno de las costas de mi curiosidad, más bien se inició como una disciplina, un esfuerzo que me hizo abrir aún más los ojos ante las narraciones de la Historia.  A veces pienso que había un efecto previamente perseguido en aquel afán por estudiar el lado -dado por supuesto como- más pragmático de las cosas, de los sucesos, de las ideas y de los pensamientos. Tengo razones más y menos razonables para decir que la intención final de algunas personas era mi desilusión. No pararían hasta no desilusionarme del todo.
La desilusión es una de las estrategias del miedo, es una de las estrategias de la ingenuidad. Cuando el miedo y la ingenuidad detectan una actitud cuya raíz se les escapa y cuya mirada no entienden, la llaman ilusa. Es natural, puesto que les es desconocida, y por tanto: injustificable, inabordable, incontrolable. Tiene que ser algo ilusorio, algo que no existe, una quimera. Pero no existe eso “algo que no existe”, todo existe de una manera u otra.  Sin embargo iluso es confiar ciegamente en un dogma; ilusorio es tomar las ideas, los pensamientos, las relaciones…al pie de la letra, como si las formas solo fueran formas y acabaran en sí mismas. Ilusorio es -ciertamente- la idea de que no hay nada más allá del lenguaje, que somos lenguaje, que el lenguaje puede ser usado como paradigma para explicarlo casi todo, o que todo es lenguaje. Ilusorio es pensar que todas las relaciones humanas se basan en un pragmatismo universal. Se engaña fácilmente quien piensa que los sueños son algo de lo que se pueda prescindir. Este doble nudo produce amarguras muy comunes y abundantes, y una de sus consecuencias más terribles es el resentimiento. He conocido a muchas personas que siguen odiando toda la vida aquello sobre lo que apoyaron su confianza , aquello en lo que dejaron de confiar en otro momento.  Como si una idea pudiera traicionarnos, como si no fuéramos nosotras mismas quienes nos traicionamos, como si no pudiéramos perdonarnos las traiciones que nosotras mismas nos inflingimos.
Pero nuestro andamiaje sociocultural no tiene su raíz únicamente en cuestiones puramente materiales asociadas a la supervivencia (¿qué supervivencia?, ¿la de nuestra especie?, ¿la de los individuos de nuestra especie en sus formas particulares?), ni el estudio de la estructura del lenguaje sirve de mucho al adentrarnos en el territorio al que accede la poesía.  Las cuestiones espinosas, resbaladizas y complicadas siguen siéndolo: el mito, el relato mítico, la universalidad de lo simbólico, ciertos barruntos sobre nuestra existencia con los que -queremos pensar que únicamente la religión quiere dialogar, la poesía y el arte ( extirpado de modas y tendencias históricas), los sentimientos más comunes y persistentes como el amor… ; todas estas cuestiones escapan tozudamente a cualquier argumentario concluyente. Y en el repaso constante de los sucesos históricos de los que somos consecuencia, hemos de tener en cuenta esa enorme parte de inexplicabilidad en la que nos movemos, que nos mueve. Y solo podemos relacionarnos con esa enorme negrura , profunda como las noches sin luna, sobrecogedora y radiante que es la Vida, admitiendo que no todo es lenguaje, no todo es accesible al método científico. Admitamos que ese enorme “no todo” que nos habita y nos anima, es la fuente de nuestras estructuras y de nuestros órdenes. Seamos humildes: el número ya existía antes de que supiéramos contar ( y las matemáticas tienen su origen histórico en el ámbito de lo sagrado).
Uno de los prodigios humanos consiste en ser capaces de captar ese orden monumental que es el Caos y representar algunos de sus diminutos fragmentos (como por ejemplo las matemáticas).  Es el relato, la poesía, el arte en general, todo lo relacionado con una imaginación que trabaja para sí misma, ese es nuestro don particular: aquello que puede alejarse de la obviedad de los hechos, aquello que se filtra por  capilaridad intersticial hacia la oscuridad de lo desconocido, hacia el “no todo”, hacia la vida. Eso es la imaginación, que se filtra por la roca de la realidad tallándola constantemente, poniendo en cuestión sus apariencias, haciéndonos saber que quizá las razones no están en las rocas del lenguaje, sino en aquello capaz de resquebrajarlo y hacerlo estallar. El inconsciente.

El inconsciente es aquello que hay bajo el maravilloso tópico del lenguaje: el océano. Un océano con sus leyes, con sus corrientes, sus órdenes y desórdenes… Y poco de lo que lo habita se parece a lo que nos es más familiar. Bajo nuestra piel también, entre los poemas, en los relatos, lejos del pie de la letra, atravesando la letra, entre las miradas, en los intersticios de los sucesos, en el rabillo del ojo, en lo que creemos ver pero no es, en los sueños, en los barruntos, en los presentimientos… y solo la imaginación puede relacionarse con él de una forma saludable: representando pequeños fragmentos y poniéndolos a la luz que pensamos que es nuestra conciencia. Pero quizá nuestra conciencia solo sea luminosa si valoramos su uso como exploradora de todo aquello que no alcanza.  Ni no es así, si solo valoramos la literalidad, lo obvio y lo demostrable, quedaremos a los pies de los caballos.

jueves

Los fantasmas de las corrientes. Cuento tercero.

La oscuridad de su resentimiento se parece al carbón de algo quemado. Su resentimiento se parece a ese fuego que avanza escondido bajo la tierra,  arrasando a su paso, haciéndose visible de vez en cuando en forma de llama que incendia con furor. Llamas de ira.
Su resentimiento se arrastra permanentemente bajo la piel de sus emociones, abriendo heridas nuevas, hasta que toda el alma queda envuelta en una gran herida que la  persistente circulación de su resentimiento reabre y reabre sin cesar.
Su resentimiento es peor que su odio. Es un odio de baja intensidad, algo que parece no estar, algo que puede negarse y seguir viviendo en el disimulo. Su resentimiento es la pantalla que oculta el objeto de su odio, y la consume, la consume mientras el destino real de su odio escapa. Porque su resentimiento la une eternamente a aquello que no pudo ser, a quien la traicionó, a la fantasía que no se cumplió, a quien quiso y no la quiso, a la esperanza que se desplomó sobre su cabeza, a una culpa que nunca fue suya...ni de nadie.
Su resentimiento es un malentendido que parte desde su alma, donde están sus raíces. Desde allí crece en ríos subterráneos de dolor, ríos cada vez más caudalosos que la apartan de su alma...quizá para siempre. Ella navega por esos ríos de su resentimiento, devorando sus propias entrañas: las revuelve y pisotea, las devasta. Porque no puede hacer eso con el objeto de su odio, porque -¡oh, gran conmoción ! - lo ama aún.
La oscuridad de su resentimiento es la de la nada fría e incandescente de su autodestrucción. Prefiere una existencia amarga antes que situar ese amargor en la verdad. Se vuelve irascible, irritable y hay cosas de las que no puede hablar sin que la llama del odio flambee en incendios colosales. Y es la luz de estos incendios la que guía la andadura intersticial de su resentimiento. Y con el tiempo su quemadura moral se hace más y más profunda, hasta dejarla sorda, ciega y finalmente muda. Así llega su resentimiento a culminar su misión: una persona encerrada en un dolor que ella misma ya no puede comprender. Un dolor sin bálsamo posible, porque se busca a sí mismo. Y entonces: se acabó la vida, aunque ella siga viva: una sombra quemada.

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(El resentimiento es una emoción feroz que arrastra a algunas personas hasta las cumbres espirituales más elevadas del cinismo. Es como plantar huertas y destruirlas porque no tenemos dientes para comer esas hortalizas... Sin embargo la cura puede ser instantánea: basta con seguir al resentimiento hasta su raíz y preguntar allí a nuestra alma sobre el objeto de su amor. Entonces solo habremos de compadecernos y dejar marchar lo que no fue, lo que fue mal, Y ese dulce "dejar marchar" abrirá paso a la Vida en nuestra vida haciéndola reverdecer también en el pasado...)

Los fantasmas en las corrientes. Cuento segundo

Ella acaba las frases, asegura las narraciones de los hechos cotidianos, pone llaves en todas las cerraduras, pone cercas en todas las praderas de su cotidianidad. Nada debe perderse, su familia debe estar segura, a salvo.
Ella manda. Envuelve su voluntad de hierro en el aterciopelado guante de suspiros de su vaga melancolía, de su preocupación por el bienestar de los suyos. Manda como si no mandara.  Ella manda desde un profundo desencanto, desde el descreimiento en la vida entera, manda desde las cerraduras de las puertas, desde las cercas, desde la oscuridad. Ella manda de forma que las puertas pueden permanecer abiertas y nadie pasará por ellas. Ella manda desde el brillo de sus pendientes, desde la oblicuidad de su mirada, desde el lóbulo de su oreja. Ella manda. Manda con férrea fe en su mandato, porque para ella es algo irremediable. Manda y juzga la esfera de su mundo, y él vive en ese mundo.
El dirá que su malestar es suyo, incluso heredado, y quizá en parte sea así. Quizá haya aprendido que vivir es un desengaño tras otro y por eso la vida le parece un truco que desemboca en el fiasco de la muerte. Quizá aprendió a desconfiar de la alegría porque puede convertirse en tristeza; aprendió a evitar el candor porque puede terminar en engaño. Quizá aprendió a evitar la espontaneidad porque sus consecuencias pueden entrañar peligros ocultos. Quizá él aprendió a evitar un poco la vida misma para no ser nunca arrastrado en sus remolinos. Quizá el aprendió que es mejor una puerta con cerradura, un campo señalado con sus cercas bien visibles, para que nadie se pierda, para que todo esté en sus sitio, para evitar los desengaños...aunque el musgo de la tristeza vaya creciendo en las sombras de sus renuncias.
En ese musgo común se encontraron, en la frescura de una sombra a la que llamaron "amor".
Se encontraron en ese espacio conocido para ambos, un jardín de mullido y suave musgo. El refrescante y húmedo verdor que crece en las sombras, esas por las que ambos transitan trazando los caminos de su jardín. Un jardín en forma de lazo. Un lazo que se aprieta cuando se estira por el otro; en el que una se estrangula cuando la otra manda; en el que una se ahoga cuando el otro no navega en sus ojos. Porque él es para ella el hombre de su vida y ella es para él la llave de su alma.

No lo recordaba...


No lo recordaba: hace tiempo apuntaba ya mis sueños. He encontrado algunos en este cuaderno. Pensamientos, sensaciones, cosas que estaba leyendo... No sé si esto es arte o no, si es arte "main stream" o "outsider"... todo esto me importa cada vez menos. Solo me importa disfrutar. Esto es mi pasión por las profundidades, por lo desconocido de la vida, de la existencia, pasión por la oscuridad brillante de la naturaleza en mí, intriga e interés por el alma humana, por el alma de las cosas, del mundo... Disfrutar.
Estos son algunos de los dibujos que hice durante aquellos tres años. Tres de los seis que duró mi primer psicoanálisis. Los miro y parecen ser los rastros de un viaje por los siete anillos infernales. Hay de todo. Son interesantes. Anteriores a un "cambio de estilo" en el que aposté por la línea clara como baraja única. Me gustan porque transmiten bastante libertad, despreocupación por "la cosa artística" (aunque esta me preocupaba entonces más que ahora...). Quizá esté en mi camino otro cambio de estilo...















































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