miércoles

Elogio de lo que siempre estuvo aquí


"Brillar" es un sinónimo de vivir. Vivir sin disimulos. Vivir lo que se pueda. 

Cuando digo que vivir es brillar,  imagino el paso de la vida como un flujo que corriera por mi cuerpo como por un conductor.  Imagino este fluir como una intensidad tan alta, que a veces parece refulgente,  produciendo cierta luz, cierto brillo.  Es el brillo del júbilo de vivir. 

Después de explorar los "círculos infernales", aquellos laberintos llenos de confusión, llenos de angosturas, malentendidos, nudos y fantasmas, entiendo que soy una experiencia de la vida, un sonido, una canción que lleva mi nombre.
Los nuevos laberintos, nudos, angosturas y fantasmas están iluminados por esa luz y son vehículos para una maravillosa sensación de conexión. Una sensación que hasta ahora permanecía secreta, en la oscuridad, en una secreta y luminosa oscuridad: como un  escondido tesoro rutilante.
Estas sensaciones han estado ahí desde siempre, y sus recuerdos más intensos -aquellos a los que siempre vuelvo como a mi hogar- han estado ahí desde muy niña. Esa es mi casa, allí hundo mis raíces.

No veo contradicción entre ser un cuerpo que supura a un espíritu, y ser un espíritu que se va enredando en un cuerpo a lo largo de la vida. Quizá me gusta más la imagen del azúcar transformada en hilo por acción del calor y del aire, enrollándose en un soporte fundamental pero muchísimo más pequeño que el volumen final de todo ello. 
Me gusta más esta imagen porque me recuerda el hilo que uso para dibujar, la línea. Me recuerda todas las veces que -sin saber lo que hacía, ni a qué me refería- he madejado desde borrones de tinta oscura, hilos que después han sido ovillos de línea para dibujos, para palabras...




Este hilo de la vida ovillado me recuerda también al capullo del que sale la mariposa. Imagino un ovillo de luz palpitante que eclosiona liberando una transformación.

Me siento agradecida a esta fuerza que guía mis decisiones siempre a favor de mis barruntos, siempre ayudándome a encontrar mi lugar, aunque este fuera incómodo o solitario. Una brújula, faro, sónar, sonda, augur. Una extraordinaria combinación de instintos, memoria, conocimiento y olvido que ahora puedo ver con claridad después de viajar por  los "círculos infernales", aquellos laberintos llenos de confusión, llenos de angosturas, malentendidos, nudos y fantasmas. Después de arrancarme "cabezas" y  personalidades, después de desidentificación tras desidentificación...



Después de desmentir los mensajes de mi espejo ...




Un viaje sin garantías, en la incertidumbre, acompañada siempre de un testigo que custodiaba mi deseo en todo momento, trabajando también para buscar el  camino favorable de ese deseo.

Después de todos estos viajes, recibí mi regalo: la vuelta a casa, aquello de lo que nunca me alejé, el origen, mi destino.

Esta es mi sensibilidad: un instrumento con el que nací y que la vida va afinando diariamente al atravesarme con sus flujos. La vida: a veces suave, a veces una calma ingrávida, a veces una corriente brutal que arrastra piedras y cuchillos.
Este es el potente mecanismo natural de precisión que me empuja hacia el detalle, la minuciosidad, el acierto, la claridad. Este es el regalo del que voy tomando consciencia poco a poco. El regalo gracias al cual  puedo brillar.

Este es el regalo que siempre estuvo aquí esperándome.

Es hora de declarar.













sábado

Por las ramas de la sensibilidad V

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Los primeros encuentros con artistas  fueron muy afortunados. Los primeros artistas que conocí (todos varones) respondían a mi fantasía del artista: sensibilidad, complejidad, mucha energía, inmersión en la tarea de crear...
Iba a pintar a casa de un pintor Antonio Antón y en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos me daban clase Cesar Montaña y Máximo. Cada una de sus charlas, sus comentarios sobre nuestros trabajos, me parecían una lección de vida. Comenzaron a llegar los dieces en todas las asignaturas (tampoco tantas) y las matrículas. Conocí a un copista en el Museo del Prado y me iba a charlar con él. Me admitieron en un taller de grabado a pesar de que no podía pagar las cuotas... Había conectado. A partir de entonces, cada vez que me sentía triste, cuando tenía esos ratos de llorar y llorar, hacía un gigantesco esfuerzo y me ponía a dibujar pensando: esto es lo único que no me traicionará jamás.  Este esfuerzo merece varias medallas que debo ponerme ahora mismo.  No sé cómo podría transmitir su enorme magnitud. Desde la total devastación, desde unas tristezas profundas como simas, sin asideros, sola, con todo en contra, iba arrastrándome hasta un papel y allí me agarraba con fuerza. Recuerdo que al principio, nada más poner el lápiz sobre el papel, el sufrimiento llegaba a su parte más aguda y entonces me repetía esto es lo único que no me traicionará jamás. A medida que los trazos iban apareciendo sobre el papel yo me iba calmando. Me acunaba y me consolaba, después parecía que el dibujo me distraía del malestar, y al finalizar sentía que había recuperado mi espacio, podía existir y enseguida encontraba algo bueno a lo que agarrarme: un libro de pintura, una novela...
"Se puede ser así"- pensaba yo: los artistas son así.

En aquel momento no tenía ni idea de la complicación de aquel lugar cultural. El lugar del artista es un lugar muy complicado por las complejidades de los argumentos sociales y sus demandas sobre estas actividades. Argumentos y demandas llenos de contradicciones, de ignorancia y de insensibilidad.  En esta sociedad, el trabajo del artista no solo consiste en prestarse a compartir los efectos de la vida en su sensibilidad particular para el interés y el bien común. Además de esto hay que trascender, nuestro trabajo tiene que tener cierto impacto social y hemos de vender nuestros productos hasta el punto de poder vivir de su venta, como mínimo.  Nosotras mismas -las personas artistas- reivindicamos como propias estas exigencias que en mi opinión, son  exigencias crueles y llenas de trampas. Es ahora, a los cincuenta años cuando puedo distinguirlo. No es que me haya costado media vida darme cuenta de ello: siempre he sabido lo que quería hacer y lo que no, aunque no supiera formular mis argumentos, mis barruntos siempre son tan intensos que pocas veces puedo llevarles la contraria. Es ahora cuando puedo hilvanar en las palabras esta disconformidad que aún me resulta dolorosa y que aún es pesar. 
¿Qué es la sociedad ? ¿Qué es aquello que me confirma en el lugar que he elegido? ¿Quien el la sociedad? ¿El periódico? ¿La televisión? ¿Una revista especializada? ¿Un comité de personas expertas? ¿No son  la sociedad: mis amistades? ¿No es la sociedad el grupo de personas con el que me relaciono habitualmente, con quienes trabajo...? ¿No son la sociedad las personas a las que les gustan mis trabajos, a las que les gusto yo,? ¿No eres tú que lees estas frases, la sociedad?.  Por muy pequeño que este círculo sea, es la sociedad: es mi ámbito de influencia confortable, amigable,  lejos de las estructuras que perpetúan el estilo de nuestra contemporaneidad, las estructuras de dominación.
Yo no vivo de vender mis producciones artísticas, ni me lo he propuesto nunca. Esta idea  que está aceptada de forma masiva como si fuera de progrullo, dejaría -con efecto retroactivo- fuera de turno a mucho más de la mitad de las personas artistas más grandes de la cultura occidental, desde Cervantes hasta Pessoa. Por abrir y cerrar la lista en algún punto. Los ejemplos de personas artistas que siguieron haciendo a pesar de lo que fuera, y que siguen haciendo y creando son incontables y esto se multiplica hasta casi el infinito en el caso de que las artistas sean mujeres.

Dedicar un tiempo importante de nuestras vidas a la creación artística es ya un éxito en sí mismo, un triunfo. Un triunfo de algo mucho más profundo que la personalidad y que encuentra una manera de manifestarse. 
Me sucede con frecuencia que personas se interesan por mis trabajos y quieren hacerse con alguno. Entonces se lo vendo si me lo quieren comprar, o se lo cambio por algo que ellas me ofrecen y que a mi me pueda interesar y desee.  El producto de estos intercambios no es suficiente para pagar mis facturas, pero completa el círculo simbólico de la creación cuando esta es compartida y aprovechada por otra persona:  quien la toma, la contempla como una imagen clave para su intimidad. Ese es el verdadero momento de trascendencia. Con que esto suceda una sola vez es suficiente. Si el ciclo se repite, se confirma cada vez, el sentimiento de satisfacción se perpetúa.  Lo demás es pura añadidura.
Un objeto de estas características, no es cualquier objeto.

Otra dolorosa consideración que he escuchado muchas veces en relación al artista es que si no tiene éxito (es decir: si no consigue dinero con los objetos que produce) le queda la docencia. Como si este destino fuera el paria, el mas bajo destino posible, lo  último. Algunas personas tenemos muy claro que la docencia es una de las profesiones más importantes que existen. 
No nos sorprende, incluso vemos normal que las personas que se dedican a la ciencia den clase en universidades compartiendo allí sus saberes. Es algo que nos parece casi "exigible". Y si esto sucediera en la enseñanza secundaria o incluso primaria, nos parecería un sueño. 

Por todo esto decía que las exigencias sociales sobre la figura del artista son crueles y llenas de trampas. También es que la creación de la que hablo, y por tanto: el arte del que hablo, no forma parte de esta lógica de la dominación que lleva miles de años infusionada en nuestras sociedades, muy al contrario: es instrumento para resistirla, para no hacerle demasiado caso, para desmentirla como única forma de vida posible.

Por las ramas de la sensibilidad IV

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La influencia de la vida de personas admiradas se fue filtrando, gota a gota, como un néctar nutritivo. Recuerdo una profesora particular de inglés que tuve durante unos meses. Yo iba a su casa, llena de plantas, clara y espaciosa. Ella llevaba consigo un embarazo bastante avanzado. Olía a limpio, a claridad de espíritu, olía a luz. Era suave, amable y paciente. A veces me parecía que estaba algo tensa, nerviosa , pero que se aguantaba los nervios por mi bien. Sus explicaciones eran claras y luminosas como ella. Estudiar con ella me calmaba. Su trato y su mirada me hacían sentir guapa e importante. Según ella el inglés se me daba bien. Aquello marcó la diferencia entre suspender esa asignatura y ser la única asignatura que aprobaba un par de años más tarde. Me gustaba, escuchaba a los Beatles, traducía todas las canciones en inglés que oía. Ella desapareció, pero su efecto permaneció profundizando su cauce. Muchos años después fui a Gales a estudiar unos meses. Ningún problema con el idioma. Todos me preguntaban donde había estudiado. Años mas tarde hice un postgrado de dos años en una universidad cerca de Londres. El test de ingles que me hicieron dio un ochenta sobre cien. Me preguntaron qué había estudiado pero yo no tenía ningún título, solo una profesora de inglés cuando yo debía de tener unos doce años.

Recuerdo  a un psicólogo que nos visitó durante unas semanas, un par de años más tarde. Me ayudaba a hacer los deberes y me hacía tests. Luego hablaba con mi madre. Era un hombre joven, con bigote, se reía mucho. A mí me parecía nervioso como una lagartija pero esto no me incomodaba nada. Un día de verano, de mucho calor, al terminar el test que me había hecho esa mañana, le pregunté sobre ellos: los tests. No recuerdo cómo formulé mi pregunta, pero recuerdo que me costó mucho hacerlo, estaba preocupada por que me pasara algo. Me preocupaba la posibilidad de estar loca o de algo peor: ser tonta sin remedio (suspendía casi todo, no entendía mi circunstancia, me costaba conectar, me pasaba el rato sola...) Recuerdo la cara que puso el psicólogo y su respuesta. Se rió una vez más. con más fuerza que de costumbre y me miró como si lo hiciera desde la cumbre de una montaña. Se volvió gigantesco en su cumbre y con una mirada llena de algo más que amabilidad, sonrió con tanta amplitud que su sonrisa me pareció una luna creciente. "A ti no te pasa nada" , dijo bajando de su montaña con un gesto cariñoso hacia mí. Tan cariñoso que mi siguiente pregunta fue si estaba enamorado de mí. Y con un tono igualmente cariñoso pera ya  algo mas banal y chistoso me contestó "Igual un poco sí. ¿Qué te apetece hacer esta mañana?"  Fuimos a un parque, cerca de mi casa. Como hacía tanto calor solían poner aspersores para cuidar el césped. Eso era lo que me apetecía hacer esa mañana: andar descalza por aquel césped, bajo la ducha fresca de los aspersores. El psicólogo mientras tanto, estaba tumbado en la hierba, con los brazos bajo su cabeza,  sonriendo al sol, sonriendo, sonriendo...  Ese fue el último día que le vi. Unos  días después mi madre me dió unas explicaciones algo vagas de por qué no iba a volver. No recuerdo el mensaje, no importa. Aquellas palabras: a ti no te pasa nada, se grabaron profundamente. Le creí con tanta fuerza, que solo muchos años después, más de veinte años después, volví a dudar de mí en ese sentido. La fuerza con la que recibí aquellas palabras fue directamente proporcional a la suavidad con la que me fueron dichas y sus efectos arroparon mi intimidad durante muchos años. Dese que aquel psicólogo no se hubiera marchado nunca, quizá  el lo sabía y  por eso se fue.

Pero la influencia de las vidas de otras personas en mí tenía otros interesantes canales. Leía biografías. Con catorce, quince, dieciséis años exploraba las biografías de los grandes personajes de la Historia (no se escriben biografías de los demás, desgraciadamente), viendo como habían vivido, cómo se las habían ingeniado. Comparaba mi vida con las suyas. Contaba cuantos años tenían cuando hicieron tal o cual cosa y contaba los años que me quedaban a mí, el tiempo que me quedaba hasta llegar a aquella misma edad, y pensaba: todavía tengo tiempo. 
La primera biografía de un artista que leí fue la de Miguel Angel. Me fascinó completamente y esta fascinación orientó mi siguiente elección: Leonardo. Ya no hubo vuelta atrás: el siguiente fue Van Gogh y después vinieron años de leer sobre artistas. Ya no me conformaba con una biografía, buscaba y leía todo lo que encontraba sobre vidas de artistas, incluyendo sus notas, correspondencia... lo que fuera. Estas vidas en algún punto conectaban conmigo, podía identificarme con aquellos seres humanos cuya sensibilidad les orientaba por parajes y pensamientos misteriosos, llenos de tormentas y tesoros, llenos de invenciones...Y que se dedicaban a una ocupación que dependía unicamente de sí mismas, como una prolongación de sí y que luego lo veían más personas a las que aquello les gustaba y que veían en ello un gran valor. Quizá vi ahí una forma eficaz y buena de dar salida a algo que necesitaba ver de mí y que se mantenía oculto. Quizá me identifiqué con aquellas personas para quienes lo más importante era responder al empuje de la vida inventando para ella formas que yo podía compartir. Un proceso complejo, profundo y misterioso: como a mí me gustaban las cosas.

Leyendo sobre qué decían los artistas, cómo vivían, cómo sentían... pensé: se puede ser así, como yo
soy se puede ser si eres artista. Ahí estaba la raíz de mi identificación. Entré un lugar cultural en el que habitar, lleno de personas a quienes podía admirar y emular; lleno de ideas que me conectaban con otros lugares culturales extraordinarios, ricos como jardines exuberantes: poesía, novelas, filosofía, historia...  Esa era mi fantasía y para mi suerte, los primeros artistas que conocí fueron así.

viernes

Por las ramas de la sensibilidad III


Ningunos de aquellos peligros vaticinados por mis mayores me clavó el colmillo y con cada cualidad interpretada en forma despectiva, negativa o casi insultante, me fui haciendo banderas en las que  me envolvía. Cuando mi problema -para otros- era mi ingenuidad, yo la prefería infinitos mundos antes que al cinismo. Cuando mi problema era lo que otros llamaban: un idealismo excesivo, yo me proyectaba más allá aún: hacia los ideales cantados, ensalzados por todos los poetas y filósofos de la humanidad. Cuando mi problema era un exceso de confianza en las personas, yo prefería ese prejuicio a pensar que cualquier persona desconocida podía ser una estafadora, una aprovechada, una mentirosa o una asesina en serie.
Tiene su gracia que, a la vuelta de los años aquellos que veían en mí tanta ingenuidad, se volvieran cínicos cuando descubrieron que sus ideales no podían existir en las formas en las que ellas los querían. Yo nunca pensé que todo el mundo era bueno, ni que cambiar el mundo era tarea más veloz que la formación de las cordilleras. Esto me hace pensar que aquellas pobres personas eran mucho más ingenua que yo, más ignorantes, mas idealistas y más asustadas de sí mismas, puesto que veían en mí lo que negaban en ellas.  El idealismo nos hace valientes y no existe un "exceso de idealismo" porque eso tiene otras palabras que lo definan.
Sin embargo, no nacemos tan fuertes y determinados como podemos llegar a ser, y sostener mi posición como un valor contra viento y marea hubiera arruinado mis banderas. Así que las escondí un poco. 
Recuerdo el momento en el que pensé: "todo es demasiado raro, es mejor disimular". Lo pensé así, literalmente, una tarde, sentada en el suelo frente a una maleta llena de regalos que mis abuelos me habían traído de uno de sus viajes. Había una persona adulta que se empeñaba en que tenía que gustarme uno de los regalos sobre el que yo aún no me había manifestado ni a favor ni en contra. Recuerdo  la expresión de su rostro, la vibración de su voz, sus ojos, su cuerpo... A ella aquello le encantaba y era tan importante que a mí me gustara también que tuve la sensación  de que si le llevaba la contraria explotaría. Entonces pensé - o una voz pensó en mi: "todo es demasiado raro, es mejor disimular". En aquel momento aquel "todo" era Todo: el mundo entero, eso llamado realidad. Yo  debía de tener unos siete años. 
Entonces empecé a disimular. Disimulaba, fingía, se me daba mal, parecía una tonta. Me hacía la tonta, aunque mi comportamiento fuera el de una tonta: alguien que no entiende lo que pasa a su alrededor fingiendo que lo entiende. Realmente no entendía las partes más banales, los dichos, los ires y venires, el colegio, las conversaciones de las niñas de mi colegio... Iba según el viento que soplaba, inventaba banalidades y conversaciones equivalentes a las que escuchaba, mi deriva era constante. Así, solo podía resultar -a los ojos de los demás- torpe, rara, incomprensible. Me sentía como un pollo en el país de los ogros. Fingía ser un ogro más. Creí que si no fingía,  sería devorada, no podría existir. Era fingir o nada, la nada. Así que durante varios años de mi existencia fingí con todas mis fuerzas.

Durante aquellos años me perdí en el disimulo. 
Recuerdo que lloraba mucho por las noches. Necesitaba chuparme un dedo, necesitaba dormir con mi oso. Lloraba y disimulaba. Fingía. Quizá mi personaje fuera un poquito patético; una niña un poco tonta. ¡Cuanto tengo que agradecer a aquella niña!. Le agradezco de corazón el esfuerzo que hizo por preservar mis mejores tesoros,escondiéndolos y disimulando.  Guardó mi sensibilidad todo lo que pudo, dándole todas las satisfacciones que podía encontrar para ella: pasaba horas jugando sola, horas tocando un pequeño pianito que había en su habitación, pasaba horas leyendo cuentos. Si podía escabullirse en algún jardín se escondía por ahí, horas, sola.

Guardé todo tan bien y disimulé con tanta fuerza que cuando llego la exploslión caótica de la adolescencia ya no encontraba nada y no sabía ni quien era. Mi educación sentimental consistió en una colección de diálogos de películas y -como no sabía hacer otra cosa-  situaciones de tenso mutismo y de ira explosiva y endiablada.
Tenía que salir al mundo, a la sociedad, ¡Ay! Sin entender nada de nada, lo único que sabía hacer era escabullirme por los rincones y repartir coces. Sin entender nada, todo parecía volverse en mi contra, todo parecía volverse dañino enseguida y me veía interpretando unos tontos personajes a quienes agradezco su entrega.No es fácil para una persona que se interesa por el sentido de la vida, el origen del universo, el porqué de todo y la profundidad del alma humana, encontrar interlocutores a esas edades y de esa misma edad. 
Tuve amistades, muchas muy superficiales, alguna importante. Aunque eran mis amistades quienes decidían si lo eran y durante cuanto tiempo. Yo entregaba el corazón a la primera oportunidad, pero lo recuperaba con gran facilidad si era necesario gracias a esa ira que me asistía como un alfil.
Tuve novietes y un encuentro fundamental para mí: F. Los demás nombres los he ido olvidando. También conocí a personas que tuvieron una influencia importante en mi vida adulta, una influencia que se filtró con suavidad en mi alma, sin casi darme cuenta, y que luego descubrí entre mis tesoros.







miércoles

Por las ramas de la sensibilidad II


Hasta hace unas semanas, o quizá mejor dicho -y hablando de ese tiempo que no es cronológico sino un tiempo privado, íntimo, con otra consistencia: nunca sé  cuando la penúltima certeza me va a reventar en la cara. Pensaba que  la creación artística desarrolló en mí cierta sensibilidad, o me ayudó a... Pero quizá me haya equivocado en el orden de los sucesos. El huevo fue antes que la gallina.

En mí, antes que el arte está la sensibilidad: mi sensibilidad. Eso que lo mueve todo anonimamente, o quizá mi sensibilidad sea solo el instrumento de eso que lo mueve todo anonimamente. Como muchas buenas cosas de esta vida, la sensibilidad es un componente tan obvio que pasa desapercibido. Que la sensibilidad pase desapercibida parece un oxímoron, una contradicción. Claro que sí: la convivencia de las contradicciones es el pan mío de cada día.  

Sensibilidad: habilidad, cualidad, facultad para sentir o percibir Mis dibujos son las respuestas a todas esas excitaciones, estímulos y causas que todo mi sistema nervioso capta constantemente en forma tan compleja ( sensaciones, palabras, ideas, emociones...). No me importa si esto se llama arte o no. Tampoco es una necesidad: es una elección. Podía haber elegido la música, o la literatura... Elegí el mundo de las imágenes propias, las creadas por mí con mis propias manos, seguramente para contrapesar, para compensar el enorme efecto que causan en mí las imágenes que percibo (me refiero a las imágenes culturales), que me bombardean y de las que a penas puedo zafarme. Mi órgano es el ojo, mi función es la mirada. Esto está directamente relacionado con otro empuje formidable en mí: la curiosidad. La curiosidad se corresponde a su vez con otra cualidad: el empuje hacia adelante, las ganas de vivir la profundidad de la vida.  En cada dibujo  hago es un esfuerzo por sintonizar con algo me habita y que soy yo, y que muchas veces, siento que me excede. Yo lo llamo la vida en mi. Mi sensibilidad es el camino entre lo que percibo y esa vida en mí, como si esta fuera un agua que se agita, vibra o sencillamente absorbe aquello que viaja por todas las ramificaciones de mi sensibilidad. Cuando dibujo quiero ver frente a mí aquello que se destila o se evapora de aquel agua nutritiva conmovida, porque es ese camino de salida lo que me representa: mi identidad, lo que soy. Creo que no se trata de una expresión, como si  algo que está reprimido, comprimido...y buscara camino hacia el exterior. Es algo que busca representarse, tomar forma. Es algo que existe sin forma y que la adquiere cuando responde.  No son imágenes pensadas, puedo pensar en ello (elaborar mis respuestas a todo lo que sucede a mi alrededor) porque puedo excavar  y conseguir estas imágenes con las que identificar algo de mí en cada momento, pienso a partir de las imágenes, a pesar de que antes de ellas existieran pálpitos, barruntos, intuiciones. Y pienso con la misma estructura con la que se forman las imágenes: en forma concentrada, condensada, con solapamientos, con contradicciones.
Los momentos no se parecen unos a otros, y sus tiempos no se miden en horas o semanas, aunque sus efectos puedan señalarse en un calendario.  Los momentos existen ahí desde el principio, en sus posiciones, que me parecen fijas.  Ahora, en este momento sé que he dejado de pelearme con el mundo entero o que quiero dejar de hacerlo. Solo tengo una vida y no he nacido soldada. Me interesa más la dedicación a esa conexión con la vida en mí, con la vida en ti.

viernes

Por las ramas de la sensibilidad I.

árbol mágico

Cuando imaginé escribir este texto, la palabra "sensibilidad" aún tenía para mí ecos  de connotaciones peyorativas. Aun las tiene, por esto me ocupo en este trabajo de señalar el valor de algo que es imprescindible. Porque creo que  los asuntos relacionados con la sensibilidad, se toman aún como hilachos sobrantes, prescindibles en la educación y estorbantes en una cultura del consumo, cuando no se hace de ellos -como del amor, del arte y de otros fundamentos humanos- un consumible más. Habrá quien lea esto que escribo y piense: " no tiene razón, la sensibilidad está bien vista y si que es una cualidad que se considera positiva, que prestigia, a la que se da importancia...". Es posible que tenga razón, aunque a mí no me parece suficiente.

En mi entorno familiar inmediato mi experiencia de "ser sensible" se señalaba con adjetivos como: "ser de mantequilla de soria", ser "mañosa", miedica, mimosa, distraida, quejica...La sensibilidad asociada a la imaginación era "ser Antoñita la Fantástica", pero no como cita virtuosa para hablar de la imaginación ante las dificultades, más bien como mote jocoso para alguien que parece no estar en la realidad, incapaz de enterarse de algo de este mundo; tomarse las cosas demasiado "a pecho"..
Mas adelante, la sensibilidad fue algo que según mis mayores "no podía ser". Según ellos no podía ser tan sensible porque una lista interminable de sufrimientos y de peligros me acechaban si lo era. No podía "ir de sensible por la vida", no podía ir "a corazón abierto". Tenía que protegerme, ponerme "un chubasquero", engordar la piel.  Esta interminable lista de peligros a los que yo estaba mucho más expuesta que los demás, entrarían por los poros de mi: ingenuidad, blandura, idealismo, bondad, ensoñación, sensibilidad. Sería engañada, manipulada, inducida al consumo de drogas y cosas peores Al mismo tiempo que yo era: vaga, indisciplinada, inconstante, terca y cuando me quejaba: respondona y descarada.

Tuve mucha suerte porque fui una niña muy querida, bebé deseado, primera nieta. Soy hija única por accidentes naturales, no por voluntad de mis progenitores, y mi madre se empeñó en que fuera una niña independiente. Mi madre se encontró con un ser ingobernable (a quien entendía poco, a quien le resultaba muy difícil consolar, con el que no sabía muy bien qué hacer...) y descubrió que cuando le daba un grito se quedaba algo paralizado. Así que me gritó siempre que le hizo falta.  (Ahora, con la perspectiva que da el tiempo lo lamenta, y su voluntad de reparación ha hecho que yo no pueda interpretar sus acciones pasadas sino como las mejores. Sentó unos buenos fundamentos. Soy una hija muy querida.)
Lo siento, siento  mucho aquellos miedos de aquellas personas que me quieren. Quiero decir que los siento en mí, y también que lamento mucho haber promovido miedos de los que yo no era la causa. Lo comprendo. Aunque no sea madre puedo ponerme en el lugar de una madre que ve como su hija no responde a los estereotipos dominantes de una sociedad bastante caníbal en muchos aspectos; una niña que parece escaparse continuamente hacia  fantasías  que no entiendo, que se irrita sin entender yo sus motivos; que se amilana ante un sonido fuerte, que sufre por los que sufren; que se conmueve y llora con facilidad, que hace poco caso a lo que le digo y que no sé de qué depende que me haga caso o no; que el colegio no le gusta y no parece entenderlo mucho; que no se socializa con soltura...¡ Y luego llegará la adolescencia ! Es realmente como para echarse a temblar de miedo y pasarlo mal.  Lo comprendo: un infierno de inquietud para todos.

Cuando imaginé escribir este texto lo primero que apareció fue el título: "Por las ramas de la sensibilidad". Me gustan muchísimo los árboles (y todas las estructuras arborescentes, incluidas las gorgonias, los corales...). Inmediatamente pensé en buscar entre mis fotos una que fuera adecuada. Y esta foto me habló cuando la encontré. Es un árbol que vive cerca de mi casa. Cuando digo que me habló, es precisamente eso: me gusta este árbol por mil razones inconscientes que mi intuición organizó entonces, allí -en los pliegues entre mi cuerpo y su inconsciente- empujándome a tomar la cámara y fotografiar este árbol y no otro. Ahora, al volver a mirarlo, recuerdo todo aquello que me impulsó a fotografiarlo y de todo ello se hace importante lo que da luz a la frase en la que enuncio mi búsqueda: "Por las ramas de la sensibilidad". Por todo esto digo que la foto me habló.   Me  habló de como y cuanto algunas personas pueden errar sin equivocarse y me habló de quien soy.

Podemos errar sin equivocarnos, cuando interpretamos los hechos atravesando el filtro de nuestros prejuicios o de nuestra ignorancia. Muy frecuentemente utilizamos ambos filtros. No nos equivocamos porque lo que vemos es lo que vemos, pero erramos en su interpretación.  En mi caso mi sensibilidad se interpretaba de una manera que no tenía nada que ver conmigo. Yo no vivía como otras personas parecían observar. Mis respuestas a los estímulos exteriores no tenían las causas que otras personas pensaban o esperaban que tuviesen. Ahora puedo darme cuenta del enorme malentendido y de cómo yo aposté por mi propia versión, creí en ella y crecí en ella. El árbol me recuerda que mi sensibilidad es ese tronco enorme, confiable y poderoso que crece y crece, lento, potente, estable, siempre a favor de su propia estructura: generando más tronco, más ramas más raíces. El árbol crece en ramas incontables que buscan la luz, de la misma manera que mi curiosidad avanza y se aventura. El árbol se apoya en profundas raíces invisibles que exploran la oscuridad en busca de alimento. Unas raíces gruesas y estables que se adelgazan y enlazan, haciéndose cada vez más sofisticadas  a medida que avanzan en la oscuridad, hasta sus puntas más finas y sutiles, tal y cómo a mí me gusta: cavando y buscando en la profundidad. El árbol, lleno de otras vidas que lo necesitan: insectos, líquenes, pájaros, ardillas... El árbol, uno, independiente, conectado a todo. 


La sensibilidad nos hace únicas y nos conecta a todo lo demás.



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