viernes

Por las ramas de la sensibilidad I.

árbol mágico

Cuando imaginé escribir este texto, la palabra "sensibilidad" aún tenía para mí ecos  de connotaciones peyorativas. Aun las tiene, por esto me ocupo en este trabajo de señalar el valor de algo que es imprescindible. Porque creo que  los asuntos relacionados con la sensibilidad, se toman aún como hilachos sobrantes, prescindibles en la educación y estorbantes en una cultura del consumo, cuando no se hace de ellos -como del amor, del arte y de otros fundamentos humanos- un consumible más. Habrá quien lea esto que escribo y piense: " no tiene razón, la sensibilidad está bien vista y si que es una cualidad que se considera positiva, que prestigia, a la que se da importancia...". Es posible que tenga razón, aunque a mí no me parece suficiente.

En mi entorno familiar inmediato mi experiencia de "ser sensible" se señalaba con adjetivos como: "ser de mantequilla de soria", ser "mañosa", miedica, mimosa, distraida, quejica...La sensibilidad asociada a la imaginación era "ser Antoñita la Fantástica", pero no como cita virtuosa para hablar de la imaginación ante las dificultades, más bien como mote jocoso para alguien que parece no estar en la realidad, incapaz de enterarse de algo de este mundo; tomarse las cosas demasiado "a pecho"..
Mas adelante, la sensibilidad fue algo que según mis mayores "no podía ser". Según ellos no podía ser tan sensible porque una lista interminable de sufrimientos y de peligros me acechaban si lo era. No podía "ir de sensible por la vida", no podía ir "a corazón abierto". Tenía que protegerme, ponerme "un chubasquero", engordar la piel.  Esta interminable lista de peligros a los que yo estaba mucho más expuesta que los demás, entrarían por los poros de mi: ingenuidad, blandura, idealismo, bondad, ensoñación, sensibilidad. Sería engañada, manipulada, inducida al consumo de drogas y cosas peores Al mismo tiempo que yo era: vaga, indisciplinada, inconstante, terca y cuando me quejaba: respondona y descarada.

Tuve mucha suerte porque fui una niña muy querida, bebé deseado, primera nieta. Soy hija única por accidentes naturales, no por voluntad de mis progenitores, y mi madre se empeñó en que fuera una niña independiente. Mi madre se encontró con un ser ingobernable (a quien entendía poco, a quien le resultaba muy difícil consolar, con el que no sabía muy bien qué hacer...) y descubrió que cuando le daba un grito se quedaba algo paralizado. Así que me gritó siempre que le hizo falta.  (Ahora, con la perspectiva que da el tiempo lo lamenta, y su voluntad de reparación ha hecho que yo no pueda interpretar sus acciones pasadas sino como las mejores. Sentó unos buenos fundamentos. Soy una hija muy querida.)
Lo siento, siento  mucho aquellos miedos de aquellas personas que me quieren. Quiero decir que los siento en mí, y también que lamento mucho haber promovido miedos de los que yo no era la causa. Lo comprendo. Aunque no sea madre puedo ponerme en el lugar de una madre que ve como su hija no responde a los estereotipos dominantes de una sociedad bastante caníbal en muchos aspectos; una niña que parece escaparse continuamente hacia  fantasías  que no entiendo, que se irrita sin entender yo sus motivos; que se amilana ante un sonido fuerte, que sufre por los que sufren; que se conmueve y llora con facilidad, que hace poco caso a lo que le digo y que no sé de qué depende que me haga caso o no; que el colegio no le gusta y no parece entenderlo mucho; que no se socializa con soltura...¡ Y luego llegará la adolescencia ! Es realmente como para echarse a temblar de miedo y pasarlo mal.  Lo comprendo: un infierno de inquietud para todos.

Cuando imaginé escribir este texto lo primero que apareció fue el título: "Por las ramas de la sensibilidad". Me gustan muchísimo los árboles (y todas las estructuras arborescentes, incluidas las gorgonias, los corales...). Inmediatamente pensé en buscar entre mis fotos una que fuera adecuada. Y esta foto me habló cuando la encontré. Es un árbol que vive cerca de mi casa. Cuando digo que me habló, es precisamente eso: me gusta este árbol por mil razones inconscientes que mi intuición organizó entonces, allí -en los pliegues entre mi cuerpo y su inconsciente- empujándome a tomar la cámara y fotografiar este árbol y no otro. Ahora, al volver a mirarlo, recuerdo todo aquello que me impulsó a fotografiarlo y de todo ello se hace importante lo que da luz a la frase en la que enuncio mi búsqueda: "Por las ramas de la sensibilidad". Por todo esto digo que la foto me habló.   Me  habló de como y cuanto algunas personas pueden errar sin equivocarse y me habló de quien soy.

Podemos errar sin equivocarnos, cuando interpretamos los hechos atravesando el filtro de nuestros prejuicios o de nuestra ignorancia. Muy frecuentemente utilizamos ambos filtros. No nos equivocamos porque lo que vemos es lo que vemos, pero erramos en su interpretación.  En mi caso mi sensibilidad se interpretaba de una manera que no tenía nada que ver conmigo. Yo no vivía como otras personas parecían observar. Mis respuestas a los estímulos exteriores no tenían las causas que otras personas pensaban o esperaban que tuviesen. Ahora puedo darme cuenta del enorme malentendido y de cómo yo aposté por mi propia versión, creí en ella y crecí en ella. El árbol me recuerda que mi sensibilidad es ese tronco enorme, confiable y poderoso que crece y crece, lento, potente, estable, siempre a favor de su propia estructura: generando más tronco, más ramas más raíces. El árbol crece en ramas incontables que buscan la luz, de la misma manera que mi curiosidad avanza y se aventura. El árbol se apoya en profundas raíces invisibles que exploran la oscuridad en busca de alimento. Unas raíces gruesas y estables que se adelgazan y enlazan, haciéndose cada vez más sofisticadas  a medida que avanzan en la oscuridad, hasta sus puntas más finas y sutiles, tal y cómo a mí me gusta: cavando y buscando en la profundidad. El árbol, lleno de otras vidas que lo necesitan: insectos, líquenes, pájaros, ardillas... El árbol, uno, independiente, conectado a todo. 


La sensibilidad nos hace únicas y nos conecta a todo lo demás.



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