domingo

Las hijas de Bridggitte


I.



Bridggitte no tiene memoria sobre el futuro, así que lo tiene fácil para zafarse de la responsabilidad de sus tropelías. Sus desmanes hasta la actualidad como una maraña de confusión que me golpea con su forma de puño. Y no puedo ni debo hacerme cargo de ellos. Solo alejarme para poder cartografiarlos.
Arrancar de las entrañas de mi médula imaginaria un sufrimiento que no es mío, ha sido un trabajo que me ha llevado años. Acortar la distancia con los retoño del sufrimiento de Bridggitte  sería una imprudencia. Puedo sentir compasión por las víctimas de este sufrimiento familiar, pero nada más.

El sufrimiento forma parte de mi genealogía materna. Mucho sufrimiento: desilusiones, hijos muertos, hijos que se van para no volver, incapacidad, frutas que no maduran, rencor, engaño, abandonos, raptos, mentiras, dominación, manipulación, envidia, disimulo, rencor, amargura, soberbia... Tres generaciones de sufrimiento de las que formo parte, como una gota más, como una destilación. Arrancar de mí la genética del sufrimiento ha sido un trabajo de años. Quizá yo lo tenía más fácil que otras mujeres. Quizá en mí la carga fuera mucho menor. Quizá el amor lo puede casi todo.

Pienso últimamente en todo esto y se me anuda esa genealogía a la garganta, como una garra. Y me duele todo el cuerpo, y me tenso y me falta el aire, y una vaga y lejana sensación de resentimiento me hace pensar que mi cicatriz está aún fresca. Las cicatrices mantienen cierta sensibilidad especial al tacto muchos, muchos años después de estar curadas, quizá para siempre. No hay que tocarlas.  Las cicatrices son como una antena receptora, un perceptor , un ojo invisible.  ¿Es que este sufrimiento histórico de mi genealogía quiere ser consolado por mí? Yo, que no quiero vengarme, encuentro venganza en un imposible: consolar dolores que no quieren ser consolados.  No es posible. No es verdad: nadie me ha pedido nada. No hay demanda. 

Hay personas que sienten pena, dolor intenso, disgusto y que buscan alivio, buscan algo que las calme, buscan curarse. Hay personas que ante el intenso dolor, no buscan cura, buscan venganza. Otras personas, ante el sufrimiento, la pena, el dolor, no buscan nada. Se tragan las dagas ardientes levantando la cabeza cada vez más, como si el dolor legitimara su soberbia, como si la soberbia fuera su contrapunto.  Hay personas tan acostumbradas a su sufrimiento, que lo cuidan como una joya porque la amargura es la fuente de su autoridad, y su autoridad es la fuente de su dominio, y si no pueden dominar no son nadie. Hay personas sufrientes que lanzan dentelladas y arañazos a su alrededor, autorizándose en su propio malestar,  indiferentes al dolor que causan a su paso. Hay personas doloridas, dolorosas, difíciles, apenadas, disgustadas, que se alzan sobre el dolor que infringen a los demás, como si encontraran en este gesto su único alivio.  

Hay personas que ante el dolor no buscan nada. Según el síntoma de su codicia, se quedan el dolor para ellas solas: no quieren compartirlo, no quieren compasión, no soportan el consuelo. El consuelo pone en peligro los frutos y las vistas panorámicas de su soberbia. Prefieren silenciar sus dolores y se agarran sus máscaras como un naufrago a cualquier resto flotante. Bailes de máscaras, bailes de náufragos. 

La memoria de Bidggitte se decanta en su futuro, es decir: ahora, como un relato de tres generaciones. Pero ninguna de ellas quiere escuchar ni una línea de la historia, ni configurar una historia conjunta, ni comparar versiones. Ni nada. ¿Para qué saber si algo fue "así" o "asa"? Eso no va a cambiar nada. Este es el razonamiento de quien quiere que nada cambie.  Respeto al durmiente, porque seguramente es su siesta lo que le protege de  deshacerse como la arena. La soberbia que nos aparta del alma, es un buen pegamento para todos fragmentos inconexos derivados de las explosiones del dolor, del sufrimiento.

Busqué curar mi dolor, busco compasión y me la debo, pero no voy a situarme como víctima del dolor de otros. Entre el amor y el saber -de quien la memoria es prima hermana-,  encontré alivio, calma y cura. No puedo hacer nada más por las demás. Solo seguir viviendo mi muy feliz vida, una vida en la que el dolor es un comensal más en mi  mesa. En  la casa de mi felicidad no dejamos al dolor a la intemperie, ni lo obviamos, ni escondemos al sufrimiento por los cajones. En la casa de mi felicidad, cuando le dolor llama a la puerta le damos amparo, le servimos comida caliente y le lavamos los pies.  

Así somos las hijas de Bridggitte.


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