sábado

Por las ramas de la sensibilidad IV

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La influencia de la vida de personas admiradas se fue filtrando, gota a gota, como un néctar nutritivo. Recuerdo una profesora particular de inglés que tuve durante unos meses. Yo iba a su casa, llena de plantas, clara y espaciosa. Ella llevaba consigo un embarazo bastante avanzado. Olía a limpio, a claridad de espíritu, olía a luz. Era suave, amable y paciente. A veces me parecía que estaba algo tensa, nerviosa , pero que se aguantaba los nervios por mi bien. Sus explicaciones eran claras y luminosas como ella. Estudiar con ella me calmaba. Su trato y su mirada me hacían sentir guapa e importante. Según ella el inglés se me daba bien. Aquello marcó la diferencia entre suspender esa asignatura y ser la única asignatura que aprobaba un par de años más tarde. Me gustaba, escuchaba a los Beatles, traducía todas las canciones en inglés que oía. Ella desapareció, pero su efecto permaneció profundizando su cauce. Muchos años después fui a Gales a estudiar unos meses. Ningún problema con el idioma. Todos me preguntaban donde había estudiado. Años mas tarde hice un postgrado de dos años en una universidad cerca de Londres. El test de ingles que me hicieron dio un ochenta sobre cien. Me preguntaron qué había estudiado pero yo no tenía ningún título, solo una profesora de inglés cuando yo debía de tener unos doce años.

Recuerdo  a un psicólogo que nos visitó durante unas semanas, un par de años más tarde. Me ayudaba a hacer los deberes y me hacía tests. Luego hablaba con mi madre. Era un hombre joven, con bigote, se reía mucho. A mí me parecía nervioso como una lagartija pero esto no me incomodaba nada. Un día de verano, de mucho calor, al terminar el test que me había hecho esa mañana, le pregunté sobre ellos: los tests. No recuerdo cómo formulé mi pregunta, pero recuerdo que me costó mucho hacerlo, estaba preocupada por que me pasara algo. Me preocupaba la posibilidad de estar loca o de algo peor: ser tonta sin remedio (suspendía casi todo, no entendía mi circunstancia, me costaba conectar, me pasaba el rato sola...) Recuerdo la cara que puso el psicólogo y su respuesta. Se rió una vez más. con más fuerza que de costumbre y me miró como si lo hiciera desde la cumbre de una montaña. Se volvió gigantesco en su cumbre y con una mirada llena de algo más que amabilidad, sonrió con tanta amplitud que su sonrisa me pareció una luna creciente. "A ti no te pasa nada" , dijo bajando de su montaña con un gesto cariñoso hacia mí. Tan cariñoso que mi siguiente pregunta fue si estaba enamorado de mí. Y con un tono igualmente cariñoso pera ya  algo mas banal y chistoso me contestó "Igual un poco sí. ¿Qué te apetece hacer esta mañana?"  Fuimos a un parque, cerca de mi casa. Como hacía tanto calor solían poner aspersores para cuidar el césped. Eso era lo que me apetecía hacer esa mañana: andar descalza por aquel césped, bajo la ducha fresca de los aspersores. El psicólogo mientras tanto, estaba tumbado en la hierba, con los brazos bajo su cabeza,  sonriendo al sol, sonriendo, sonriendo...  Ese fue el último día que le vi. Unos  días después mi madre me dió unas explicaciones algo vagas de por qué no iba a volver. No recuerdo el mensaje, no importa. Aquellas palabras: a ti no te pasa nada, se grabaron profundamente. Le creí con tanta fuerza, que solo muchos años después, más de veinte años después, volví a dudar de mí en ese sentido. La fuerza con la que recibí aquellas palabras fue directamente proporcional a la suavidad con la que me fueron dichas y sus efectos arroparon mi intimidad durante muchos años. Dese que aquel psicólogo no se hubiera marchado nunca, quizá  el lo sabía y  por eso se fue.

Pero la influencia de las vidas de otras personas en mí tenía otros interesantes canales. Leía biografías. Con catorce, quince, dieciséis años exploraba las biografías de los grandes personajes de la Historia (no se escriben biografías de los demás, desgraciadamente), viendo como habían vivido, cómo se las habían ingeniado. Comparaba mi vida con las suyas. Contaba cuantos años tenían cuando hicieron tal o cual cosa y contaba los años que me quedaban a mí, el tiempo que me quedaba hasta llegar a aquella misma edad, y pensaba: todavía tengo tiempo. 
La primera biografía de un artista que leí fue la de Miguel Angel. Me fascinó completamente y esta fascinación orientó mi siguiente elección: Leonardo. Ya no hubo vuelta atrás: el siguiente fue Van Gogh y después vinieron años de leer sobre artistas. Ya no me conformaba con una biografía, buscaba y leía todo lo que encontraba sobre vidas de artistas, incluyendo sus notas, correspondencia... lo que fuera. Estas vidas en algún punto conectaban conmigo, podía identificarme con aquellos seres humanos cuya sensibilidad les orientaba por parajes y pensamientos misteriosos, llenos de tormentas y tesoros, llenos de invenciones...Y que se dedicaban a una ocupación que dependía unicamente de sí mismas, como una prolongación de sí y que luego lo veían más personas a las que aquello les gustaba y que veían en ello un gran valor. Quizá vi ahí una forma eficaz y buena de dar salida a algo que necesitaba ver de mí y que se mantenía oculto. Quizá me identifiqué con aquellas personas para quienes lo más importante era responder al empuje de la vida inventando para ella formas que yo podía compartir. Un proceso complejo, profundo y misterioso: como a mí me gustaban las cosas.

Leyendo sobre qué decían los artistas, cómo vivían, cómo sentían... pensé: se puede ser así, como yo
soy se puede ser si eres artista. Ahí estaba la raíz de mi identificación. Entré un lugar cultural en el que habitar, lleno de personas a quienes podía admirar y emular; lleno de ideas que me conectaban con otros lugares culturales extraordinarios, ricos como jardines exuberantes: poesía, novelas, filosofía, historia...  Esa era mi fantasía y para mi suerte, los primeros artistas que conocí fueron así.

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