miércoles

Las cuatro setas naranjas

Necesito descansar.
Siempre, todos los años, a estas alturas del año, se me pone como un hielo, como una tensión de la que apenas puedo liberarme. Las vacaciones de tantas personas a mi alrededor. Todas y cada una de ellas arreglando flecos pendientes para retomar el trabajo después del verano: reuniones, mensajes de última hora que generan más trabajo, proyectos por terminar, bocetos de proyectos para enviar, ideas para anotar, otra reunión, hay que…, hay que…, hay que… que no se nos olvide. La realidad -un lugar lleno de oportunidades- se transforma en una progresión interminable de sucesos banales conectados por una lógica predecible que, de momento, parece no progresar más allá de sí misma.
Necesito concentrarme en algo importante, me digo, y para descargar a mi memoria de la responsabilidad de recordar citas y detalles, llevo una agenda que me es fiel, imperfecta, depósito de aquello que, en este momento, no puedo olvidar.  No poder olvidar me irrita. Esta irritación me cansa.
Al final de la tarde, volvíamos en el coche. Los rayos del sol eran dorados y oblicuos. Parecía más pronto de la hora que era.  Aquella tarde, al bajar una loma, vi un animal negro, corriendo colina abajo. Era demasiado grande para ser un perro y no corría como una vaca.
Este hielo en mi frente. Esta tensión que no consigo relajar.  Como si la piel de mi frente tendiera a abrirse y no pudiera, como si fuera a congelárseme la mirada. Porque mis ojos van incluyéndose en el frío. Otra reunión, otra cita, otra explicación, otra nota para la agenda.
Era una animal muy negro y muy grande. Corría a gran velocidad por la pradera hacia abajo, casi parecía un gato gigante, llegó hasta los árboles y no lo volví a ver.
Me han aplazado una reunión hasta la próxima semana. Menos mal que esto no es así todo el año, no lo soportaría. No soportaría este frío en mi mente, esta tensión entre los ojos. Como si algo buscara su camino para aflorar, empujando con fuerza desde el interior. Entre la semana corta por la fiesta y los cambios de fechas, estoy desorientada. A veces me parece que respiro a trompicones. Se me olvidan las cosas. He bloqueado el móvil dos veces. Miro en mi agenda constantemente. No puedo entrar en el estudio a dibujar, porque sé que tendré que salir al cabo de dos horas para atender algún asunto. A la tarde vuelvo tan cansada que solo puedo cenar, vegetar y dormir.
Era un animal negro y elástico. Sus movimientos eran suaves, blandos, largos, rápidos. Negros muy negros, bajando por la pendiente de la colina luminosa y verde. Como una ausencia de luz animada, negro como un agujero negro. A cierta altura hizo un quiebro para meterse entre unos árboles y ya no lo volví a ver.
Me resulta doloroso no poder entrar en el estudio, no poder ponerme a dibujar al infinito, sin tiempo, no poder zafarme de los horarios entre cita y cita. Me resulta muy doloroso entrar en las aguas de las visiones e interrumpir la inmersión en una hora, por una cita. A menudo no puedo hacerlo. Prefiero dormir ese tiempo, descansar y con suerte, soñar.
Jota no lo vio. Iba conduciendo y no pudo verlo. Para cuando miró los árboles ya corrían entre el coche y la colina. ¡Mira! ¿qué bicho es ese? ¿Cuál? ¡Ahí! No, ya no se ve.
Abrí los ojos y vi frente a mí cuatro setas naranjas sobre la negra superficie del bosque.
Despierto con vagos recuerdos de sueños y visiones y los evoco para no olvidarlos, rápidamente, en un cuaderno grande y negro que tengo junto a mi cama. Garabateo cualquier visión, cualquier imagen, cualquier vapor del sueño. Apunto rápidamente, antes de que las ideas salten a la superficie de la oscuridad reivindicando su fosforescente necesidad de ser apuntadas.
Era un animal negro, muy grande. Sus movimientos eran rápidos, elásticos, concentrados en sí mismos. Una gran cola oscilaba obre su espalda. La pradera por la que descendía adquirió por un tiempo cierto carácter numinoso, como el bosque en el que la sombra negra se perdió de mi vista.
Las ideas, buenas o malas. Ideas para mis cosas, tengo miles, chorros de ideas. Serán buenas o serán malas, pero tener ideas no me cuesta. Escucho a muchas personas decir que les gusta tener ideas. Cuando me pongo a tener ideas, el mecanismo coge su propia marcha y una inercia me arrastra hacia más ideas, colonias de ideas. Afloran, salen, se multiplican a partir de cierto instante de forma inesperada, sin evocarlas. Las ideas colapsan el espacio imaginario que necesito poner a disposición de las visiones. Las ideas transforman mi respiración, mi velocidad, mi percepción del mundo. Las ideas me ciegan. Tener ideas es fácil. Sin embargo, llegar hasta las visiones en una tarea difícil.
Las ideas son prosaicas en relación a las visiones. Las visiones se parecen más al arte como lo entiendo: una forma que manifiesta lo invisible. Las visiones tienen otra textura imaginaria y no vienen llamadas por una necesidad doméstica, concreta, intelectual. La visiones están, son,  y yo accedo a ellas. Son escenas cuya densidad las distingue de cualquier otra imagen y me siento incluida en ellas por la extrañeza que estas producen en mí.
Abrí los ojos y vi frente a mí cuatro setas naranjas sobre la negra superficie del bosque. Era una formación irregular de un color tan luminoso que parecía proceder de una latencia interior, como si estuvieran animadas por una vida más poderosa que la vida de una seta vulgar. Setas mágicas -pensé.  Tumbada en el suelo, insensible al peso de mi cuerpo, las observaba frente a mis ojos, y supe que estaban enraizadas a una profundidad quizá inalcanzable. Quizá esa refulgente luz naranja procediera de algún magma incandescente. El bosque estaba tranquilo al atardecer.
El suelo negro del bosque era tan negro como el de la criatura que vi bajando la colina verde. Un negro lleno de escamas caídas: las hojas de los robles.
 La realidad es un lugar lleno de oportunidades. Cada lugar tópico, común, cada dicho, cada palabra se transforma en la revelación de un mundo invisible. La realidad puede ser una progresión interminable de sucesos banales conectados por una lógica impredecible que progresa constantemente más allá de su apariencia, hacia la oscuridad, hacia lo indescifrable. Mantener la atención sobre este quicio que se abre en la realidad no es fácil. Necesito mantener el órgano que es mi pensamiento en un constante duermevela. Solamente así puedo ver.  
Entre las necesidades que se derivan de las vacaciones de tantas personas a mi alrededor. Entre todas y cada una de ellas arreglando flecos pendientes para controlar unas mínimas variables de lo que sucederá después del verano. Entre las reuniones, los mensajes de última hora. Entre los proyectos por terminar, entre las ideas para anotar, entre el hay que, hay que, hay que. Entre cada letra pegada a la siguiente, entre cada mirada, entre cada gesto. En ese intersticio entre lo visible y no invisible, ahí es donde yo veo.
En la superficie, en el plano de la tierra, asomada a su piel, sin peso, donde las formas comienzan a organizarse y a convertirse en producciones para la realidad. Donde las ideas se realizan y trascienden su naturaleza hasta encontrarse con necesidades universales. Allí veo.  En ese cálido proceso de asimilación, en el que la actividad y la intensidad se vigilan en relación amorosa y fluida, allí veo.
Las visiones son mi hábitat, mi ecosistema permanente.  Las visiones son mi medio, la humedad que mantiene mi piel sensible.
Las visiones me descansan, me arropan, me acunan.
Descanso en mis visiones.



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