sábado

Ismena

Ismena, escondida en la oscuridad de la noche, acompaña en secreto al cadáver de su hermano Polinices. Mientras está allí, silenciosa y confundiéndose con las sombras, aparece Antígona. Ismena, presencia escondida cómo esta da sepultura a su hermano. Piensa y susurra para sí:
Apariciones fantasmales. La mayoría sois mujeres. Al curso irracional de la naturaleza ¿se le puede llamar ley? Es ley de vida y vida de Ley. La viscosidad del agua cambia: agua dulce, agua salada… y agua es, igualmente. Mi corazón brujulea, su velocidad desdobla las formas. La veo avanzar con su paso ciego, ceguera heredada, hasta topar con el cadáver. Hija de tan excesivo amor. El estremecimiento empuja un ahogado alarido. Se traga su grito y la gravedad de su cuerpo viaja hasta el puño cerrado que se abre, dejando caer una ligera sepultura de arena. Las partículas de polvo brillan y caen tan lentamente que puedo contar sus partículas. Me pregunto cuántas veces ese polvo viajó sobre el cuerpo vivo de mi hermano, tan fuerte, tan vigoroso. Mientras yo cerraba los ojos para disimular las olas de voluptuosidad que rizaban mi cuerpo con cualquier ligero roce, ella visitaba su lecho por las noches. La genealogía de su ceguera la hace feroz. Cree en su pasado como un cántaro cree en el alfarero. Cree que los dioses están presentes en su estirpe. Cree en razones superiores, vagas, difusas que ella misma inventa. He contemplado su avance hacia la muerte deseando que cualquier detalle desmintiera mis barruntos. Cuando escuchaba los gemidos y los lúbricos sonidos que viajaban desde aquellos coitos incestuosos. Cuando me tapaba los oídos para no unirme a ellos. Cuando fantaseaba escenas imposibles, despertando dolorosamente a la luz de la ley. Cuando todo esto ocurría, yo arrastraba mis pensamientos hacia las esquinas más oscuras de mi cuerpo para preguntarme y dudar si no estaría seca, si no sería yo una cobarde, si no estaría muriendo en vida al no buscar también la satisfacción de aquellos movimientos de la sangre en mis entrañas, sobre el cuerpo de mi hermano. Pero entonces ¿qué hacer? Porque no solo Polinices despertaba las exuberancias de mi piel. Eteócles solía poner uvas en mi boca mientras, leía tañendo su garganta, pronunciando palabras, mezclando su aliento con la cálida brisa que se movía entre mi piel y mis vestidos. Allí atrapaba yo estos secretos. Los apuraba lentamente, cada poro de mi cuerpo era una copa consagrada a estas libaciones. ¿Es ella más justa?

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