domingo

Las serpientes


Las serpientes


Primero aparecieron dentro de mis botas, bulliciosas, ayudándome a quitármelas, verdes, pequeñas, rápidas, se disolvían entre el verde de las hierbas... Luego me envolvieron suavemente, blandas, blancas, entre siseos emplumados, me daban calor, me abrazaron con una intensidad que me asustó. Después una de ellas se enroscó en mi regazo. Así las dos, desnudas entre la hierba jugosa, nos mirábamos como viejas amigas, encajando los huecos de nuestros cuerpos como si fuéramos el molde la una de la otra. Así la plateada serpiente se levantó, y yo me levanté con ella. Y las dos nos mirábamos y yo sentí una gran paz y mucha alegría. 



Me pregunto sobre esta Serpiente sabia que viene a verme.



Las orantes


Las Orantes


Me desperté en la parte trasera de un automóvil, junto a otra mujer algo más joven que yo, o quizá solo es que tenía el pelo más oscuro que el mío, no sabría decir su edad  y tampoco creo que sea muy importante. Miré en los asientos de delante. Otra vez los Hombres Blancos me empujaban hacia algún lugar desconocido, con una intención desconocida. Uno conducía, otro le acompañaba. 
Pensé que teníamos las manos atadas. Pensé: "vaya, lo que faltaba:  esta vez nos han secuestrado". Teníamos las manos juntas, palma con palma, no podíamos separarlas. Los Hombres Blancos pararon el coche y nos depositaron suavemente a la sombra de unos setos oscuros. Era una tarde tibia y luminosa, llena de sol. Se escuchaba el juego y el griterío de niñas y niños a lo lejos.
Los Hombres Blancos saben que nos gustan las sombras, que tendemos hacia ellas, por eso nos dejaron entre aquellos setos oscuros. Veíamos los dibujos que hacían en el suelo las hojas de los setos al recortar la luz del sol. Veíamos el brillo del sol por todas partes, como millones de diamantes incontrolables, incontables piedras preciosas encaramándose en cualquier cosa: sobre la espalda de un perro, sobre el asfalto, sobre el pétalo de una flor pequeña, sobre un semáforo. Sentía la frescura y la humedad del suelo en las plantas de mis pies desnudos.  "Tenemos que escapar por allí"-pensé.  
¿Teníamos que escapar?  Conociendo mi afición a aventurarme por fuera de los caminos, no es tanto que escapáramos, sino quizá más bien que si veo un túnel, tengo que saber qué hay al otro lado; si veo un pozo tengo que asomarme y tirar una piedra; si hay una cueva tengo que entrar... Teníamos que ir por allí, porque  la palpitación del mismo túnel me empujaba en aquella dirección, como una corriente, como un movimiento sísmico.
A mi derecha la vegetación formaba un perfecto túnel naranja y rojo. Al mirarlo pensé que las ramas parecían trazar el dibujo del interior de una vagina. Era un túnel corto, estrecho y de poca altura. Un túnel pequeño hecho de matorrales bajos de color rojo fuego, y de arces otoñales. Anduvimos con las manos juntas sobre nuestro pecho, palma con palma y muñeca con muñeca, no podíamos separarlas. Avanzamos desde la sombra acogedora hacia la luz por un túnel naranja. Avanzamos por el fuego, avanzamos por aquello que avanza y que promueve el avance. Progresamos hacia una inundación de luz, inundadas del naranja y el rojo de los arces. El camino era muy corto, sin embargo el trayecto fué importante, tan importante que alargó la profundidad de la experiencia hasta convertir el túnel en una gigantesca caverna palpitante hecha de carne anaranjada. Al salir de aquél conducto entre dos mundos, vimos un parque muy grande, un enorme jardín con paseos muy blancos. En una tarde cálida y apacible, muchas personas paseaban por allí, despacio, sin prisas. Se las veía felices, de buen humor, entre niñas y niños que correteaban jugando por todas partes. A mi derecha se levantaba un gran edificio blanco de tres plantas, en el que entraba mucha gente. Me pareció un buen sitio para escondernos de los Hombres Blancos.  Dentro del edificio buscábamos otra salida. Decidí subir a la segunda planta, la planta intermedia. Allí encontré una puerta. Al empujarla noté que mis manos se separaban, y me dí cuenta de que no estaban atadas, me dí cuenta de que en ningún momento lo habían estado. Mis manos habían estado  juntas, unidas palma con palma, muñeca con muñeca, como las manos de alguien que reza...



Tras la puerta estaba la salida a una escalera de incendios desde la que se veía otra porción del gran jardín. El edificio blanco tenía otra ala más, y las otras escaleras de incendios se dibujaban sobre las paredes blancas, negro sobre blanco, como una escritura, como si yo  misma las hubiese dibujado. Me sentí tranquila, en paz. Pensé: "no hay garantía de que los Hombres Blancos no nos vean, pero al menos tenemos esta otra salida".  







viernes

Algún día recordaré el momento en que lo vi.



Debería recordar el momento, pero aún no he llegado hasta ese punto de mi memoria: el momento en el que lo vi. Estoy segura de haberlo visto, y ese momento hace sombras detrás de la membrana de mi memoria. 
Lo vi en algún momento de mi infancia, estoy segura. Quizá fuera observando un hormiguero o escuchando la lluvia durante una tormenta, o quizá me lo enseñara un relámpago. Quizá  lo vi en la nieve o en el color del sol al amanecer. Lo vi. Lo vi y supe que el origen y el destino de toda mi vida tenía que ser ese, ese sería el destino de mis asuntos y el mismo lugar del que brotaban. Lo vi, y todo lo demás me pareció prescindible, superfluo, menos importante si me alejaba de mi visión.  
Esta es una visión que fue y que permanece, ahora lo sé, porque es la visión que indujo una forma de experimentar la vida entera. Quizá lo vi en un sueño, en una mirada amorosa, en un susto, en una caída.
Hasta hace unas semanas pensaba que esto era el arte. He vivido años y años identificándome plenamente con el arte. Plenamente y dolorosamente: sufriendo ambivalencias y desgarros que ahora puedo comprender. No es el arte lo que me interesa. El dibujo y la pintura son solo fabulosos instrumentos, de ellos y de sus ancestrales raíces me sirvo para permanecer fiel a  mi visión. 
Algo se me rebeló, algo vi, algo que absorbí en mi imaginación como una profunda negrura cálida y acogedora. Como la tinta con la que me mancho los dedos haciendo borrones desde los que ovillo líneas; como la profundidad marina en la que me sumerjo en inmersiones metafísicas; como la oscuridad de la tierra en donde se hunden las raíces de los árboles que adoro, allí desde la que surgen las  sabias serpientes,   donde son enterrados los tesoros; como la oscuridad del cielo nocturno bajo el que sueño, en el que uno los puntos estelares de mis preguntas.
Permanecer fiel a mi visión es lo que hago, ahora me doy cuenta. He intentado explicar cosas sobre arte y he indagado en sus intersticios creyendo que eran los míos. Alguna idea interesante he decantado de todo ese trabajo y me alegro. He sufrido mucho intentando habitar en el arte como una artista más, sintiendo al mismo tiempo un rechazo profundo e inevitable por muchos de sus lugares. He bebido de las creaciones de los artistas, creyendo que la fuente era el arte. Confundí mi visión con el arte. Mi visión es otra cosa. Mi visión y aquello que la habita, se sirve de las palabras, de las imágenes, de los sonidos... se sirve de las imágenes y de las palabras para mostrarse ante mis ojos y yo camino detrás de ella. Estoy alegre, contenta, enteramente satisfecha, porque ahora sé que no hay conquistas por hacer, ni lugares a los que debo llegar o en los que debo estar, ni metas por cumplir. Estoy en paz. Siento que el empuje de mi espíritu  se dirige hacia lo originalidad desde la que parto, a abundar en ello mismo, a mostrarme sus aspectos. Toda mi ocupación es esta: observar aquello que hace sombras tras la membrana de mi memoria. Visitarlo mientras duermo, ofrecerle mis dibujos, mis barruntos. Imaginar sus formas para poder seguir sus pasos, para que siga guiándome hacia su torbellino, hacia el origen en el que permanezco, hacia aquello que vi y de lo que jamás me he alejado.

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