lunes

saliendo del armario del materialismo. parte 1



En mi indagación personal sobre el origen del arte (su origen universal y su origen subjetivo) se me hace evidente una cuestión: me es imposible abordarlo desde la única perspectiva del materialismo cultural. También encuentro imposible abordarlo desde una perspectiva neurobiológica e imposible abordarlo desde el único punto de la antropología. Por supuesto que las aproximaciones socioculturales tampoco resuelven el asunto. Ni siquiera todas estas perspectivas juntas aportan la luz suficiente, ni aunque le sume las aportaciones de la psicología y el psicoanálisis. Falta algo, siempre falta algo, no fluye "la cosa".
He llegado al convencimiento de que esto que falta es una dimensión aún más compleja, subjetiva y a la vez universal: cierta cosa llamada espiritualidad.
Claro que decir esto es ir entrar de cabeza en la boca del león. Vivimos tiempos de  fuerte espiritufobia. Hemos creído poder transitar sin alma por los significados de nuestro presente. La realidad que yo vivo me empuja encarecidamente en otra dirección.
Confiamos los procesos más complejos de nuestra psique, cuerpo y subjetividad a un materialismo científico que obvia y aleja las oscuridades situándolas en la periferia de lo importante en nuestras vidas. Solo aquello que podemos ver, coger, medir, solo aquello que puede verse reflejado en nuestras endebles y efímeras construcciones culturales hechas a base de racionalidad, solo eso merece el crédito de nuestras reflexiones. Aquello que escapa a nuestros modelos matemáticos, físicos... es calificado como metafísico, esotérico, sospechoso de irrealidad. Pero la realidad es un pacto definido por nuestras decisiones, por nuestras opciones de pensamiento.
Es cierto que el racionalismo nos facilita instrumentos para poner en crisis la superstición. Pero el racionalismo en sí mismo se ha constituido en superstición: solo aquello que puede alcanzarse mediante la deducción de causas accesibles a nuestros sentidos dentro de un sistema cartesiano o similar, solo eso es respetado o susceptible de ser tratado por la ciencia. La ciencia es la nueva superstición: todo quiere ser ciencia. La ciencia parece ser un garante de la realidad. La realidad es solo científica. Esto parece venir de antiguo, incluso de mucho antes del materialismo. Así, la conciencia contemporánea parece filtrar nuestro desarrollo de una forma extensa: tecnología, avances científicos... dejando de lado la intensidad de nuestras subjetividades, sus motivos, sus funcionamientos. Nos hemos convencido de que somos individuos cerrados, sistemas cerrados, indivisos, de intimidad desconectada del mundo que nos rodea. Enfrentamos la Naturaleza como si fuera nuestra enemiga y cuando hablamos de espiritu  lo hacemos en voz baja, porque no está muy bien visto. Y damos por supuesto que de existir eso llamado espíritu, es una excrecencia de nuestra biología, algo que el cuerpo supura. ¿Pero qué pasa si nos equivocamos?
¿Que pasaría si esto que llamamos espíritu fuera algo también material y que precede a nuestra propia existencia? ¿Estaríamos hablando de Dios, o algo así?  Es curioso y llamativo que muchas personas dedicadas  a la ciencia, cuando llegan al límite de las capacidades descriptivas de la ciencia misma, llegan a un  confín ilimitado ocupado por una lógica inabordable y comienzan a hablar de Energía, de Zen incluso de Dios. Me refiero a algunos investigadores ( Max Planck por ejemplo) de la física teórica   y de las dificultades que  esta encuentra para modelizar  y  a otros investigadores de la física experimental y  de las dificultades que encuentra para interpretar los resultados de algunos de sus experimentos, resultados que devuelve a la física teórica que sigue creando modelos  en un sinfin 
¿Qué pasaría si hubiera algo previo, desconocido, una circulación de oscuridades, de latencias tan físicas como cualquier estado material, un espacio de sucesos que no vemos -pero que barruntamos- que se nos oculta y que es condición sine qua non para la existencia de todo lo que sí nos es aprehensible?
La sustitución de la centralidad del espíritu por la centralidad de la materia es tan reciente que hace sospechar. Como decía: el racionalismo, el cientifismo... nos alejó de los riesgos de las arbitrariedades epistemológicas de la superstición y nos dio instrumentos para establecer un pacto de realidad quizá más plural, no basado en las creencias y en las fes. Nos dio la posibilidad de vivir según un pensamiento más crítico. Todo esto está muy bien, pero me pregunto si no nos dejamos algo importante atrás. Quizá no, porque siempre han habido quienes han continuado reivindicando el espíritu, quienes han protestado por este pendular, por esta inversión tan radical que parece hasta algo ingenua. Porque si lo pensamos bien los argumentos que defienden a capa y espada el cientifismo, pueden ser tan racionales, tan cabales como cualquier otro. Al fin y al cabo: constructos culturales. Andamiajes culturales para inventar sentido asignando significados a sucesos de los que la Vida "sabe" todo y nosotros nada o poca, poca cosa.
El papel todo lo aguanta y se puede afirmar y negar la misma cosa, al mismo tiempo con argumentos perfectamente lógicos, según los ingredientes culturales de cada momento de la historia y/o las preferencias culturales de cada quien.
La especulación intelectual tiene infinitos caminos y cualquier giro o cualquier cambio de estilo puede suponer  eso que llamamos "una revolución".

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