sábado

Feminidad, Antigona, feminicidio y otros asesinatos IV

IV
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Este texto es una tergiversación de un fragmento del artículo escrito por Iñaki Viar titulado: Respuestas al Terror y publicado en La Gaceta del Consejo de la escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano Nº 15/extra Junio 2004 (puede encontrarse en la dirección:
http://www.elp-debates.com/lgc/LGC15_%20Extrajunio.doc) Mi tergiversación consiste en sustituir la palabra psicoanálisis por la palabra arte y hacer algún retoque más. Cuando leí los párrafos originales se separaron los mares de mi fantasía, dejando al descubierto estas pistas para palabras que ando siempre buscando para describir la práctica artística en la que creo, un ideal que me construyo. Este texto trastocado es una buena vista parcial. (Muchas gracias Iñaki Viar, mi robo es afectuoso)

El arte no tiene ideología, no es conservador ni progresista. No cree en teorías que expliquen el mundo, ni en quien promete la felicidad. Su discurso no debe quedar atrapado en las redes de sentido que la política de puros semblantes teje cada día. Al arte le importa la democracia porque tiene una solidaridad lógica con ella: es la suposición del sujeto su punto de partida. El mismo punto de partida ético, el mismo sujeto portador de derechos y deberes de la filosofía y del derecho, el mismo que presupone y elide la ciencia. El arte está interesado en la acción que se opone a todo ataque a la suposición del sujeto: al totalitarismo que lo anula, al terrorismo que lo reduce a un resto, a las prácticas evaluadoras que lo cuantifican y a los controles del Estado que cercenan sus libertades, a la estetización abusiva y, en general, a todas las prácticas que degraden al sujeto y vayan contra una premisa universal común al arte y a la democracia: que no tienen contraindicaciones.
Es ahí donde el arte debe hacer oír su voz, en el cernimiento de lo real, en su saber sobre las crisis, en evidenciar las paradojas que con su inversión del sentido revelan el fracaso de las aproximaciones imaginarias. Ahí: un hacer en lo simbólico, en el lugar de ignición de la forma. El arte obra en sentido inverso a las precipitaciones identificatorias que promueven los políticos con su manejo de los significantes amos: desvela sus callejones sin salida. El arte no es acomodaticio con el “sentir general”, huye del “confort intelectual”; debe decir sobre el acto en lo político, del signo que sea, y pronunciarse sobre su mayor o menor pertinencia en el modo en que trata lo real.
El arte da tiempo al sujeto para encontrar el modo de cifrar ese real de su malestar, para vacuolizado o diluido, incorporarlo a la vida.
Para una sociedad el tratamiento que da a la muerte, y especialmente a las víctimas inocentes, siempre debe dar el lugar adecuado a ese real que impacta en lo social. Pues la matriz de todo trauma para el sujeto se halla en el hecho de ser hablante, en lo irremediable de la condición humana. Haciendo de este axioma un punto de apoyo inconmovible, encarnando el sinsentido de lo traumático, el arte puede ayudar a que el deseo prevalezca sobre los oscuros reinos del Terror.


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