jueves

A grandes rasgos: el lugar de las imágenes



El lugar de las imágenes, de aquello que más nos importa, está usurpado por la propaganda del consumo.
El rapto de lo imaginario se ha convertido en un secuestro de nuestras capacidades creativas, una ocultación de nuestras posibilidades de autoría, una reducción al absurdo: a los altares del capricho capitalista por un lado, y por otro lado al desprecio más absoluto.  

Hace miles de años, los seres humanos, hombre y mujeres, entraron en las profundidades de las cavernas, persiguiendo la experiencia de lo extraordinario.
La falta de luz y de sonido,  hizo que pudieran ser testigos de la experiencia de su cuerpo. Sus cerebros proyectaban alucinaciones. Puntos, líneas, estructuras, retículas, animales… Les gustaba esta experiencia. Era placentero, igual que lo es para el pájaro cantar en la rama. Fue igualmente placentero fijar estas visiones en las paredes.
Durante miles de años, los seres humanos, hombres y mujeres, acudían a las profundidades de las cavernas a gozar de lo extraordinario que sus propios cuerpos producían. Hasta que, de pronto, dejaron de hacerlo. Comenzaron ha hacerlo fuera de las cuevas. No necesitaban ya la deprivación sensorial para producir imágenes: podían imaginarlas a voluntad. Se identificaron con ellas.  Primero en la oscuridad de la noche fue más fácil, a la luz del fuego. Más adelante, a plena luz del día.
Aquellos seres humanos se reunían para crear imágenes, arrobados por el goce de aquello extraordinario que ellos mismos ponían en juego.
La primera ciudad conocida, Göbekli Tepe, fue construida alrededor de las imágenes.  11.500 años  a.C.,  aún en el Mesolítico.  Antes de la sedentarización, las mujeres y hombres se reunian para crear imágenes, para seguir experimentando lo extraordinario. La afluencia de personas a crear imágenes en aquel enclave, fue tan grande y durante tanto tiempo, que su modo de alimentación mediante la recolección y la caza cambió. Allí vivió una concentración creciente  de seres humanos  durante más de 3.000 años. En ese tiempo su relación con el entorno cambió. Su relación con los animales y las plantas cambió. El trigo que actualmente consumimos, viene de allí. De la recolección de alimentos, a la producción de alimentos. La revolución Neolítica comenzó en las reuniones para inventar, para crear imágenes. Por placer.

Este es el origen de las imágenes. El poder que estas ejercen sobre los seres humanos es bien conocido. El efecto que las imágenes tienen sobre nosotros ha sido utilizado por muchos sistemas culturales para modelar conciencias. La vigencia de esta manipulación es apabullante hoy en día. 
Afortunadamente, el arte sigue aquí. Seguimos siendo dueños de nuestras experiencias de lo extraordinario. El arte sigue ahí para recordarnos que podemos gozarnos, que podemos disfrutar nuestra particular radicalidad en una libertad radical, una libertad que podemos compartir con otras libertades, a las que sumarlas. Una experiencia de la maravilla y el único territorio realmente ilimitado: el arte. Nuestro origen.


¿Somos ahora, como especie, menos ingenuos que hace once mil años? ¿Podemos rescatar nuestro imaginario colectivo e individual y orientarlos hacia otros lados? ¿Pensarlos de forma distinta?

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