miércoles

Forma, arte y amor (Cuarta Parte)



Humberto Maturana (biólogo y epistemólogo) y Ellen Dissanayake (etóloga), entre otros, sitúan la originalidad humana en un eje: amor, forma, símbolo, lenguaje. Es otro punto de vista, a mi juicio interesante. Estas indagaciones no buscan una respuesta esencialista de la naturaleza humana. Existe una ciencia que se hace a favor de la particularidad del sujeto, de su necesidad de vínculos, y de sus creaciones.
Humbert Maturana, en una entrevista en la que habla sobre literatura y la distinción entre Ciencia Ficción y Utopía, dice:
“…Las utopías inspiran en el lector un ánimo nostálgico, una añoranza por una convivencia humana en la que prevalezcan el respeto, la equidad, la armonía estética con el mundo natural, y la dignidad humana. ¿Pero cómo puede añorarse lo que no se conoce? Si vivimos una cultura centrada en la competencia que justifica la negación del otro arguyendo la legítima superioridad del vencedor y la legítima inferioridad del perdedor, ¿Cómo es que podemos apreciar y desear un vivir utópico en la colaboración y en el respeto por el otro?; si vivimos una cultura que legitima la discriminación económica, racial, de inteligencia, de conocimientos y sexual, arguyendo la legítima superioridad de unos y la legítima inferioridad de otros, ¿Cómo es que podemos apreciar y desear un vivir utópico en la equidad?; si vivimos una cultura que continuamente nos invita a parecer lo que no somos en la valoración de la apariencia y, por lo tanto, a vivir en la continua mentira de pretender lo que no se es, ¿cómo podemos apreciar y desear un vivir utópico en la honestidad y sinceridad?; si vivimos una cultura que legitima la explotación del mundo natural en aras del enriquecimiento del explotador, ¿Cómo podemos apreciar y querer vivir un mundo utópico de respeto y armonía con lo natural?; si vivimos en un mundo que usa la razón para justificar la manipulación y el control del otro, ¿cómo podemos apreciar y querer vivir un mundo utópico cuya armonía surge de la libertad que entrega la coincidencia de propósitos y deseos en el simple placer de la convivencia, y no de la subordinación a las exigencias del otros?; y, por último, si vivimos en una cultura centrada en la jerarquía y la dominación, ¿cómo podemos apreciar y desear vivir un mundo utópico que niega el sometimiento y el abuso? En fin ¿cómo puede tenerse nostalgia por lo que no se ha vivido? Pienso que esto pasa porque el mundo utópico que es escritor revela, nos revela, y lo vemos u oímos porque tiene que ver con nuestro ser biológico cultural en lo que de hecho somos en el fundamento de lo humano y, por tanto, lo utópico no es en sí u-tópico.”
Continúa el autor diciendo que no cree que necesitemos utopías sino vivir en dignidad y respeto “por nosotros mismos y por el otro como el fundamento de nuestro modo natural de ser cotidiano”. No añoramos algo que tuvimos y perdimos, deseamos una mayor presencia de aquello que constituye nuestra naturaleza humana y que permanece sepultado por las resimbolizaciones culturales. Añoramos, deseamos la actualización cotidiana y franca de significantes que se gestan en la originalidad de la naturaleza humana, que son descendientes de la vida en todas sus formas, y que se encuentran en palabras como: honradez, mutualidad, colaboración, respeto, equidad y amor…
Humberto Maturana habla sobre el papel del poeta como actualizador de estos deseos y termina el párrafo diciendo: “…lo humano no surge desde la lucha, la competencia, el abuso o la agresión, sino desde la convivencia en el respeto, la cooperación, el compartir y la sensualidad, bajo la emoción fundamental del amor”.
En su libro What is art for? Ellen Dissanayake escribe (la traducción es mía): “… los seres humanos están biológicamente predispuestos hacia ciertas tendencias que pudieran haber constituido una ventaja adaptativa y que se observan en todos los grupos humanos, por ejemplo:
-Los humanos tendemos a construir, aceptar y compartir con otros sistemas que explican y organizan el mundo como conocido y percibido.
-Necesitamos una seguridad psicológica y física sobre la predictibilidad y familiaridad necesarias para aceptar y conocer nuestro rol y lugar en la vida. Sentimos dificultades sin esta predictibilidad y conocimiento.
-Necesitamos ratificación psicológica, ser reconocidos por otros, siendo una parte integrante de un grupo o familia. Sentimos dificultades sin este reconocimiento.
-Tendemos a vincularnos y ligarnos a otros y nos sentimos incompletos sin este encuentro.
-Reconocemos y celebramos con otros de nuestra especie una extraordinaria –como opuesta a la ordinaria- dimensión de la experiencia, y nos sentimos insatisfechos sin esto.
-Tendemos a enzarzarnos en el juego y en el “hacer creer” y nos sentimos deprivados si esto es imposible.

Aunque no podamos vivir sin Mozart o Beethoven, nuestra naturaleza básica se desplegó prescindiendo de ellos, y formas sociales mucho más sencillas que la nuestra han resultado satisfactorias y gratificantes para multitudes.

En sus textos Ellen Dissanayake sitúa las fuentes de la experiencia estética en el apego y la mutualidad, dos características del ser humano que nos acompañan desde el nacimiento a la muerte.

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