jueves

INGENUIDAD

"Al hablar con la institución lo que no puedes ser es ingénua"
"Ser ingénua es no darse cuenta de lo que se dice entre las palabras"
¿Qué hay entre las palabras?
Escucho lo que me dice. Lo que hay detrás es un muro, una negación, en el mejor de los casos. Peor es la nada. Hay nada detrás de sus palabras. Escuchar nada. Nada. Una nada mística, vaga. Una nada inmensa. Una nada ente, llamada institución. Allí, a veces, la duda de una consulta se pierde en las habitaciones de la administración, como en un castillo kafkiano. A veces las compuertas de la autorización se mueven según un mecanismo establecido, inamovible. Otras veces este movimiento es tan arbitrario como el capricho de un portero loco con una lógica implacable. Una organización de voluntades deja de serlo cuando cada sujeto se comporta como si algo superior a sí operara atravesándolo. Como si cada trabajador fuera una vía tentacular mediante la que el megagrandetrabajadorbenefactorpublico se manifestara. La institución nace cuando cada sujeto cita la responsabilidad particular de su trabajo como si esta estuviera en otro lugar, fuera de sí, enajenada por ahí, en algún otro sítio, en el despacho de alguien. Cuando esto no es así, la institución desaparece un poco -aunque la haya- su peso de apisonadora rodante se aligera allí donde se abre paso a la paticularidad. La particularidad desmiente ese gigantismo: no es verdad que exista un ente producto de la suma de mil voluntades y que ejerza un efecto mayor a las voluntades que lo forman. Creer eso es precisamente lo que da forma, lo que hace que dibujemos lo institucional así y lo vivamos como un aplastante gigante. Mi ingenuidad consiste en hablar como si el gigante aplastante no existiera.

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