viernes

Por las ramas de la sensibilidad III


Ningunos de aquellos peligros vaticinados por mis mayores me clavó el colmillo y con cada cualidad interpretada en forma despectiva, negativa o casi insultante, me fui haciendo banderas en las que  me envolvía. Cuando mi problema -para otros- era mi ingenuidad, yo la prefería infinitos mundos antes que al cinismo. Cuando mi problema era lo que otros llamaban: un idealismo excesivo, yo me proyectaba más allá aún: hacia los ideales cantados, ensalzados por todos los poetas y filósofos de la humanidad. Cuando mi problema era un exceso de confianza en las personas, yo prefería ese prejuicio a pensar que cualquier persona desconocida podía ser una estafadora, una aprovechada, una mentirosa o una asesina en serie.
Tiene su gracia que, a la vuelta de los años aquellos que veían en mí tanta ingenuidad, se volvieran cínicos cuando descubrieron que sus ideales no podían existir en las formas en las que ellas los querían. Yo nunca pensé que todo el mundo era bueno, ni que cambiar el mundo era tarea más veloz que la formación de las cordilleras. Esto me hace pensar que aquellas pobres personas eran mucho más ingenua que yo, más ignorantes, mas idealistas y más asustadas de sí mismas, puesto que veían en mí lo que negaban en ellas.  El idealismo nos hace valientes y no existe un "exceso de idealismo" porque eso tiene otras palabras que lo definan.
Sin embargo, no nacemos tan fuertes y determinados como podemos llegar a ser, y sostener mi posición como un valor contra viento y marea hubiera arruinado mis banderas. Así que las escondí un poco. 
Recuerdo el momento en el que pensé: "todo es demasiado raro, es mejor disimular". Lo pensé así, literalmente, una tarde, sentada en el suelo frente a una maleta llena de regalos que mis abuelos me habían traído de uno de sus viajes. Había una persona adulta que se empeñaba en que tenía que gustarme uno de los regalos sobre el que yo aún no me había manifestado ni a favor ni en contra. Recuerdo  la expresión de su rostro, la vibración de su voz, sus ojos, su cuerpo... A ella aquello le encantaba y era tan importante que a mí me gustara también que tuve la sensación  de que si le llevaba la contraria explotaría. Entonces pensé - o una voz pensó en mi: "todo es demasiado raro, es mejor disimular". En aquel momento aquel "todo" era Todo: el mundo entero, eso llamado realidad. Yo  debía de tener unos siete años. 
Entonces empecé a disimular. Disimulaba, fingía, se me daba mal, parecía una tonta. Me hacía la tonta, aunque mi comportamiento fuera el de una tonta: alguien que no entiende lo que pasa a su alrededor fingiendo que lo entiende. Realmente no entendía las partes más banales, los dichos, los ires y venires, el colegio, las conversaciones de las niñas de mi colegio... Iba según el viento que soplaba, inventaba banalidades y conversaciones equivalentes a las que escuchaba, mi deriva era constante. Así, solo podía resultar -a los ojos de los demás- torpe, rara, incomprensible. Me sentía como un pollo en el país de los ogros. Fingía ser un ogro más. Creí que si no fingía,  sería devorada, no podría existir. Era fingir o nada, la nada. Así que durante varios años de mi existencia fingí con todas mis fuerzas.

Durante aquellos años me perdí en el disimulo. 
Recuerdo que lloraba mucho por las noches. Necesitaba chuparme un dedo, necesitaba dormir con mi oso. Lloraba y disimulaba. Fingía. Quizá mi personaje fuera un poquito patético; una niña un poco tonta. ¡Cuanto tengo que agradecer a aquella niña!. Le agradezco de corazón el esfuerzo que hizo por preservar mis mejores tesoros,escondiéndolos y disimulando.  Guardó mi sensibilidad todo lo que pudo, dándole todas las satisfacciones que podía encontrar para ella: pasaba horas jugando sola, horas tocando un pequeño pianito que había en su habitación, pasaba horas leyendo cuentos. Si podía escabullirse en algún jardín se escondía por ahí, horas, sola.

Guardé todo tan bien y disimulé con tanta fuerza que cuando llego la exploslión caótica de la adolescencia ya no encontraba nada y no sabía ni quien era. Mi educación sentimental consistió en una colección de diálogos de películas y -como no sabía hacer otra cosa-  situaciones de tenso mutismo y de ira explosiva y endiablada.
Tenía que salir al mundo, a la sociedad, ¡Ay! Sin entender nada de nada, lo único que sabía hacer era escabullirme por los rincones y repartir coces. Sin entender nada, todo parecía volverse en mi contra, todo parecía volverse dañino enseguida y me veía interpretando unos tontos personajes a quienes agradezco su entrega.No es fácil para una persona que se interesa por el sentido de la vida, el origen del universo, el porqué de todo y la profundidad del alma humana, encontrar interlocutores a esas edades y de esa misma edad. 
Tuve amistades, muchas muy superficiales, alguna importante. Aunque eran mis amistades quienes decidían si lo eran y durante cuanto tiempo. Yo entregaba el corazón a la primera oportunidad, pero lo recuperaba con gran facilidad si era necesario gracias a esa ira que me asistía como un alfil.
Tuve novietes y un encuentro fundamental para mí: F. Los demás nombres los he ido olvidando. También conocí a personas que tuvieron una influencia importante en mi vida adulta, una influencia que se filtró con suavidad en mi alma, sin casi darme cuenta, y que luego descubrí entre mis tesoros.







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