jueves

Los fantasmas en las corrientes. Cuento segundo

Ella acaba las frases, asegura las narraciones de los hechos cotidianos, pone llaves en todas las cerraduras, pone cercas en todas las praderas de su cotidianidad. Nada debe perderse, su familia debe estar segura, a salvo.
Ella manda. Envuelve su voluntad de hierro en el aterciopelado guante de suspiros de su vaga melancolía, de su preocupación por el bienestar de los suyos. Manda como si no mandara.  Ella manda desde un profundo desencanto, desde el descreimiento en la vida entera, manda desde las cerraduras de las puertas, desde las cercas, desde la oscuridad. Ella manda de forma que las puertas pueden permanecer abiertas y nadie pasará por ellas. Ella manda desde el brillo de sus pendientes, desde la oblicuidad de su mirada, desde el lóbulo de su oreja. Ella manda. Manda con férrea fe en su mandato, porque para ella es algo irremediable. Manda y juzga la esfera de su mundo, y él vive en ese mundo.
El dirá que su malestar es suyo, incluso heredado, y quizá en parte sea así. Quizá haya aprendido que vivir es un desengaño tras otro y por eso la vida le parece un truco que desemboca en el fiasco de la muerte. Quizá aprendió a desconfiar de la alegría porque puede convertirse en tristeza; aprendió a evitar el candor porque puede terminar en engaño. Quizá aprendió a evitar la espontaneidad porque sus consecuencias pueden entrañar peligros ocultos. Quizá él aprendió a evitar un poco la vida misma para no ser nunca arrastrado en sus remolinos. Quizá el aprendió que es mejor una puerta con cerradura, un campo señalado con sus cercas bien visibles, para que nadie se pierda, para que todo esté en sus sitio, para evitar los desengaños...aunque el musgo de la tristeza vaya creciendo en las sombras de sus renuncias.
En ese musgo común se encontraron, en la frescura de una sombra a la que llamaron "amor".
Se encontraron en ese espacio conocido para ambos, un jardín de mullido y suave musgo. El refrescante y húmedo verdor que crece en las sombras, esas por las que ambos transitan trazando los caminos de su jardín. Un jardín en forma de lazo. Un lazo que se aprieta cuando se estira por el otro; en el que una se estrangula cuando la otra manda; en el que una se ahoga cuando el otro no navega en sus ojos. Porque él es para ella el hombre de su vida y ella es para él la llave de su alma.

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