miércoles

Cuento instantáneo sobre el papel del arte en la gestación del ser humano tal y como lo conocemos en el momento presente.

Un día iba un ser humano caminando, cuando de repente: ¡zas! Cayó en un profunda sima oscura. Vagó por la oscuridad total durante muchas horas. Durante ese tiempo tuvo alucinaciones extraordinarias que le causaron una profunda impresión. Después de horas de vagabundeo, por fin encontró la salida.
La experiencia le resultó tan extraordinaria y placentera que este ser pasó miles y miles de años internándose profundamente en las cavernas, solo y frecuentemente en compañía de otros.
Otro día de la prehistoria, este ser alucinaba libremente en el interior de una caverna. Intentando tocar la extraordinaria sustancia de sus alucinaciones, estiró hacia ella el brazo, la mano, el dedo…Y señaló aquella figura para su propio deleite. Accidentalmente durante esta arrobadora actividad, su dedo encontró la pared. Alarmados por la tardanza sus congéneres entran en su busca pertrechados con antorchas. Al salir algo nuevo y también extraordinario aparece: la marca en el barro fresco de la pared.
La experiencia le resulta tan intrigante que este ser pasó miles y miles de años en la profundidad oscura de las cavernas, trazando sobre sus alucinaciones en las paredes, solo y frecuentemente en compañía de otros.
El tercer día de la prehistoria, este ser que alucinaba en la oscuridad y trazaba sobre la pared, comenzó a experimentar algo más extraordinario aún: ya no necesitaba la total oscuridad para alucinar y además, podía hacerlo a voluntad. Esto le causaba tanto placer, que se pasaba el día trazando por todas partes sobre sus propias alucinaciones. Pasó así miles y miles de años. Solo y frecuentemente en compañía de otros.
El cuarto día de la prehistoria, todos los seres humanos alucinaban a plena luz del día y a voluntad y trazaban sobre sus propias alucinaciones, las comentaban y comparaban, inventaban también historias de sucesos en los que estas figuras aparecían… Discutían sobre sus orígenes, inventaban sentidos, se interrogaban sobre ellas… Esta actividad ocupaba todas las horas del día. Los trazos y dibujos empezaron a invadirlo todo: los utensilios de cocina, los cuerpos… Los comentarios, historias invenciones sobre todos estos dibujos y trazos se convirtieron en la actividad favorita de nuestro ser humano. Todo esto le resultó tan, tan placentero que pasó miles y miles de años viviendo así y en compañía de otros.
En el quinto día de la prehistoria, los trazos sobre las alucinaciones eran ya dibujos, y los dibujos tan comentados, tan protagonistas de miles de cuentos y sucesos extraordinarios, eran ya imágenes. Las imágenes eran el centro de la vida de los seres humanos, hasta tal punto que fabricaron paredes especiales solo para poder dibujar a lo grande, crear imágenes y reunirse y charlar sobre ellas, contar historias, bailar estas mismas historias frente a ellas, deliberar, hacerse preguntas en común a la luz de las imágenes, crear otras imágenes, inventar ideas sobre ellas…
Esta actividad le causaba tanto tanto placer, que los seres humanos estuvieron así miles y miles y miles de años...
Estas actividades causaban tanto tanto placer, que los seres humanos estuvieron así miles y miles y miles de años: siendo seres humanos sumergidos en su producción más original: arte.
El sexto día de la prehistoria vinieron unos que dijeron que sabían explicar las imágenes, los bailes, las historias… Dijeron que eran suyas y que se las tenían que llevar. Lo secuestraron todo. Los seres humanos se quedaron muy tristes y abatidos. Los ladrones se dieron cuenta del poder tan grande del arte. A partir de entonces lo utilizaron para sus propósitos completamente distintos a su origen. Desde entonces nos dicen qué imágenes son buenas y cuales no; qué historias son las buenas y cuales no debemos escuchar; al ritmo de qué son hemos de bailar… Desde entonces, vacían el sentido profundo de la creación artística y pretenden llenarlo de los contenidos y mensajes que legitiman sus poderes. Pero también desde entonces, muchos sabemos de esta trampa.
El séptimo día de la prehistoria unos amigos de los secuestradores se inventaron a Dios, y dijeron que estaba descansando después de haber creado el mundo.
¡Já, ja, já…! ¡Qué risa!

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