martes

Oseas

XXI

Oseas me pregunta qué es hacer el amor. Realmente ya lo sabemos, sin romanticismos. Dormir a tu lado ya es muy erótico y vivificante para mi –dice- ¿Soy yo el hombre de tu vida? ¿Cómo podré saber eso antes del final de mi vida? Ahora no puedo responder sí o no. Me planteo la clara ecuación del tiempo. Los rincones donde no hay transcurso son los importantes. Los rincones donde la espera constituye una ramificación de un lienzo en blanco, un espacio para dibujar esa novedad que tenía forma de regreso. Las llaves de los oscuros rincones del jardín. Para hablar de los recorridos del alma inventamos paisajes, escenarios, localizaciones. Necesitamos lugares, porque imaginamos tener geografías interiores. Ese imaginario que constituye la realidad, en la que suceden cosas tan abstractas como comprar el pan o las matemáticas. Esa es nuestra superficie: una cinta de Moebius. Entonces ¿qué es cualquier cosa? ¿Puede ser que cualquier cosa sea una reducción o un despliegue imaginario de algo que nos perturba? ¿Qué nos perturba tanto? Oseas comenzó a chupar mi pecho, de forma general e imaginaria: como la boca de un submarino u otras algas que laman y se enreden. Aquella agitación era simétrica a la ignición en algunas partes de mi cuerpo y los pulsos de estas particulares ondas sísmicas viajaban por mi piel. Entonces –entonces, con precisión- llegaron también los fantasmas. Primero vi entrar sus relucientes cabezas blancas. Resbalaban hacia el interior de la habitación deslizándose entre los velos de la oscuridad. Después fueron sombras las que entraban en tropel por el umbral de negrura. Advertí a Oseas: hay alguien más en la habitación. El terror no distraía a mi cuerpo de su excitación, música en la que Oseas bailaba hozando como un oso en un panal. El terror solo me despertó. Me desperté cuando las sombras avanzaban sobre los objetos plateados por la tiniebla. Cuando el fondo se espesó tanto que se convirtió en forma que se espesaba sobre todo el espacio del sueño. Me desperté antes de ser parte de un todo indefinido, cuya satisfacción consistía en devorarme en ese instante –entonces, con precisión. Me desperté asustada y abracé a Oseas que dormía junto a mí. Había alguien detrás de la puerta del dormitorio. El impulso de encender la luz fue tan brusco, que rompí el tirante del camisón. No había nadie tras la puerta. Los fantasmas y las sombras tardaron un buen rato en desvanecerse. Ese tiempo fue mayor que la duración del sueño. La duración del sueño fue mayor que sus minutos. La clara ecuación del cuerpo. La clara ecuación del tiempo. Lo que deseo es lo que se representa –con precisión simultánea- como lo que me hará desaparecer. Hoy ha llamado mi madre. Se lo explico en las geografía de mi posición tópica, sin palabras: lo nuestro es imposible, prefiero los amores parciales, rotos, indecisos, finitos, imperfectos, como Oseas.

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