sábado

Cotidianidad, creación, arte, construcciónción simbólica

Todos los días el tiempo que se construye en una hora es mucho mayor que una hora. En eso estamos cuando estamos dibujando, construyendo o inventando cualquier cosa. La creación artística es una metáfora del vivir al estilo humano. Es ese mismo suceso explorado en el laboratorio de lo simbólico. Hablar y crear no es algo natural como el latido de un corazón o el sol saliendo por la mañana. Crear es el hacer cotidiano - efecto y causa- de nuestra humanidad. La representación de las ganas de vivir, la representación de su fundamento y de su raíz. La importancia de la creación simbólica reside y se explica en ese hacer cotidiano. Hay cientos y cientos de momentos en los que ese suceso llamado creación se manifiesta Cada vez que hablamos esforzándonos por poner palabras a una experiencia particular; cuando charlamos interrogándonos sobre los tópicos sociales, aportando nuevas posibilidades de interpretación de los sucesos, inventando ideas, ironizando; cada vez que utilizamos los recursos a nuestro alcance para dar forma a un sentir vago; al vestirnos, al poner la mesa, cocinar, ordenar objetos, saludar en el ascensor, seleccionar una música, elegir un trabajo, elegir cómo hacer ese trabajo…; cuando variamos nuestras formas de hacer y decir habituales, apostando por perder algo ante la posibilidad de ganar algo; al inventar una frase para aproximarnos a un desconocido; al decidir en qué y cómo gastar nuestro tiempo… en nuestras formas de relación. Hasta comprando el pan podemos inventar algo. La creación simbólica –el trabajo del arte- se apoya en todos estos sucesos. Tendemos a creer que todos son naturales. Damos por hecho que nuestra cotidianidad es algo dado, parecido a la respiración o al funcionamiento del par de piernas que nos soportan. El colapso de la cotidianidad hace que tomemos conciencia de que no existe un estatus quo universal, ni suficientemente estable como para dar por hecha nuestra circunstancia. La enfermedad, el sufrimiento moral, las catástrofes... abren nuestra división fundamental y nos enseñan la diferencia entre la naturaleza y la cultura. Las representaciones de la malignidad: la tiranía, el asesinato, el asedio, la extorsión… así como las representaciones de la muerte, nos hacen volver la mirada hacia el valor de nuestra cotidianidad y saborear la creación de nuestra propia circunstancia como un espacio de expresión de la intimidad radical en la que podemos reinventamos cada día. La creación simbólica, el arte, es el escenario para la representación del ejercicio y de los efectos de este potencial, donde encontramos los rasgos fundamentales de nuestra vida común fuera de los lugares comunes, gracias a la diferencia entre nuestras invenciones particulares. Hay quien dice que todos somos artistas. Yo también lo digo. Lo digo como digo que todos somos electricistas: consciente de que hay que poner los medios y el trabajo para serlo. Un trabajo que consiste en dar forma al suceso que es existir al estilo humano, representando sus mecanismos, dándoles formas, poniéndo palabras. El trabajo del arte no compite con otros discursos porque no necesita justificarse como artífice de ampliaciones culturales puesto que es la cultura per sé. La creación simbólica tiene que ser, es un trabajo de regocijo en el deseo, en las ganas de vivir porque se ocupa en la creación de las representaciones necesarias donde podamos reconocer ese deseo sin desentendernos del sufrimiento, sin escamotear los aspectos mas espantosos de la condición humana. Por esto el arte es bálsamo del horror, porque puede acercarse a él, charlar con él y mostrarnos ese ejercicio resumido en una forma construida con características tan peculiares que nos ayude a observar nuestra monstruosidad sin soslayarla, posibilitando así la reflexión sobre ello. Es trabajo del artista rescatar de los escombros y los restos de la vida cotidiana, representaciones del deseo capaces de regenerar el pensamiento, orientarlo y empujarlo hacia empresas del mismo signo. El artista no cree mucho en los semblantes, en las apariencias, en las formas dadas, precisamente porque es un trabajador de la forma y sabe que la apariencia –la forma- muestra al mismo tiempo que esconde, representa y oculta al mismo tiempo. Sabe que la forma es el resultado de un esfuerzo por cernir aquello que no ha sido dicho.

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