jueves

saliendo del armario del materialismo. parte 3





Hay una inabordabilidad, un caos que nos sujeta. Un algo que somos y en lo que estamos inmersas, en lo que circulamos y que nos circula. Parece que no sería razonable pensar que es la materia (que podemos medir, tocar, pesar y contar)  la que sostiene ese caos inexplicable. ¿Y si fuera al contrario? ¿Y si fuera esa inabordabilidad,  ese caos lo que sostiene a la materia?
A este caos a esto inabordable, lo voy a llamar espíritu y pienso en ello como en algo que estaba allí ya, con su sustancialidad propia. Y me encuentro con que las ideas que conectan con este barrunto, con esta percepción, nos acompañan quizá desde antes de tener conciencia de ser humanas, acontecer del que a penas tenemos memoria por la profundidad y lejanía y borrosidad de un hecho que más bien quizá fuera un transcurso milenario. Durante siempre, estamos atravesadas y atravesamos este fluido universal del que solo podemos dar cuenta en manifestaciones muy complejas relacionadas con la imaginación, los sueños y el arte. Fluido que a veces se deja ver en formas y maneras extraordinarias.
¿De verdad pensamos que este barrunto en el que se precipitaron nuestras culturas es todo "superstición" primitiva?  Este pensamiento siempre me ha parecido ingénuo y nos  encerramos en realidades cada vez más pequeñas, más literales, más cerradas y temerosas.  Pero la oscuridad de lo inabordable no desaparece en la frustración de lo que negamos. Ni se calma  con la pornografía de las explicaciones para todo y esa aparente transparencia que queda al descarnar los huesos de los hechos.
El mundo de nuestra experiencia está sostenido en sutilezas y asuntos que barruntamos en las experiencias mismas.

saliendo del armario del materialismo. parte 2





Hace dos noches soñé que recibía la visita de tres personas: dos hombres y una mujer.
Eran tres personas sabias-magas. Me inquietaron tanto que me desperté. Me daban miedo. Me daba miedo la profundidad de sus presencias.

Tengo la impresión de que vivimos en una época en la que forzamos al lenguaje a la letra, al pié de la letra. Una época de literalidad y de pornografía, lenguaje descarnado, entendemos exactamente lo que escuchamos porque no hay más. No hay entrelineado, ni sugerencia poética, ni ironía en el hablar. Es la época del proyecto: siempre hemos de saber de donde partimos y a donde vamos a llegar. La época del cinismo, del disimulo y de la impunidad. En mi opinión, entre todos los motivos que se han anudado en este momento de la historia hay uno que destaca y despunta: nuestra confianza ciega en el racionalismo materialista.
La cultura fue alumbrada por la capacidad para la creación artística, no por una extremosa racionalidad. Aunque me fastidie y a mí misma me chirríe aún, fueron los vínculos entre arte y religión (seguramente un estilo de espiritualidad que nos es desconocido en estos días pero que quizá si que podamos intuir y rescatar como una espiritualidad laica...) los que alumbraron la cultura. El vínculo entre la experiencia de la vida y la capacidad para darle forma fuera de nuestro propio cuerpo y en forma reflexiva.
La razón pura resulta muy ingenua puesto que impulsa al extrarradio, a los márgenes de los social y de la cultura todo aquello que le es oscuro y/o desconocido haciendo que pierda su valor. Porque según nuestro pensamiento materialista y según el racionalismo vigente solo tiene valor aquello que puede ser contado, pesado y medido. Todo lo demás parece no tener entidad ni sustancia.
Pero esta tramoya, este decorado, este panorama cultural, esta realidad pactada quizá haya sido precisamente pactada según unos intereses que no persiguen francamente la bonhomía, ni favorecer la abundancia de valores positivos, ni investigar y alimentar nuestras capacidades naturales, ni reducir el sufrimiento... Mas bien parece ser que esta realidad ha sido pactada mediante manipulaciones culturales que nos apartan de otras posibles elecciones. Año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio.  Y año tras año, siglo tras siglo y milenio tras milenio una minoría marginal ha influido como ha podido en estos pactos consiguiendo efectos de mejora y deteniendo o enlenteciendo el canibalismo moral, la crueldad y otras cuestiones. Pero la cosa sigue muy cruda y no sabemos si mejorará.
Este es un estar incómodo. Discrepar con casi todo en algún detalle, disentir con casi todo. Ilusionarme y desilusionarme como en una montaña rusa. Disfrutar de la alegría y rebozarme en sufrimiento o en tristeza cuando toca... Intentar huir de la inercia argumental del status quo cultural sin salir demasiado malparada o con sensación de fracaso (un síntoma cultural que significa: inadaptación, lo que puede - paradogicamente- resultar más saludable que el éxito).
La realidad contemporánea, apuntalada en esta racionalidad tan consistente, compacta y estable, constituye una nueva religión, credo, una confesión. Algo que quiere hacerse pasar por "la verdad" o algo que se postula como la vía hacia la verdad y que además pretende tener el privilegio en exclusiva de adornarse con el sentido común.
Vivimos el arresto de una inercia argumental que no es más que una inclinación sentimental más hacia el control, que nos sugestiona con una enorme fuerza. Situarse fuera de esta inercia es outsider, descontextualizado, insensato, loco, enfermo... Hemos sustituido la universalidad de un Dios por la universalidad de las causas materiales y por la universalidad de su lógica, y nos ha parecido bien, hasta que nos hemos dado cuenta de que esta lógica, este  racionalismo cartesianismo voraz asociado a el impulso de dominación de nuestra sociedad, se parece cada vez más a un enemigo. Hasta que os hemos dado cuenta de que la universalidad de la lógica de las causas materiales se parece más al caos que observamos en las partículas sub-atómicas, un caos que se nos escapa como se nos escapaban los dioses.
El espíritu de la vida circula fuera de nuestro alcance, con su densidad, sus lugares, sus efectos, velocidades...El hueso de la vida está ahí y nos arma cada día. Nos transita y transitamos en él. Nos sostiene.



Mujeres, arquetipos, sociedades basadas en la dominación...






Hasta ahora parece como si la vida se interpretase por la Realidad; se trataría empero de reinterpretar la Realidad por la vida. 
A. Ortiz-Osés
Las claves simbólicas de nuestra cultura
(Cita tomada del libro El asalto al Hades, de Casilda Rodrigañez Bustos)

Siempre que hago estos talleres para mujeres siento agudizarse en mí la misma zozobra.
Me encuentro con cientos de posiciones antagonistas, artículos, debates, beligerancias imprescindibles, síntomas polarizados, discusiones interminables...entre "lo uno" y "lo otro". Me gustaría que no me  resultara tan enormemente dificultoso transmitir la idea de que no se trata de una pugna entre géneros, sino de algo más oscuro, mas borroso.

Encuentro refugio en las aportaciones de Marija Gimbutas, Casilda Rodrigañez Bustos, Silvia Federici... y en las propuestas ecofeministas de Yayo Herrero, entre otras.

Sin embargo, hay siempre cuestiones que me siguen atormentando porque pienso que en buena parte de la crítica al machismo, cuestiones complejas y útiles se escapan con el agua sucia por el desagüe de esta misma crítica.
Me refiero concretamente a los arquetipos de lo femenino. A sus figuraciones universales, sus representaciones, sus imágenes. 

Escribe Casilda Rodrigañez: " La vida es vida; es autoexplicativa por sí misma: es y punto. No hay por qué situarla en las ecuaciones de las relaciones de Poder, puesto que es previa a esas relaciones, porque el Poder se produce, y sólo se puede producir, en base a su devastación y a su extorsión". Y sigue el texto hablando de las dificultades para poder pensar en un cuerpo simbólico no manipulador. (El asalto al Hades, pg.134). Expresa aquí un punto de divergencia con las interpretaciones de M. Gimbutas en cuanto a la interpretación de las figuras femeninas paleolíticas y neolíticas. Y quizá es un desacuerdo que yo también puedo compartir. Pero hay un sustrato, algo previo y constante, cuyo empuje se origina posiblemente en el mamífero, algo preexistente a la cultura, oscuro, conformado durante milenios y milenios de experiencias vitales.
No me refiero a esas reivindicaciones biologicistas de "La Diosa" y cosas así, ni a las sacralizaciones de las funciones maternales como reclamo para raros feminismos. No es eso.  Me refiero a eso que Jung llamó arquetipos de lo inconsciente colectivo,  y que tengo la sensación de que nos sobrevuelan envolviéndonos a veces con una una enorme sombra de malentendido.
Dice Jung en la página 74 del libro Arquetipos e inconsciente colectivo:
"El arquetipo es un elemento formal, en sí vacío, que no es sino una facultas praeformandi, una posibilidad dada a priori de las formas de la representación. No se heredan las representaciones, sino las formas, que desde un punto de vista corresponden exactamente a los instintos, los cuales también está determinados formalmente.(...) en el caso del arquetipo: en principio se le puede dar un nombre y posee un núcleo significativo invariable que determina su modo de manifestación; pero siempre sólo en principio, nunca concretamente. El modo en el que se manifiesta en cada caso el arquetipo de la madre, por ejemplo, no depende de él solamente sino también de otros factores". 
Y en la pg. 77: "Un arquetipo no es, de  acuerdo con su naturaleza, un mero prejuicio fastidioso; sólo lo es cuando se lo coloca en un lugar inadecuado. El arquetipo en sí forma parte de los más elevados valores del alma humana y ha poblado por ello todos los Olimpos de todas las religiones. Hacerlo a un lado como algo sin valor, constituye una positiva pérdida. La tarea a realizar consiste por lo contrario en disolver esas proyecciones para hacer que sus contenidos vuelvan a quien por una exteriorización espontánea los ha perdido."

Me pregunto si esta "restitución" no tendrá que ver con esa recuperación de la vida que quedó prohibida y excluida del orden patriarcal, reivindicada por Casilda Rodrigañez en el libro que he citado más arriba. 

El arquetipo, los arquetipos, relacionados con lo femenino, siguen ahí, pero en unas versiones banalizadas y resignificadas durante siglos. 
Son estas versiones las versiones que nos ofrecen las sociedades basadas en la dominación para perpetuar sus argumentos.
Creo que deberíamos atender a aquellos arquetipos que resultan ser universales, atendiendo a cómo se gestaron originariamente. Su origen nació de una construcción de la realidad cuya interpretación nacía de la vida. Actualmente, y desde hace siglos,   tendemos a interpretar la vida según los argumentos de la realidad. Este sistema de razonamiento no hace más que perpetuar los argumentos culturales vigentes en cada estadío de la historia, añadiendo capas y capas de banalidad, creando un laberinto de interpretaciones que ocultan cada vez más y más el origen de los arquetipos. El "rol de género" es algo postizo ideado por las sociedades de la dominación, apoyándose en un vaciamiento de los sentidos míticos de algunos arquetipos, para rellenarlos de su propia lógica: la del sometimiento.
El arquetipo tiene poco que ver realmente con el género. El arquetipo es una "figuración simbólica", una forma, un dispositivo autoexplicativo . La creciente literalidad en la que vivimos nos empuja a confundir "arquetipo" con "tópico" cultural.
El arquetipo es una figura ejemplar constituida a base de una acumulación milenaria de experiencias, de vivencias individuales básicas y que son comunes a todos los grupos humanos y a todas las culturas. Tienen como fundamento pues la vida y las formas en las que la especie humana se relaciona con ella. Son figuraciones universales, imágenes ancestrales autónomas, independientes (en su fondo original) de los modelos culturales históricos. Formas.
No son representaciónes culturales heredadas. Los arquetipos son imágenes metafóricas, formas que sustituyen a  vivencias. Hemos de entender los arquetipos como interpretaciones de la realidad hechas por los argumentos universales de la vida. Mientras nos empeñemos en interpretar la vida según los argumentos de la realidad (ese lugar de pactos históricos cambiantes), no haremos otra cosa que profundizar el cauce de los problemas. Uno de los sucesos, uno de los síntomas más claros y más dramáticos de esto es el maltrato del que son víctimas muchas mujeres, el trato vejatorio entre adolescentes y esta creciente sensación de retroceso, de involución en la resolución de problemas relacionados con las mujeres. Problemas que se cierran "en falso" porque solo alcanzamos a tratar, a razonar, sus aspectos más anecdóticos.
Es imposible dejar de repetir los salmos de la igualdad entre géneros. Es imposible dejar de salmodiar sobre el maltrato, sobre el machismo, sobre el patriarcado y sobre el capitalismo. Pero  creo que debemos acompañar nuestras campañas de sensibilización  con una reivindicación de nuestras las claves simbólicas,de las formas, de los arquetipos. Trabajar con estas figuras, sacudir de ellas las interpretaciones culturales, limpiar de ellas la basura argumentaria que sobre ellas han volcado los siglos de culturas de la dominación.
Muy por encima de  estos tópicos mensajes seculares se encuentran las formas arquetípicas milenarias. transculturales, universales.
Los arquetipos no son modelos de conducta, sino formas coaguladas de nuestra relación con la vida. Somos ya poco ingénuas y lo suficientemente maduras para distinguir estos aspectos, de la misma manera que distinguimos entre sexuación y género.
De la misma forma que entendemos que el género no es una cuestión de determinismo biológico, podemos entender que las figuraciones arquetípicas no representan una interpretación de la vida. Las figuraciones arquetípicas no son textos que hayamos de leer al pié de la letra, sino experiencias milenarias coaguladas en figuras. Son las figuras las que nos permiten hablar de experiencias comunes, universales (de otra forma estas experiencias permanecerían mudas, como estamos los seres humanos ante el suceso llamado Vida: seres casi mudos, aunque no nos lo parezca).
Podemos acceder al arquetipo por fuera de los aspectos normativos del género. Entendamos que el arquetipo de "la madre" por ejemplo, en su casi inabarcable número de aspectos, no representa a una función própia de las mujeres. El arquetipo de "la madre" trae consigo  el acervo de propiedades humanas relacionadas con una experiencia que llamamos "la madre". Aunque esta imagen tenga una forma de mujer, la experiencia no tiene género. Podríamos hablar también de "lo madre", por ejemplo, y hacer entrar en nuestras reflexiones cualquier elección de género.


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