sábado

No todo es lenguaje



No todo es lenguaje.
El lenguaje es un maravilloso tópico extenso, que es a nuestra experiencia lo que la piel del agua es al océano.

No todo es lenguaje.
Hace unos años y durante unos años, pensaba yo otra cosa: todo era lenguaje. Situada en medio de las reflexiones lacanianas en relación al aparato psíquico, no podía ser de otra manera.  De hecho, veía la imagen como la demostración misma de esta certeza:  si se puede hablar de ello, es porque el lenguaje. El interesante triple registro lacaniano (lo real,  lo imaginario y lo simbólico) se me aparecía como un nudo de tres aspectos puros, escindibles unos de otros. Todo tenía sentido, así visto, desde un enfoque sustratado en el mismo suelo que un materialismo cultural misteriofóbico con razón.                                                                      Es real, interesante y necesario saber cómo muchos de los anclajes humanos en la experiencia de la vida (el amor, la religión, la política, el comercio, la educación, las relaciones humanas…) han sido, son y seguirán siendo objeto de manipulación por parte de quienes entienden el poder y el liderazgo como una forma de dominación sobre sus semejantes y como una forma de dominar su circunstancia general (la naturaleza, las sociedades, los recursos…). Es imprescindible escudriñar y estudiar los mecanismos de dominación que se ponen en marcha alrededor de aquellas cuestiones humanas que nos ligan a la existencia de forma radical, desde que somos seres humanos, seguramente cuestiones auto-reflejas que nos ponen sobre la pista del origen de nuestra humanidad.  Es imprescindible escudriñar los mecanismos de dominación si queremos averiguar quiénes somos, para averiguar que somos quienes creemos -secretamente- ser, para caer en la cuenta de que eso que llamamos libertad (subjetiva) es solo la añoranza de los momentos en los que realizamos ese ser plenamente. Es necesario escudriñar los mecanismos de dominación para seguir construyendo sociedades con una capacidad legislativa y administrativa suficiente como para reconocer y valorar la libertad subjetiva como un sustrato común, un lugar universal para el encuentro común: algo que proteger, algo que cultivar.
Hay que tener muy presentes los argumentos materialistas en la organización de las sociedades: para poder dialogar con los argumentos ideológicos de nuestra sociedad política, para resistir las olas de banalidades y mentiras que buscan arrastrar nuestra candidez hasta las costas de sus beneficios, y para sentir que la piel en la que existimos es nuestra al cien por cien -que no es una piel prestada por la que tenemos que sentirnos agradecidas.    
En mi caso, este viaje fue especialmente interesante y difícil. Desde mi adolescencia – y algo antes también-  andaba transitando por ideas e intereses en los que se mezclaban el alma y la física de partículas; la profundidad del cosmos se mezclaba con las búsquedas del espíritu (la filosofía, la poesía, la música, el arte); se mezclaba la banalidad, la obviedad, con el misterio rampante;  la cotidianidad  y lo aparentemente “normal” bien mezclado y  bien revuelto con lo inexplicable omnipresente,  con lo numinoso,   con lo ominoso.  Recuerdo con enorme cariño y gratitud aquellos años en los que la pila de libros en mi mesilla estaba compuesta por: cuentos y novelas de Hermann Hesse, Cocteau, Julio Verne, Boris Bian ; un libro de Hegel sobre la belleza, un TBO (Mortadelo y Filemón, mis favoritos), un libro de Jung sobre la sincronicidad y el inconsciente colectivo, un comic (seguramente el Rambla o 1984),  un mazo de cartas del tarot, un libro de algún artista (las Cartas a Theo de Van Gogh, o “De lo espiritual en el arte” de Kandinsky…), un libro de cuentos de Poe (prologado y traducido por Cortázar), algún libro de poesía (seguramente Mallarmé, Rimbaud…); y la Enciclopedia Universal del Arte  que siempre estaba allí,  en su sitio: en la biblioteca del salón, cerca de los periódicos que mi padre compraba casi a diario (compraba el ABC y El País, siempre juntos) y a los que yo solía dar también alguna vuelta.   Aún conservo la Enciclopedia Universal del Arte. Y el espíritu de mis intereses sigue respondiendo a una máxima que parece decir: el mejor puerto está allí donde mi curiosidad me lleve.
Pero la singladura por el materialismo cultural no fue uno de las costas de mi curiosidad, más bien se inició como una disciplina, un esfuerzo que me hizo abrir aún más los ojos ante las narraciones de la Historia.  A veces pienso que había un efecto previamente perseguido en aquel afán por estudiar el lado -dado por supuesto como- más pragmático de las cosas, de los sucesos, de las ideas y de los pensamientos. Tengo razones más y menos razonables para decir que la intención final de algunas personas era mi desilusión. No pararían hasta no desilusionarme del todo.
La desilusión es una de las estrategias del miedo, es una de las estrategias de la ingenuidad. Cuando el miedo y la ingenuidad detectan una actitud cuya raíz se les escapa y cuya mirada no entienden, la llaman ilusa. Es natural, puesto que les es desconocida, y por tanto: injustificable, inabordable, incontrolable. Tiene que ser algo ilusorio, algo que no existe, una quimera. Pero no existe eso “algo que no existe”, todo existe de una manera u otra.  Sin embargo iluso es confiar ciegamente en un dogma; ilusorio es tomar las ideas, los pensamientos, las relaciones…al pie de la letra, como si las formas solo fueran formas y acabaran en sí mismas. Ilusorio es -ciertamente- la idea de que no hay nada más allá del lenguaje, que somos lenguaje, que el lenguaje puede ser usado como paradigma para explicarlo casi todo, o que todo es lenguaje. Ilusorio es pensar que todas las relaciones humanas se basan en un pragmatismo universal. Se engaña fácilmente quien piensa que los sueños son algo de lo que se pueda prescindir. Este doble nudo produce amarguras muy comunes y abundantes, y una de sus consecuencias más terribles es el resentimiento. He conocido a muchas personas que siguen odiando toda la vida aquello sobre lo que apoyaron su confianza , aquello en lo que dejaron de confiar en otro momento.  Como si una idea pudiera traicionarnos, como si no fuéramos nosotras mismas quienes nos traicionamos, como si no pudiéramos perdonarnos las traiciones que nosotras mismas nos inflingimos.
Pero nuestro andamiaje sociocultural no tiene su raíz únicamente en cuestiones puramente materiales asociadas a la supervivencia (¿qué supervivencia?, ¿la de nuestra especie?, ¿la de los individuos de nuestra especie en sus formas particulares?), ni el estudio de la estructura del lenguaje sirve de mucho al adentrarnos en el territorio al que accede la poesía.  Las cuestiones espinosas, resbaladizas y complicadas siguen siéndolo: el mito, el relato mítico, la universalidad de lo simbólico, ciertos barruntos sobre nuestra existencia con los que -queremos pensar que únicamente la religión quiere dialogar, la poesía y el arte ( extirpado de modas y tendencias históricas), los sentimientos más comunes y persistentes como el amor… ; todas estas cuestiones escapan tozudamente a cualquier argumentario concluyente. Y en el repaso constante de los sucesos históricos de los que somos consecuencia, hemos de tener en cuenta esa enorme parte de inexplicabilidad en la que nos movemos, que nos mueve. Y solo podemos relacionarnos con esa enorme negrura , profunda como las noches sin luna, sobrecogedora y radiante que es la Vida, admitiendo que no todo es lenguaje, no todo es accesible al método científico. Admitamos que ese enorme “no todo” que nos habita y nos anima, es la fuente de nuestras estructuras y de nuestros órdenes. Seamos humildes: el número ya existía antes de que supiéramos contar ( y las matemáticas tienen su origen histórico en el ámbito de lo sagrado).
Uno de los prodigios humanos consiste en ser capaces de captar ese orden monumental que es el Caos y representar algunos de sus diminutos fragmentos (como por ejemplo las matemáticas).  Es el relato, la poesía, el arte en general, todo lo relacionado con una imaginación que trabaja para sí misma, ese es nuestro don particular: aquello que puede alejarse de la obviedad de los hechos, aquello que se filtra por  capilaridad intersticial hacia la oscuridad de lo desconocido, hacia el “no todo”, hacia la vida. Eso es la imaginación, que se filtra por la roca de la realidad tallándola constantemente, poniendo en cuestión sus apariencias, haciéndonos saber que quizá las razones no están en las rocas del lenguaje, sino en aquello capaz de resquebrajarlo y hacerlo estallar. El inconsciente.

El inconsciente es aquello que hay bajo el maravilloso tópico del lenguaje: el océano. Un océano con sus leyes, con sus corrientes, sus órdenes y desórdenes… Y poco de lo que lo habita se parece a lo que nos es más familiar. Bajo nuestra piel también, entre los poemas, en los relatos, lejos del pie de la letra, atravesando la letra, entre las miradas, en los intersticios de los sucesos, en el rabillo del ojo, en lo que creemos ver pero no es, en los sueños, en los barruntos, en los presentimientos… y solo la imaginación puede relacionarse con él de una forma saludable: representando pequeños fragmentos y poniéndolos a la luz que pensamos que es nuestra conciencia. Pero quizá nuestra conciencia solo sea luminosa si valoramos su uso como exploradora de todo aquello que no alcanza.  Ni no es así, si solo valoramos la literalidad, lo obvio y lo demostrable, quedaremos a los pies de los caballos.

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