viernes

Tirano, humus

Explicar las cosas es un gran impedimento para hablar de ellas. Hablar de ellas sin más. Sin esperanza de ningún tipo. Una especie de registro. El secretariado de un soliloquio que se representa como patitas de mosca. Letras, palabras que se escapan corriendo buscando otros destinos. Intentar escribir correctamente es un impedimento para la circulación de las ocurrencias. El corsé de la corrección. Esa gran presuntuosa desconocida. Ese censor inconsciente que se refugia en sus hábitos para no cambiar. Ese enemigo del azar y del amor. Cuando escribo, escribo en contra de esa roca inamovible que parece constituirme. Escribo contra la pared, la derribo, la orado, la esponjo, la deshago a cucharadas. Como los presos cavan sus túneles en secreto. Hago agujeros en el tirano hasta dejarlo como un colador, como una malla patroneada en las huellas de mis recortes: las palabras, los dibujos. El tirano es la pared contra la que me estrello, en la que estallo para reducirla a esquirlas cristalinas, prismas para observar el mundo. Las visiones del tirano, vacunas para la tiranía. Los instantes del ejercicio de escribir, dibujar, hablar. Aprendo a charlar con el tirano que me habita. Un ser extremadamente razonable. Hablo con él, en sus huecos interdentales, hasta que su voz le devuelve mis ideas y explota. Pintar o crear cualquier asunto tiene momentos de lucha cuerpo a cuerpo, de baile, de revoltijo de amantes. Socavando, horadando ese cuerpo imaginario, hecho de palabras que arma al tirano. Todas las listas de prejuicios. Todas las ideas razonables, totales, completas, inabordables, chantajistas, terribles asesinas de voluntades, de deseos y de vida. Sed de someter, de esclavizar, de imponer su voluntad desecada. En esa pared excavo mi libertad. Brota en mí cierta cordura. Cierta cordura infantil, porque viaja desde allí… esa cordura de la lógica, una lógica que ni entiende, ni cree, ni admite lo razonable. Mi pozo está limpio, el brocal ligero, el cubo en buen uso. La lógica supera mil veces en justicia a lo razonable. Tiene sus limitaciones. Por el norte: el cuerpo, la biología. Por el sur: aquello en lo que no se ha de cree demasiado: lo que otros dicen. Por el este el azar, el accidente, el encuentro, la casualidad. Por el oeste: el misterio. Los límites de la lógica son flexibles. Los límites de lo razonable se extienden rígidamente como un hongo atómico, quemando, secando y absorbiendo el tuétano de los huesos humanos que son: la imaginación, el deseo y la experiencia. Allí anida la voz del tirano que afila sus notas como cuchillos para dirigirlos a mí amablemente: te has dejado la parte de la derecha un poco vacía, deberías haber hecho esas líneas blancas un poco más gruesas, …la literatura, el arte, no sirve para nada, solo para el servicio de mis paredes…, trabajando por encargo tienes que plegarte a lo que quiere quien te contrata. Ignorante. Por esto el tirano es también llamado la bestia parda de la cultura. No es un recuerdo al oso pardo. Se trata de una sugestión hacia la mierda. Esa sustancia bien podrida sobre la que caminamos las flores más hermosas. Tirano, apreciado humus nutritivo. De ahí mi afición, mi urgencia, mi dedicación, mi trabajo de pulverización de todas tus versiones. Empiezo por la mía, claro, la que peor conozco.

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