miércoles

Los Fantasmas. Mis queridos fantasmas...

La gente corriente, de bien pensar, no cree en los fantasmas. Creo que era Ortega el que se preguntaba ¿quien es la gente? Esa, entre interrogantes, no cree en los fantasmas. Pero lo cierto es que los hay. Es más: hay mas fantasmas que gente. Los cuentos de fantasmas los representan muy bien: cambian las cosas de lugar, nos hacen ver lo que no es y escuchar lo que nadie dijo, nos asustan Los fantasmas hablan, actúan. No son como en los cuentos: espíritus que vagan por los rincones oscuros de las casas abandonadas. Vagan por los rincones de nuestro ser, por las oscuridades mas íntimas de nuestra estructura humana, arrastrando esas cadenas... que siempre pensamos pertenecen a otro, mientras sonoramente pesan en nuestra inconsciencia. Allí bullen los fantasmas. Juegan nuestra cotidianidad con dados marcados, se ponen la cabeza bajo el brazo, ululan entre las palabras de los otros, perturban el sentido de las frases, organizan fiestas con nuestras dabilidades, nos empujan hacia vacíos delirantes...y mortíferos, nos asustan. O , por lo menos lo intentan porque ser fantasma es eso. Yo tengo un fantasma en la caja de mi cráneo -uno, ó varios, ó varios que son uno- por decirlo de alguna manera. Mi fantasma me asusta en cuanto puede: momentos, temas, circunstancias. Siempre me coge desprevenida y menos mal: no puedo prevenirme suficiente y si esto fuera así ¿sería que yo misma fuera un fantasma? Me fastida, adultera mis frases, falsea las que escucho, me despierta en pesadillas, me infunde temores infundados, sabotea mis pensamientos, cambia de lugar mis razones y se come el azucar. Mi fantasma es un idiota, le tengo cariño aunque sus apariciones en la cotidianidad de mi vida hacen que me sienta mal, tan idiota como él: es lo que pretende. Digo que es idiota porque no sabe de sí. Él no puede explorarse, ni tiene rincones oscuros donde haya otros fantasmas, ni piensa, ni come, ni nada. Se parece a una piedra en el zapato. No sé si será una piedra tan eterna como yo -es decir: si morirá conmigo- porque cada vez que creo haberla sacado de allí, vuelve a molestarme. No sé si será el precio que pago por llevar zapatos y andar, el precio que pago por estar viva. Esta última idea es la que me hace pensar más allá y llegar hasta la simpatía. ¿Cómo se llamaba aquel filósofo que se metía piedras en la boca para hablar mejor? ¿Será mi fantasma el ingrediente fundamental de mi andar característico? Mi fantasma tiene unos flecos que le cuelgan de esa sábana oscura que le hace existir. Esos jirones de su sombra son las pistas de su origen y cuando en su origen le miro a los ojos, resulta estar más asustado que yo, aunque no por esto deja de darme sustos ni de provocar mi incomodidad. Siguiendo los jirones de su sombra llego hasta las raices de su origen. No sé si puedo separar estas raices de las mías. En ese punto me encuentro. Fantasma, querido fantasma ¿no querrías jugar conmigo a algo diferente? ¿A asustar a otros, por ejemplo? Envolverlos en la oscuridad de tu misterio. Seducirlos con ese paso desigual que produce tu peso en mi zapato,. Zarandearlos con las corrientes de tu ulular lejano. Asombrarlos con tu sombra. Convocar a sus fantasmas en un akelarre de humanidad en el que la combustión de la confusión ilumine lo verdaderamente importante y las cadenas se transformen en collares de perlas de palabras. ¿Eh?¿Qué te parece, fantasma? ¿Te mola mi idea?

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