sábado

Por las ramas de la sensibilidad V

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Los primeros encuentros con artistas  fueron muy afortunados. Los primeros artistas que conocí (todos varones) respondían a mi fantasía del artista: sensibilidad, complejidad, mucha energía, inmersión en la tarea de crear...
Iba a pintar a casa de un pintor Antonio Antón y en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos me daban clase Cesar Montaña y Máximo. Cada una de sus charlas, sus comentarios sobre nuestros trabajos, me parecían una lección de vida. Comenzaron a llegar los dieces en todas las asignaturas (tampoco tantas) y las matrículas. Conocí a un copista en el Museo del Prado y me iba a charlar con él. Me admitieron en un taller de grabado a pesar de que no podía pagar las cuotas... Había conectado. A partir de entonces, cada vez que me sentía triste, cuando tenía esos ratos de llorar y llorar, hacía un gigantesco esfuerzo y me ponía a dibujar pensando: esto es lo único que no me traicionará jamás.  Este esfuerzo merece varias medallas que debo ponerme ahora mismo.  No sé cómo podría transmitir su enorme magnitud. Desde la total devastación, desde unas tristezas profundas como simas, sin asideros, sola, con todo en contra, iba arrastrándome hasta un papel y allí me agarraba con fuerza. Recuerdo que al principio, nada más poner el lápiz sobre el papel, el sufrimiento llegaba a su parte más aguda y entonces me repetía esto es lo único que no me traicionará jamás. A medida que los trazos iban apareciendo sobre el papel yo me iba calmando. Me acunaba y me consolaba, después parecía que el dibujo me distraía del malestar, y al finalizar sentía que había recuperado mi espacio, podía existir y enseguida encontraba algo bueno a lo que agarrarme: un libro de pintura, una novela...
"Se puede ser así"- pensaba yo: los artistas son así.

En aquel momento no tenía ni idea de la complicación de aquel lugar cultural. El lugar del artista es un lugar muy complicado por las complejidades de los argumentos sociales y sus demandas sobre estas actividades. Argumentos y demandas llenos de contradicciones, de ignorancia y de insensibilidad.  En esta sociedad, el trabajo del artista no solo consiste en prestarse a compartir los efectos de la vida en su sensibilidad particular para el interés y el bien común. Además de esto hay que trascender, nuestro trabajo tiene que tener cierto impacto social y hemos de vender nuestros productos hasta el punto de poder vivir de su venta, como mínimo.  Nosotras mismas -las personas artistas- reivindicamos como propias estas exigencias que en mi opinión, son  exigencias crueles y llenas de trampas. Es ahora, a los cincuenta años cuando puedo distinguirlo. No es que me haya costado media vida darme cuenta de ello: siempre he sabido lo que quería hacer y lo que no, aunque no supiera formular mis argumentos, mis barruntos siempre son tan intensos que pocas veces puedo llevarles la contraria. Es ahora cuando puedo hilvanar en las palabras esta disconformidad que aún me resulta dolorosa y que aún es pesar. 
¿Qué es la sociedad ? ¿Qué es aquello que me confirma en el lugar que he elegido? ¿Quien el la sociedad? ¿El periódico? ¿La televisión? ¿Una revista especializada? ¿Un comité de personas expertas? ¿No son  la sociedad: mis amistades? ¿No es la sociedad el grupo de personas con el que me relaciono habitualmente, con quienes trabajo...? ¿No son la sociedad las personas a las que les gustan mis trabajos, a las que les gusto yo,? ¿No eres tú que lees estas frases, la sociedad?.  Por muy pequeño que este círculo sea, es la sociedad: es mi ámbito de influencia confortable, amigable,  lejos de las estructuras que perpetúan el estilo de nuestra contemporaneidad, las estructuras de dominación.
Yo no vivo de vender mis producciones artísticas, ni me lo he propuesto nunca. Esta idea  que está aceptada de forma masiva como si fuera de progrullo, dejaría -con efecto retroactivo- fuera de turno a mucho más de la mitad de las personas artistas más grandes de la cultura occidental, desde Cervantes hasta Pessoa. Por abrir y cerrar la lista en algún punto. Los ejemplos de personas artistas que siguieron haciendo a pesar de lo que fuera, y que siguen haciendo y creando son incontables y esto se multiplica hasta casi el infinito en el caso de que las artistas sean mujeres.

Dedicar un tiempo importante de nuestras vidas a la creación artística es ya un éxito en sí mismo, un triunfo. Un triunfo de algo mucho más profundo que la personalidad y que encuentra una manera de manifestarse. 
Me sucede con frecuencia que personas se interesan por mis trabajos y quieren hacerse con alguno. Entonces se lo vendo si me lo quieren comprar, o se lo cambio por algo que ellas me ofrecen y que a mi me pueda interesar y desee.  El producto de estos intercambios no es suficiente para pagar mis facturas, pero completa el círculo simbólico de la creación cuando esta es compartida y aprovechada por otra persona:  quien la toma, la contempla como una imagen clave para su intimidad. Ese es el verdadero momento de trascendencia. Con que esto suceda una sola vez es suficiente. Si el ciclo se repite, se confirma cada vez, el sentimiento de satisfacción se perpetúa.  Lo demás es pura añadidura.
Un objeto de estas características, no es cualquier objeto.

Otra dolorosa consideración que he escuchado muchas veces en relación al artista es que si no tiene éxito (es decir: si no consigue dinero con los objetos que produce) le queda la docencia. Como si este destino fuera el paria, el mas bajo destino posible, lo  último. Algunas personas tenemos muy claro que la docencia es una de las profesiones más importantes que existen. 
No nos sorprende, incluso vemos normal que las personas que se dedican a la ciencia den clase en universidades compartiendo allí sus saberes. Es algo que nos parece casi "exigible". Y si esto sucediera en la enseñanza secundaria o incluso primaria, nos parecería un sueño. 

Por todo esto decía que las exigencias sociales sobre la figura del artista son crueles y llenas de trampas. También es que la creación de la que hablo, y por tanto: el arte del que hablo, no forma parte de esta lógica de la dominación que lleva miles de años infusionada en nuestras sociedades, muy al contrario: es instrumento para resistirla, para no hacerle demasiado caso, para desmentirla como única forma de vida posible.

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