domingo

terror, terrores, terrorismo.... terror...







He encontrado un texto muy interesante frente al terror (http://66.102.9.104/search?q=cache:5FabMwRlI08J:www.elp-debates.com/lgc/LGC15_%2520Extrajunio.doc+%22I%C3%B1aki+Viar%22&hl=es&gl=es&ct=clnk&cd=13) Lo copio debajo del dibujo del terror






RESPUESTAS AL TERROR por Iñaki Viar 1-El terrorismo no tiene causas “Pero ¿qué piden?”, decía una mujer mientras permanecía con los ojos clavados en las imágenes de televisión que nos mostraban el horror de las bombas que acababan de estallar en Madrid. Tal vez pudiéramos completar el texto inconsciente de esta frase añadiendo una partícula: ¿qué me piden?. Pues esta pregunta es ya una respuesta a la falta de sentido que la irrupción de lo real, lo traumático, le ha provocado. Y es una respuesta porque viene a otorgar significación al Otro, a suponerle capaz de demandar algo. En realidad le pide al Otro que le pida, que le de algo de sentido con que reparar el gran boquete que la irrupción de lo mortífero le ha abierto en el sensato tejido que envuelve su subjetividad cotidiana. El Terror, así con mayúscula, como en los tiempos de la revolución francesa, para subrayar su posición de Amo, cuando condiciona decisivamente la vida social y política en el ámbito en que actúa. El Terror como dueño de la vida y la muerte de los ciudadanos, evoca los fantasmas más arcaicos de la dependencia absoluta respecto del Otro. Si “el inconsciente es la política” , aseveración que hace Lacan en su Seminario “La lógica del fantasma”, y respecto a lo que J-A Miller comenta : “Por tanto, el inconsciente es una relación, o algo que se produce en una relación” (1), resulta evidente que en el caso del terrorismo esto se efectúa de una manera particular, con un forzamiento que impide al sujeto permanecer indiferente, que le obliga a disponer de su propia respuesta ante esa realidad que opera con su inconsciente. El psicoanálisis puede iluminar esos momentos de inflexión en donde se produce la irrupción masiva de un real. Habrá que partir del principio del placer, como hace J-A Miller respecto al atentado del 11 de septiembre en Nueva York: “Pero sádicos somos todos al nivel de la pulsión. Las grandes frases sobre el horror, que se prodigan siempre ante las catástrofes, son un ritual hecho para ocultar la satisfacción inconsciente, ilícita, moralmente inasumible, que el acontecimiento procura al sujeto. Además, todos nosotros somos sobrevivientes, por consiguiente, estamos contentos.” Y prosigue: “El inconsciente, el hecho de que haya inconsciente, quiere decir que todo el mundo miente. Sería necesario que los psicoanalistas lo hagan un poco menos. Estamos contentos – inconscientemente por supuesto – significa también, como subraya Abel Fainstein, que, aún a miles de kilómetros, todos somos víctimas de los atentados de Nueva York y Washington. Los medios, al difundirlo, esparcen el terror. Lo eternizan fugitivamente en un tiempo suspendido, el del fantasma” (2). Por ello un modo de respuesta espontánea buscará, esperará, alguna formulación en lo que se dice de los terroristas, para que su demanda sea de “algo”, en la esperanza de satisfacerla, para así librarse, imaginariamente al menos, de la amenaza suspendida. La renuncia a algo libraría del terrible castigo. Es esta la mentira con la que pretende apaciguarse el sujeto. Pero no es otorgando significación al Otro del terror como una sociedad democrática debe responder a los atentados. Ello supondría abrir una cadena de sentidos sin fin, un despliegue imaginario que haría depender a esa sociedad, le haría estar en función de ese Otro del terror, y dejar siempre abierto el camino del retorno de lo mortífero. Sería también dar viabilidad a una fenomenología del terror cuyo desarrollo conduce inexorablemente, y por distintas vía explicativas, a crear un topos donde habitaría el Gran Ogro responsable de todo y que, por lo demás, suele ser, precisamente, alguna víctima transformada en verdugo. Pero el Otro del terror no hace ninguna demanda. Todavía si fuera un canalla : “Toda canallada se basa en esto, en querer ser el Otro, me refiero al Otro con mayúscula, de alguien, allí donde se dibujan las figuras que captarán su deseo” (3). Pero aquí no se trata exactamente de eso, pues como dice J-A Miller: “Un terrorista es un idealista. Es un loco, no un canalla” (4). Quizá en la práctica terrorista puede, en algunos casos, haber una oscilación entre uno y otro, canalla y loco, pero si bien en cada sujeto se darán las condiciones particulares de su adhesión al terror, la praxis terrorista, en tanto vínculo social, carece de sentido. No hay causas del terrorismo, no hay una causa que tenga como efecto el atentado. Su causa es la muerte causada; la pulsión de muerte no remite a ningún sentido más allá, remite solamente al goce, inútil en sí mismo. Lo que hay son enunciados de los terroristas, que asemejan un discurso que pareciera transportar demandas. La ilusión neurótica es aferrarse ahí, a lo que cree que existe. En nuestro país encontramos, por un lado el terrorismo nacionalista, que pudiera calificarse de delirio yoico, siguiendo a J-A Miller en su seminario “Donc”, en su sexta lección, “La locura fálica del yo”, o “delirio de identidad”, donde el yo denuncia el “desorden del mundo” producido por el impasse al que le lleva querer reconocerse en su yo virtual, en busca de una identidad propia que no pase por el Otro, y se ve impelido por la “ley del corazón”, con su efecto de retorno mortífero. También nos remite a “el narcisismo supremo de la Causa perdida”, al que se refiere Lacan en sus “Escritos” (5). Por otro lado, nos ha llegado el terrorismo religioso, con su delirio de sumisión (islam) que empuja al exterminio del infiel y a la ofrenda de sí mismo. Los suicidas de Leganés pidieron una tregua a la policía para poder lavar su cuerpo y vestirlo con ropas blancas, cumpliendo un ritual sacrificial para llevar a cabo el supremo acto de amor al Padre. El terrorismo moderno es diferente del terrorismo del siglo XIX, de la épica nihilista. El terrorismo actual es le fruto de una combinación peculiar que se produce en el entrecruzamiento de unos recorridos del sujeto que van desde la invocación a ideales arcaicos hasta los modos actuales en que se efectúan diversos recorridos pulsionales: la llamada sociedad del espectáculo, con la presencia de la mirada del mundo y la instantaneidad de las respuestas, también las nuevas aplicaciones tecnológicas y los gadgets , y la globalización de la comunicación y de los desplazamientos. Todo ello redunda, como es conocido, en una reducción del tiempo de lo discursivo y una tendencia incrementada al empuje al acto. En cualquier caso, recorridos significantes para vehicular la pulsión de muerte. Por eso una sociedad democrática no debe atribuir al Terror otra significación que su ser de muerte, puesto que ceder ante él es ir a lo peor: a dar consistencia al Otro que encarna el horror. La acción política debe frente a ello mantener la ficción democrática que, entre todas, es la que más atempera lo mortífero del ser social. Aunque ya sabemos que defender la libertad tiene un coste: la libra de carne que, a veces, se cobran los dioses... propiamente hablando. 2-Del antiguo terrorismo El terrorismo traza una geometría para ubicar a los sujetos, sin esa geometría no tendría efectos. “Una geometría es la heterogeneidad del lugar, es decir, que hay un lugar del Otro”(6). El Terror dibuja de diversas maneras el campo de sus potenciales víctimas y el campo a respetar para no llegar a serlo. En el País Vasco y, en gran medida en toda España, el terrorismo nacionalista ha ido variando ese dibujo hasta llegar, ya hace años, a trazar un conjunto bien delimitado de sus futuras víctimas. Y lo ha ido cumpliendo. Un conjunto formado por políticos y movimientos sociales no adscritos al nacionalismo, miembros de las fuerzas de orden público, funcionarios del Estado....Pero los no incluidos forman otro conjunto, así tenemos dos conjuntos: el de las víctimas y el de los otros, los que están exentos de su amenaza. Y el Terror, como Amo, articula una lógica implacable: solo se puede salir de un conjunto pasando al otro conjunto. Aunque son dos pasos diametralmente opuestos en sentido ético. Esta cuestión es nítidamente percibida en una sociedad reducida, es un supuesto de entrada, donde los dos conjuntos están separados por muros transparentes para quien quiera ver. Muros que cruzan a través de las familias, los colectivos laborales, los vecinos, los diversos grupos sociales... Es esta vecindad de la paz con el espanto lo que le da ese carácter siniestro a la sociedad vasca que perciben los observadores atentos. Ante cada atentado, en cualquier lugar, el saber inconsciente se anticipa y le informa al sujeto de su posición, de su lugar en la geometría delineada por el Terror. Y a partir de esta posición del sujeto se produce, en cada combinatoria fantasmática, su subjetividad respecto a lo acaecido. Pero siempre desde ese punto donde el sujeto queda ubicado. No hay, por tanto, neutralidad posible, ni lugar para las “almas bellas”. Esta “ley del terror” produce los mecanismos de defensa al caso. Sobre todo la denegación en todas sus formas, que tabica y estanca lo traumático. Otro modo es la compasión de gran parte de la población, pero oponiéndose radicalmente a las medidas políticas y judiciales decididas para acabar con la acción terrorista. Con ello muestran que ponen sus ideales por encima de la vida de los otros. También se llega, incluso, a defenderse acusando a las asociaciones e instituciones que apoyan a las víctimas de intereses espurios: búsqueda de beneficio electoral, complacencia en el victimismo...Así, aspectos sintomáticos que el Terror puede producir también en el campo de las víctimas, son elevados a categoría definitoria del mismo, para así negar su dimensión ética. Esta prolongada deriva no ha dejado de acarrear síntomas: fenómenos de desagregación social, pérdida de valores básicos de convivencia, desarrollo de la violencia juvenil, etcétera. La amenaza terrorista llega a impregnar la vida social condicionando los comportamientos de los individuos y de todo el cuerpo social aunque de manera sutil, subrepticia, recubierta de modos “políticamente correctos”, y desde luego no reconocida. Se trata de una degradación de la vida social y política provocada por los diferentes modos de inclusión de lo real de la muerte por parte de los sujetos. Así, muchas asociaciones profesionales, culturales, deportivas o de todo tipo que han manifestado sus homenajes a las víctimas del atentado de Madrid, jamás han realizado algo semejante respecto a las víctimas en la País Vasco, ni siquiera un recuerdo a las viudas, a los huérfanos. Esta es la geometría inexorable del Amo terrorista que define qué víctimas son dignas de homenaje y cuales no, que delinea con precisión ajustadísima cuales son los campos por donde a los sujetos les está permitido moverse si no quieren caer dentro del conjunto maldito de los amenazados. En estos últimos años se ha producido un punto de inflexión en la progresión del terror. El aumento de las detenciones junto con el desmantelamiento de las redes de apoyo, financiación y reclutamiento de los terroristas les ha debilitado profunda e irreversiblemente, aunque aún puedan producir dolor. Con ello se ha evidenciado la gran mentira de que el terrorismo nacionalista no podía ser vencido y que era preciso negociar con él. La subjetivación de esta mentira, por parte de una mayoría social y política ha servido para que se haya prolongado por muchos años la actividad terrorista. Esta mentira ha caído hoy. Y lo que la ha derribado ha sido el lugar otorgado a las víctimas, tanto a los asesinados como a los familiares y allegados. Durante décadas, las víctimas del terrorismo, salvo excepciones por la notoriedad de algunas de ellas, pasaban desapercibidas y eran rápidamente olvidadas. Dos líneas en páginas interiores de la prensa daban cuenta de su funeral y del traslado de sus restos a su tierra natal. Así eran asesinadas algunos años más de cien personas. Asesinadas, injuriadas y olvidadas. Dos a la semana, y no hace tantos años. Pero comenzó ha construirse una memoria de aquél tiempo, ciudadanos con coraje para ello comenzaron a escribir artículos de prensa y numerosos libros que daban su testimonio. Les costó vivir siempre con escolta, amenazas, exclusiones, y a más de uno la vida, pero un cambio decisivo se fue operando en la sociedad vasca y en el conjunto de la española: cambió radicalmente el tratamiento dado a las víctimas. Se pasó a tratarlas con la máxima consideración por parte de las instituciones, y por parte de amplios sectores de la sociedad. Manifestaciones, homenajes, creación de fundaciones y asociaciones de víctimas ... Así se consiguió evitar la “segunda muerte”, la muerte significante, el verdadero objetivo de los Creontes etnicistas (7). El adecuado tratamiento simbólico de lo real construyó la dignidad de las víctimas. Eso era lo que faltaba. A partir de ahí cambiaron muchas cosas: los policías más efectivos, los jueces más decididos, la sociedad más colaboradora, el gobierno francés obligado a colaborar...Y la democracia comenzó a ganar la batalla. Su victoria se manifiesta en que, ahora, cada nuevo asesinato terrorista es un escándalo intolerable. Por que si bien el terrorismo no tiene causas, una sociedad democrática sí precisa construir una Causa contra el terrorismo. A partir de las víctimas, sobre ese real tratado ya no como un desecho, sino establecido su lugar digno, se conseguirá erigir algún ideal justo que pueda funcionar como lugar de identificación para un deseo nuevo, a favor de la palabra y la libertad. Así ha ocurrido en tantas ocasiones, y de este modo se construyeron los movimientos ciudadanos y una nueva actitud en amplios sectores sociales e institucionales. Este fue el comienzo del fin del terrorismo en este país. Hoy muchos ciudadanos están dejando de mirar debajo de su coche, se mueven más tranquilos, aunque continúan muchos escoltados y aún hay miedo, pero un aliento de esperanza se percibe entre los amenazados. Hemos aprendido por qué hay que mantener la memoria de las víctimas, como del Holocausto y de tantas otras, porque es esencial para la defensa de la libertad: es necesaria una política de la memoria para hacer obstáculo a la compulsión a la repetición, al retorno de lo mismo. Pero esta evolución política que nos acerca al final del terrorismo y a la recuperación de la libertad, no ha sido comprendida del mismo modo en otros ámbitos sociales y políticos. Se ha acentuado la división política en toda España. En la sociedad moderna no es popular la prohibición. Hay quienes han interpretado la decisiva acción de instituciones y movimientos cívicos, en estos últimos años, como un sesgo autoritario o antidemocrático, y se han opuesto decididamente a su actuaciones. Así vemos que los efectos generados por la prolongada acción terrorista son muy amplios y profundos y que los diferentes modos de abordar sus efectos en lo real han producido una crisis moral y ahondado la división en la sociedad, dando lugar a efectos paradójicos en los discursos políticos. Habrá que tener todo ello en cuenta para considerar las consecuencias de la súbita aparición del terrorismo el 11 de marzo en Madrid. Con todo, en el campo de la controversia política, el debate de ideas es también interminable. Sabemos que sólo se convence a quien está previamente convencido, ya que la certeza sobre una interpretación se obtiene únicamente del acto que define la posición del sujeto respecto a lo real en juego. 3-Ante el terror nuevo. El atentado del 11 de marzo ha inaugurado en España una nueva época, y también en Europa. Los terroristas religiosos han delineado una nueva geometría tras la del 11 de septiembre en Nueva York. El conjunto que dibujan incluye a todos los españoles y apunta a todos los europeos. Basta ser viajero de un tren o visitante de un hipermercado para entrar en el campo de las víctimas. El número de víctimas y su carácter indiferenciado ha supuesto una conmoción profunda para la ciudadanía. Además del horror televisado, del espectáculo de muerte retransmitida, no cabe duda que es más fácil la identificación con víctimas anónimas que con un policía o un concejal amenazado: Es evidente que se trata de un conjunto para todos. Y eso, el sujeto lo sabe de entrada. Todos pudimos ver, al día siguiente, la reacción de la población de Madrid. Fue una ejemplar manifestación cívica de la sociedad democrática madrileña. Su homenaje a las víctimas fue un acto de dignidad en defensa de la libertad e imprescindible, también, para desarrollar el trabajo de duelo. Como siempre, la pacificación de los espíritus comienza con el debido tratamiento simbólico de nuestros ciudadanos muertos. Así nos reconfortaron a toda España. Pero la celebración de las elecciones, tres días después, provocó una grave interferencia en ese duelo que la nación comenzaba. El imaginario de la lucha política irrumpió en ese proceso. Se claudicó por todas partes. Por un lado, un gobierno inhibido por el propio real del atentado, ante el abismo de la pérdida del poder y, al parecer, traicionado por sus propios funcionarios, fue incapaz de reaccionar y de rectificar. Desfalleció bajo su propio semblante. Por otro, la oposición desplegó un movimiento de agitación en base a la indignación por suponerse engañados y a la exigencia imperiosa de la verdad.... Nos podemos preguntar de qué verdad se trataba (8). ¿Qué podía hacer, cada uno, ya fuera un terrorismo u otro?. Parece posible conjeturar que de lo que se trataba era de propiciar un desplazamiento imaginario de la culpa, para salir de la impotencia y refractar el temor/indignación sobre el gobierno. Así se desarrolló en todo el país una inmensa noria de procesos de identificación y mecanismos de defensa que han causado la mayor crisis política en mucho tiempo. “No es la conciencia, sino el inconsciente el que vota, como es el inconsciente el que elige su partenaire-síntoma.” (9). Es aquí donde se ha producido un redoblamiento de los efectos de tantos años de terrorismo en un estallido de significaciones, en una acentuación de las rivalidades ante la emergencia de un real nuevo. Lo que sí resulta más evidente es que, más allá de las legítimas opciones, no podemos dejar de considerar la paradoja de que un acto mortífero sin sentido produzca como consecuencia un exceso de sentido dirimido agresivamente entre bandos de ciudadanos . Si lo real de un terrible atentado no es acotado por un adecuado manejo de la política puede ocurrir que se difunda por el entramado social con efectos indeseables (10). Incluso aunque la retirada de las tropas españolas, aparte de otras consideraciones éticas y políticas sobre esta cuestión, fuera respondida positivamente por los terroristas, no sería sino la prueba de realidad de un proceso imaginario indeterminado, con un retorno inquietante. Resulta curioso observar cómo en los días siguientes a las elecciones, la prensa francesa refería el vuelco electoral al “engaño” del gobierno, mientras que la prensa inglesa lo consideraba efecto del atentado. Lo cual no deja de evocar esa relación más verídica con lo real que Lacan atribuía a los ingleses en 1947. Se ha abierto así una crisis importante en nuestro país que ha supuesto un deterioro de la convivencia en variados ámbitos y ha hecho surgir el fantasma del enfrentamiento ciudadano. Vivimos en una democracia joven todavía, y quizá siempre, que no tiene todavía adquiridos los parámetros de actitudes cívicas de las democracias más antiguas, donde las instituciones del Estado, el pacto simbólico en que se basa la convivencia, están a salvaguarda de los avatares del Otro del terror. La crisis ha producido un cambio de gobierno que parece venir bajo el signo del sí a la demanda, lo que representa un sustancial viraje respecto al carácter atribuido al anterior. Otros síntomas vendrán a su lugar. Sería bueno seguir el consejo del escritor A. Muñoz Molina: “ Y sobre todo nos hará falta saber distinguir bien entre el adversario y el enemigo, para no tener luego que lamentar amargamente un error que se haya vuelto irreparable” (11). 4-Otra respuesta. El psicoanálisis no tiene ideología, no es conservador ni progresista. No cree en teorías que expliquen el mundo, ni en quien promete la felicidad. Su discurso no debe quedar atrapado en las redes de sentido que la política de puros semblantes teje cada día. Al psicoanálisis le importa la democracia porque tiene una solidaridad lógica con ella: es la suposición del sujeto su punto de partida. El mismo punto de partida ético, el mismo sujeto portador de derechos y deberes de la filosofía y del derecho, el mismo que presupone y elide la ciencia. También el psicoanálisis es hijo de las Luces. Por eso el psicoanálisis está interesado en la acción que se opone a todo ataque a la suposición del sujeto: al totalitarismo que lo anula, al terrorismo que lo reduce a un resto, a las prácticas evaluadoras que lo cuantifican y a los controles del Estado que cercenan sus libertades, a la medicalización abusiva y, en general, a todas las prácticas que degraden al sujeto y vayan contra una premisa universal común al psicoanálisis y a la democracia: que no tienen contraindicaciones. Es ahí donde el psicoanálisis debe hacer oír su voz, en el desocultamiento de lo real, en su saber sobre las crisis, en desentrañar las paradojas que con su inversión del sentido revelan el fracaso de las aproximaciones imaginarias. El psicoanálisis va en sentido inverso a las precipitaciones identificatorias que promueven los políticos con su manejo de los significantes amos: desvela sus callejones sin salida. El psicoanálisis no es acomodaticio con el “sentir general”, huye del “confort intelectual”; debe decir sobre el acto en lo político, del signo que sea, y pronunciarse sobre su mayor o menor pertinencia en el modo en que trata lo real. El psicoanálisis da tiempo al traumatizado. A quien ha sido alcanzado por un horror fundamental le da la posibilidad de tratar ese real sin sentido, de ponerlo en juego en el dispositivo analítico, permitiéndole el despliegue y agotamiento de sus respuestas imaginarias, hasta la demostración en acto de que solo él, como sujeto, es responsable de encontrar el modo de cifrar ese real, para vacuolizado o diluido, incorporarlo a la vida. Pues no es en la muerte en todas sus formas en lo que estriba, finalmente, lo traumático. Lo que sí es decisivo para una sociedad es el tratamiento que da a la muerte, y especialmente a las víctimas inocentes, siempre debe dar el lugar adecuado a ese real que impacta en lo social. Pues la matriz de todo trauma para el sujeto se halla en el hecho de ser hablante, en lo irremediable de la condición humana. Haciendo de este axioma un punto de apoyo inconmovible, encarnando el sinsentido de lo traumático, el psicoanálisis puede ayudar a que el deseo prevalezca sobre los oscuros reinos del Terror. NOTAS 1- “Lacan et la politique”, entrevista a Jacques-Alain Miller en “Cités”, nº 16, pag. 112. 2- J-A Miller: “Cartas a la opinión ilustrada”, “Otros despachos de la ALP”, pag. 99. 3- J. Lacan: Seminario XVII , Pag. 64. 4- J-A Miller: “Cartas a la opinión ilustrada”, “Tercera carta”, pag. 126. 5- J. Lacan: “Escritos”, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, pag. 338. 6- J. Lacan: Seminario XX, pag. 16. 7- “Por lo mismo, Antígona es siempre actual, se pone en acto de tal modo que, incluso en este mismo momento, se están forjando algunas, y eso es tan seguro como la presencia en el mundo, en todas partes, de cuerpos sin enterrar, de muertos sin despedida y de persecuciones hacia aquellos que intentan restablecer la dignidad simbólica del cuerpo muerto”. Jorge Alemán: “Lacan en la razón posmoderna”, pag.130. 8- “No hay más sentido que del deseo. Esto es lo que se puede decir después de leer a Wittgenstein. No hay más verdad que de lo que de dicho deseo esconde de su falta, para hacer como quien no quiere la cosa ante lo que encuentra”. J. Lacan, SeminarioXVII, pag. 64. 9- J-A Miller: “Tercera carta”, pag. 120. 10- “También hemos visto, con vergüenza, con asco, el oportunismo político, el sectarismo irresponsable, el impudor de quienes no tienen escrúpulos en prolongar sus diatribas partidistas y sus maquiavelismos de poder dejando a un lado la obligación suprema de honrar a los muertos y dar consuelo y apoyo a los supervivientes, y un sentido de concordia y firmeza a la ciudadanía”. Antonio Muñoz Molina: “Crónica del miedo”. “Letras libres”, nº 31, pag. 11. 11- Antonio Muñoz Molina, ibidem.

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Archivo del blog