jueves

Sadismo cotidiano

A menudo me encuentro con personas que dicen ayudar a otras siendo enorme y sutilmente sádicas. Infirngiendo pequeños daños en el honor y en la dignidad de los demás. Tratando a aquellas otras a quienes "ayudan" como si estas fueran incapaces de alcanzar su própio ingenio, suponiéndoles ajenas al razonamiento o negándoles el derecho a querer ser peculiares y únicas.
A menudo me encuentro estas personas que entienden la organización, el orden, la estructura social como una especie de cuartel militar en el que la vida se vive a toque de corneta -que tocan ellas-, vistiendo uniformes y cuadrándonos ante los mandos, porque "todos somos iguales aquí"
Muy a menudo estas personas buscan su camino en los laberintos de la necesidad humana. Trepan y se arrastran como las ratas por las tuberías, hasta encontrar sus lugares ideales: en los lugares de asistencia al otro. Se camuflan entre los heróicos trabajadores del aliento: médicos, enfermeras, psocólogas, psiquiatras, trabajadoras sociales, terapeutas... y todo tipo de cuidadores. Se camuflan entre los profesionales que velan el sufrimiento ajeno y entre sus adjetivos, entre los que construimos cotidianamente un otro a quien amar, con quien vivir. Allí se instalan, con cierta expresión de ironia que disimula su mezquidad. Con una energía equívoca que confunde: disciplina, límite, gravedad, severidad, rigidez, sadismo. Allí destilan su veneno de mil maneras, en pequeñas y constantes dósis, utilizando la proximidad de la confianza como un instrumento de tortura -del tamaño de un finísimo alfiler. Dejando en falta a quien no lo merece, tratando a los adultos como a niños, provocando tensiones sin motivo, exigiendo lealtades y sumisiones, doblegando voluntades a fuerza de aprovechar vulnerabilidades...
Estas personas soliviantan mi ánimo.

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