domingo

Abrigar el alma





Sueño que mi alma juega, multiplicada, con otras almas. Impúdicas porque juegan sin vergüenza, con espontaneidad, protegidas por la doble llave de la experiencia. Es lo que hay, a pesar de que la mecánica repetición de los tópicos quiera disfrazar de obscenidad al impudor de lo espontáneo. 
No es la moral lo que peligra ante tanta espontaneidad, sino el alma. El alma queda al descubierto y se hace transparente en su propio y fértil caos. No le preocupa saber quien es, o a qué se parece. Solo quiere moverse con libertad por las habitaciones de su morada, corriendo de aquí para allá, encendiendo todas las luces, explorando todos los rincones.

Hay que abrigar el alma. Protegerla de las maquinaciones y de las conjuras. Protegerla de la vileza y de las deslealtades, de la mentira, de la traición. Hay que abrigar el alma, cubrirla para que pueda orientarse en los torbellinos que producen los espejos, en las encrucijadas entre una cosa y su contraria. Hay que proteger al alma del vaivén entre el silencio y la maledicencia. Ampararla. Proporcionarle una morada confortable, con una ventana cómoda desde la que pueda observar a resguardo, las batallas que no son suyas. 

Hay que abrigar el alma  para que pueda seguir jugando impudorosa con otras almas, si eso es lo que quiere.




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