miércoles

Forma, arte y amor (Primera Parte)

Hace unos días cumplí cuarenta y siete años. El once de marzo es una fecha con la que el humor negro de alguno de mis amigos bromea: “¿qué será lo próximo, un asteroide impactando sobre la Tierra?”. Olvidar mi cumpleaños es imposible. Que suerte tengo.

He vuelto a picar en esa roca en la que de vez en cuando me entretengo: la relación entre el arte y el amor. Esto es difícil porque en el fondo no sé lo que quiero decir. En el fondo hay un barrunto de mutualidad, de vínculo, cooperación, necesidad del semejante… que estos dos asuntos –arte y amor- protagonizan.

En la segunda cena de mi cumpleaños, hablaba con unas personas amigas. Una de ellas trabaja en una fundación cultural y reconocía algo muy interesante: Hacer cultura, trabajar en la cultura significa facilitar las infraestructuras para que la creación ciudadana (particular de cada sujeto, de grupos…) encuentre donde sustentarse y por donde transitar y ofrecerse. Trabajar en la cultura no significa ofrecer y ofrecer espectáculos como un alpiste a consumir con el que la ciudadanía llenemos el tiempo en el que no estamos siendo productivos.

Hay siempre elementos vinculantes que rodean a la creación artística. Los que nos resultan más fáciles de conocer son aquellos con los que nos identificamos. Frecuentemente nos acercamos a las cosas, las personas, las ideas… porque identificamos en ellas algo que es nuestro, nos reconocemos en parte. Es como si no pudiéramos mirar de otra forma: casi todo tiene una parte que se nos vuelve un espejo. Pero solo “casi todo” y solo “una parte”.
Quizá el elemento vinculante más claro es su componente simbólico, es decir: nuestra propia capacidad para lo simbólico. Y esta capacidad tiene una interesante herencia biológica. A pesar de la sofisticación de nuestra originalidad llamada lenguaje, no somos los únicos seres vivos que se agrupan alrededor de representaciones, no somos los únicos seres vivos que pueden interpretar en un objeto (comportamiento, gesto, trazo…) la presencia de algo ausente (quizá reconocer la huella sea un precedente de esta capacidad, y por esto me fascine tanto el grabado). La genealogía biológica de esta habilidad que hemos desarrollado nos enseña en qué abundantísima medida somos cuerpo (es decir: naturaleza), y en que gigantesca medida habitamos su opaca oscuridad y somos eso.
Cuando leo sobre la vida de las hormigas, las abejas, los cristales, las orquídeas, los elefantes, los sistemas ecológicos… siento alivio, recuerdo la humildad que siento frente a una enorme montaña, recuerdo la sensación de plena infinita pequeñez ante cada atardecer o cuando miro la luna.
Nuestra originalidad imaginaria y simbólica vienen de allí: de las formas de las cosas. Vienen del empuje de la forma en nuestro cuerpo. Una forma que la vida utiliza para vincularse a la vida.
La biología, las lógicas de la vida y como esta desarrolla sus formas, la morfogénesis. Desde allí viene el arte galopando, junto al vínculo, al amor, la sociedad…y hacia allí se dirige. Merece la pena hablar de esto. Es entretenido, es poético...

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