miércoles

Mi padre en mi








Mi padre en mi I.

Sabemos que el género no existe y sabemos que lo sexual no elige el género.
Sabemos que el género es una construcción cultural consecuencia de esta capacidad humana llamada pensamiento simbólico.
Sabemos que el ser humano, seguramente desde sus albores, seguramente encontró en el género un soporte en el que hilar el imaginario con el que intentaba representar su existencia, la naturaleza, sus leyes.
Uno de los aspectos mas importantes en la intuición precientífica de la naturaleza es la certeza de que el movimiento y la vida se dan en el intermedio entre polaridades: luz – oscuridad, frío-calor; arriba – abajo… Seguir el ritmo de lo polar en su infinita reiteración nos lanza hacia la observación de otras complejidades organizativas, pulsos más extensos como: los ciclos, las repeticiones, la aleatoreidad aparente y el caos.
Nuestro sistema perceptivo se orienta entre polaridades, entre contrastes máximos: el negro sobre blanco de la letra impresa (o de la escritura en general) es un ejemplo claro.
El género es una acumulación simbólica de características reales que sirven en realidad no fundamentalmente para adjudicar roles socioculturales, ni para empequeñecer a las personas o someterlas, sino para representar en los seres humanos las dinámicas que nos hacen vivir.
Cuando Jung plantea sus reflexiones sobre el anima (lo femenino en el hombre) y el animus (lo masculino en la mujer) concreta en su planteamiento la posibilidad de esa  certeza: no hay división sexual.  Seguramente lo simbólico, la cultura, se filtre en lo real y lo modifique también, no nos olvidemos de esto. Ahora bien: el cauce del surco simbólico  dejado por la cultura en lo real es posible que necesite muchísimos años para modificarlo.

La sexualidad no divide a los seres humanos de la misma manera que no divide a ninguna otra especie animal.  Jung explora la memoria humana de esta certeza y encuentra “las bodas alquímicas” y “el andrógino”  como un rastro de la memoria olvidada sobre el asunto.  El ser humano es la única especie dividida y que por lo tanto ha de recordar que esta es una mera división simbólica y que por encima de ella –en la naturaleza- tal división no existe.
El género es una acumulación simbólica de características reales de enorme antigüedad, pero no es una acumulación inexplorable, ni irreversible. Sería deseable su reversibilidad, discusión, o anulación en aquellos momentos culturales en los que esta acumulación simbólica de características reales, se vio y se sigue viendo afectada por la voluntad  - voluntad de la que todas las personas de que compartimos cultura somos responsables- de esclavizar a miembros de nuestra especie de forma culturalmente justificable.
La división sexual no existe y los géneros son construcciones culturales, así que es de esto de lo que tenemos más consciencia y por lo tanto: más inconsciencia. La combinatoria de ingredientes femeninos y masculinos, es decir: los mensajes culturales sobre lo femenino y sobre lo masculino en nuestras personalidades es algo que podemos rastrear hasta cierto punto sin muchas dificultades. Pero los imputs que nuestras figuras parentales deslizaron en nosotras desde sus registros simbólicos más inconscientes son mucho más difíciles de rastrear.
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Hace unas noches soñé con un grupo de caballeros templarios.
Por un lado la estampa del sueño, la imagen, me resultaba admirable, imponente, irracionalmente atractiva. Por otro lado, al mismo tiempo, me causaba un gran rechazo. Esta masculinidad asociada al “soldado” me resulta, de buenas a primeras: reprobable.
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Recuerdo lo que le gustaba a mi padre. Solo lo que le gustaba, porque mucho de lo que le gustaba quedó enterrado en algunos de sus aspectos, aquellos que no pudo desenrollar, aquellos por los que prefirió no optar, aquellos para los que no encontró lugar en la realidad… cayeron hacia la profundidad del olvido, de la oscuridad. Rincones desde los que yo los percibía como un matiz melancólico cuyas sombras coléricas entreví en una ocasión.
Honraré a mi padre reconociéndolo en mí y quizá así también su sombra diluya parte de su peso y encuentre más paz aún.
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A mi padre le gustaba fumar en pipa, leer (Teilhard de Chardin le acompañó toda su vida y leía todo lo que encontraba sobre los templarios). Le gustaba jugar al ajedrez, el monte, escalar, la naturaleza. Le gustan las ciencias porque era un hombre muy curioso. Le gustaba pintar, le gustaba los monumentos, la historia, los animales. Le gustaba proyectar casas, soñar con una casa en la montaña.  Le gustaba bastante la libertad y cosas que cayeron en una oscuridad queriendo ocultárselas a sí mismo, oscuridad por la que viajaron hasta mí.
Supe que reconoció su herencia en mí mientras charlábamos poniéndonos al día después de veinte años sin vernos. Me miró con admiración. Recibir la admiración de mi padre fue muy importante para mí.
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Mi padre era un hombre cordial y afectuoso, pero tan reservado que yo nunca estuve cien por cien segura de que me quisiera hasta que le abracé veinte años después de habernos visto por última vez. Pero sí estaba segura de una cosa: yo sí le quería.
En su funeral, mi tío (su único hermano) me dijo que mi padre siempre había sido muy reservado, desde pequeño, incluso con él.
El amor de mi padre tenía otro cauce de manifestación: mis abuelos. Los padres de mi padre claramente para mí, como la luz del día, inequívocamente para una niña: me querían y mucho. Y había algo importante: yo podía darme cuenta.
Cuando era pequeña, vivía enamorada de mi padre. Más adelante, cuando los conflictos familiares se desbordaron hacia nuestra vida cotidiana, yo tomé partido por mi padre y culpé a mi madre de todo. Más adelante me di cuenta de lo repartida que estaba la responsabilidad de todo ello y cuando pude me di cuenta  también de que había sido injusta con los dos.
Hacía tiempo que mi padre había desaparecido del Olimpo de mi imaginación y he necesitado muchos años para ver que buena parte de los valores que me parecían importantes y admirables en aquellas biografías de artistas y en el arte: aquello en lo que me reconocía y admiraba era seguramente el reflejo de unas chispas luminosas que pude captar en él. Pude verlas en esa parte de mundo sin palabras que comunicaba con mi padre (me pregunto si esa comunicación continúa ). Las luces de mi padre, aquello que le alumbraba íntimamente y permanecía tan secreto y tan invisible para todos; aquello que se fue sepultando día a día, alejándose, retrocediendo, atrapando a mi padre en un sufrimiento que es común, frecuente en muchas personas: fingir ser quien no se es y ocultar quien  quiso ser.



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