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Artisticoterapeuticosupercalifragilístico...

(Texto escrito para mi ponencia en el I Coloquio Art&Psi, "Heterodoxias", organizado por CreaturaS, casa de arte bruto, y que se desarrollará en Bilbao el próximo 13 de diciembre)


Me han invitado a escribir una ponencia como especialista en Talleres de Creación Artística –bueno, también pueden ser: talleres de creación plástica, aunque a mí me gusta más llamarlos de esa otra forma, porque el contexto que administro a su alrededor es el Arte, constantemente. También cuando estamos allí dentro hablamos de Arte, de Historia del Arte, de tecnología del Arte y de la formas de pensamiento del Arte. Del autor, de su particularidad, de su responsabilidad. Los modos y maneras pertenecen al campo del Arte.

Se asocian talleres de creación plástica a distintos medios. Se asocia al medio pedagógico y sus funciones (el aprendizaje de la lecto escritura y la socialización, por ejemplo), a la terapia ocupacional y sus funciones (entrenamiento de mecanismos psicomotrices, entrenamiento de la atención…), a la integración social (expresión, incremento de la autoestima), a la psicoterapia y sus funciones. Porque todos reconocemos que “la expresión plástica es buena para expresarse y potenciar la creatividad” ¿Qué demonios significa esto?

Me pregunto sobre mi trabajo en los Talleres de Arte, y esa reflexión pasa necesariamente por otra sobre mi vivencia particular, mi experiencia particular con la creación plástica y el Arte. Me pregunto qué estoy haciendo y la respuesta viene a mí sencillamente: vuelvo una y otra vez sobre mi origen, sin alcanzarlo nunca y de ello fructifican novedades, constantemente.

Primero fue mirando cuadros en libros. En la Historia del Arte, observando cuadros, esculturas, dibujos y leyendo sobre sus autores. Me ayudé de esa inmersión para construir un ideal que no encontraba, o no identificaba en mi circunstancia inmediata con la claridad necesaria. Mis héroes eran los artistas. Quise pertenecer a la familia de Miguel Angel, Boticelli, Caravaggio, Giotto, Van Goghg, Malevich, Chagall. Quería parecerme a ellos, ser uno de ellos: el artista, el autor. El productor de todas las maravillas gracias a las que yo podía avanzar en una cotidianidad difícil, llena de conmociones y algo violenta, de poco fiar, sin límites estables, con mensajes confusos, poco claros -hija única, arbitrariamente consentida- portadora de una sensualidad poderosa y desbordada que me conmovía en emociones para las que me faltaban nombres (todo eran olores, temperaturas, sensaciones, brillos, colores, irritación, euforia, conmociones corporales).
Quería ser como aquellos hombres que creaban las imágenes por las que yo avanzaba con la necesidad de un orden. Un orden, lo suficientemente dúctil como para dejar en él mi impronta -una impronta exterior a mi cuerpo, una marca- y estable, para poder verla después, reconocer mi paso, saber de mí. He querido ser autor: inventar mis propias historias, ofrecer a la vista mis propias imágenes, aquellas que me parece completan la realidad que me rodea, quitándole su voraz potencia sobre mí.
Durante muchos años, cada vez que me he visto envuelta en una circunstancia incomprensible, angustiante, inventaba una historia: “erase una vez, una mujer que…” Cuentos escritos al dictado de un ingenio que no tiene que ver con lo razonable y sin embargo son el relato de una circunstancia concreta. Allí resuelvo, puedo pensar o entregarme a las ideas de sinsentido. Esto me desangustia y me tranquiliza. Lo mismo pasa cuando dibujo: un baile entre lo razonable y la oscuridad, durante el que los bailarines se divierten intercambiándo sus trajes.
En mí, dibujar es el punto de ignición de muchos otros asuntos, y al mismo tiempo no tiene un fin mas allá del hecho mismo de dibujar. Y sin embargo cada pequeño cambio, cada pequeño hallazgo, cada invención sobre el papel hace posible una reflexión -como reflejo- de asuntos de mi existencia en una cotidianidad que necesariamente voy inventando. Dibujar y los dibujos mismos son fuente y catalizador de cierto saber sobre las formas en las que habito mi vida. Dibujando asocio ideas a sensaciones, conquisto espacios de oscuridad o al menos convivo con ellos sin rechazarlos, si es que no son estos en realidad la fuente de todas mis invenciones.

Hubo un tiempo en el que pintar era igual de necesario que imposible. Algo, de lo que yo era víctima, entraba en conexión con la pintura. La voluptuosidad que los materiales despertaban no acababa en las sesiones de pintura. Pintar era enervante incluso cuando conseguía inventar figuras a mi gusto. Y no fue la pintura, ni el arte lo que me ayudó a sosegar toda esa ansiedad. No fue pintar más, ni estudiar el arte contemporáneo o clásico o moderno, lo que facilitó una salida. El viraje necesario para seguir pintando con cierta libertad se produjo durante el trabajo del análisis. Psicoanálisis. Allí ratifiqué mis barruntos: lo más importante para mí es inventar, no hay otra manera. El trabajo de la invención, crear, recrear y todas sus metáforas. Inventar, crear y recrear con inmediatez, viva y de cuerpo presente, cada vez de una vez. Constituida por una irresoluble paradoja: vuelvo una y otra vez sobre mi origen, sin alcanzarlo nunca y de ello fructifican novedades, constantemente.
Inventar, crear, trasladar la experiencia de una circunstancia a veces hostil, a veces deliciosa, de sus efectos sobre mí, produciendo un efecto sobre ella.
La parte psicoterapéutica consistió en inteligir sobre aquello que me impedía habitar mi particular paradoja. El psicoanálisis puso el deseo en su surco. Ese trabajo tuvo poco que ver con el de la creación artística y los tres transcurrieron simultáneamente.

Ahora me parece más claro que eso llamado “expresión” no sirve para hablar del Arte, ni de la pintura, ni de la “expresión plástica” asociada al campo del arte. Cada imagen producida muestra en la misma medida que vela. Puede llamarse a cada pintura “expresión” pero más bien como testimonio de algo, de una dimensión de la estructura psíquica que se encuentra más allá -o más acá- de ese núcleo corporativo del Yo. Es esa oscuridad a la que refiero mi trabajo como artista, allí es donde percute mi tarea. Es allí hacia donde oriento mi atención como asistente, en los Talleres de los que soy responsable.

El espacio de la creación artística -aquel poblado por unos materiales lo suficientemente dúctiles como para ser modificados con cierta inmediatez, y lo suficientemente plásticos como para mantener las formas con las que han sido impresos- allí es donde la invención es esperada y puede ocupar un lugar por derecho propio. Ese espacio vacío, protegido por el contexto que aporta toda la Historia del Arte y el significado de esta, laboratorio para el experimento, donde el sujeto es libre para el escrutinio particular de sensaciones y significados, es mucho más que un espacio para la expresión o para la elaboración consciente de cuestiones imaginarias. Se trata de un lugar donde se entrañan cambios y giros que quedan fuera del alcance de ese Yo, de esa mismidad indivisa y ficticia. Se suele situar la creación artística cerca de la locura, locura como fantasma de la cordura, antípoda de la experiencia de lo razonable: sensaciones de disolución de las fronteras objeto-sujeto, animación “mágica” de los materiales, capacidad maniaca para cabalgar el flujo constante de formas inarticuladas…experiencia que en otro contexto puede ser llamada experiencia psicótica
[1].
Estas experiencias pueden ser vividas como terapeuticas en el sentido de que pueden aportar puntos de referencia, hallazgos, anclajes, enigmas, novedades para construir soluciones… Pero queda claro que los mecanismos y dispositivos de la creación artística nada tienen que ver con los de la psicoterapia ni con los del psicoanálisis, aunque, como en el caso de la psicoterapia y del psiconálisis, estas experiencias tengan también efectos.

Sin embargo si es cierto que en algunos contextos muy concretos el situar la creación plástica –no hablo aquí de Arte, solo de la disponibilidad de materiales con los que establecer relaciones cuerpo a cuerpo- dentro de un encuadre psicoterapéutico y en coalición con el trabajo pertinente a la psicoterapia, puede constituir un apoyo para una función en ese sentido. Me refiero a mi experiencia con niños diagnosticados como autistas, niños y adolescentes psicóticos y sujetos que sufren graves discapacidades. En estos contextos claramente señalados como clínicos o terapéuticos la experiencia de alguien conocedor de técnicas y procedimientos de la creación artística y particularmente de creación plástica (porque no todo del arte es “arte plástico”) y suficientemente informado sobre asuntos concernientes a la estructura psíquica y su funcionamiento, puede ser importante para recoger aquellas experiencias de desintegración, ideación delirante e inarticulación formal, para poner en juego en el trabajo sobre los materiales- posibilidades que puedan constituir para el sujeto modos de apaciguamiento, indicios aceptables sobre los rudimentos de la construcción simbólica o lo que sea pertinente en cada caso. Poco que ver con la creación artística, pero un trabajo íntimamente ligado al los medios materiales y a los procesos de elaboración tal y como el artista los conoce.
Este interesante campo de trabajo se abre a partir de ese desafortunado nombre art therapy (arte terapia) con el que se bautizó más que a una práctica, a una profesión: la de arte-terapeuta. Así puede distinguirse al artista que tras una especialización académica en la que se estudia la estructura del aparato psíquico, escuelas psicoterapéuticas, psicopatología general, dinámica de grupos y otras cuestiones más detalladas, y tras indagar en sus propios procesos de creación, y compromenterse en un trabajo de análisis o de psicoterápia, pone todo ello al servicio de un sujeto, dentro de un preciso encuadre psicoterapéutico, formando parte de un equipo pluridisciplinar. Así se trabaja por ejemplo en Inglaterra, donde el arte-terapeuta es una figura profesional dentro del Servicio Nacional de Salud (National Helth Service).
El campo de la creación artística y el campo de la arteterapia son lugares separados. Hace tiempo que se separaron y avanzan hacia una separación radical. De hecho arte terapeutas como Pat Allen alertan desde hace tiempo sobre una clinificación de la práctica. El lenguaje de la arte terapia es el lenguaje de la psicoterapia. La presencia de todo aquellos contenidos relacionados con la creación artística que pudiera enriquecer este campo, retrocede y pierde presencia cediendo espacio al dispositivo y lenguaje psicoterapéuticos.
Arte terapia es una práctica establecida dentro del ámbito de las psicoterapias, luego los dispositivos de su eficacia como psicoterapia, poco tienen que ver con los de la creación artística, aunque la herencia de su nombre haga referencia a unos inicios en los que esto no era así.
En Gran Bretaña en los años cuarenta, después de la Segunda Guerra Mundial, muchos artistas trabajaban en hospitales psiquiátricos, retiros para convalecientes y centros de enseñanza. Adrian Hill, Edward Adamson, E M Lydiatt, Rita Simon, Michael Edwards y John Henzell entre otros, fueron llamados años después “padres de la arte terapia”. Seguramente se pusieron este nombre –arte terapeutas- para diferenciarse de aquellos artistas que organizaban sus talleres alrededor de la docencia de la academia del arte, porque se interesaron en indagar en aspectos no formales de la creación plástica. Abrieron espacios para la creación artística, observando que en muchos pacientes estas actividades tenían efectos, bien porque se convertía en algo imprescindible, o porque hablaban de su mejoría y la asociaban con estas actividades, o porque veían como algunos sujetos pasaban enormes periodos de tiempo sumergidos en un hacer incansable del que resultaban producciones que nada tenían que ver con las academias ni con las modas artísticas y que, sin embargo portaban consigo cualidades de enorme contundencia estética. En los grandes hospitales psiquiátricos aquellos talleres constituían asilos dentro del asilo
[2], lugares que quedaban exentos de cualquier indicación profesional, ya fuera artística o psiquiátrica.

Antes de que hubiera arte terapia, antes de que las producciones de pacientes psiquiátricos o de bizarros amateurs, comenzaran a valorarse desde una perspectiva artística, ya había muchos sujetos que –habitantes de un hospital psiquiátrico o no- habían encontrado en la creación de imágenes y objetos, y sin tener ninguna formación académica, una salida para sus necesidades más íntimas fueran estas de la índole que fueran.
Solo mucho tiempo después, la intervención y el trabajo de más artistas, críticos galeristas e historiadores del arte, tuvo como consecuencia que hoy en día esto llamado art brut sea una categoría establecida en el Arte en un difuso lugar: dentro de su contexto pero fuera de sus márgenes. Esta situación me parece muy interesante.


A estas alturas habré ya descubierto que no soy especialista, afortunadamente. Que no asocio la creación artística con la expresión, sino más bien con la invención. Y que los Talleres de Creación Artística que animo y de los que soy responsable, se encuadran en el contexto del Arte, porque aunque no nos dediquemos a su academia, si nos sometemos a su disciplina.










[1] Maclagan, D. (1999) “The art of mandes and the madnes of art” Raw Visio 27, 20-28
[2] Maclagan, D. (2001) Psychological Aesthetics. Painting, Feeling and Making Sense, Jessica Kingsley Publishers. London

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