viernes

Algún día recordaré el momento en que lo vi.



Debería recordar el momento, pero aún no he llegado hasta ese punto de mi memoria: el momento en el que lo vi. Estoy segura de haberlo visto, y ese momento hace sombras detrás de la membrana de mi memoria. 
Lo vi en algún momento de mi infancia, estoy segura. Quizá fuera observando un hormiguero o escuchando la lluvia durante una tormenta, o quizá me lo enseñara un relámpago. Quizá  lo vi en la nieve o en el color del sol al amanecer. Lo vi. Lo vi y supe que el origen y el destino de toda mi vida tenía que ser ese, ese sería el destino de mis asuntos y el mismo lugar del que brotaban. Lo vi, y todo lo demás me pareció prescindible, superfluo, menos importante si me alejaba de mi visión.  
Esta es una visión que fue y que permanece, ahora lo sé, porque es la visión que indujo una forma de experimentar la vida entera. Quizá lo vi en un sueño, en una mirada amorosa, en un susto, en una caída.
Hasta hace unas semanas pensaba que esto era el arte. He vivido años y años identificándome plenamente con el arte. Plenamente y dolorosamente: sufriendo ambivalencias y desgarros que ahora puedo comprender. No es el arte lo que me interesa. El dibujo y la pintura son solo fabulosos instrumentos, de ellos y de sus ancestrales raíces me sirvo para permanecer fiel a  mi visión. 
Algo se me rebeló, algo vi, algo que absorbí en mi imaginación como una profunda negrura cálida y acogedora. Como la tinta con la que me mancho los dedos haciendo borrones desde los que ovillo líneas; como la profundidad marina en la que me sumerjo en inmersiones metafísicas; como la oscuridad de la tierra en donde se hunden las raíces de los árboles que adoro, allí desde la que surgen las  sabias serpientes,   donde son enterrados los tesoros; como la oscuridad del cielo nocturno bajo el que sueño, en el que uno los puntos estelares de mis preguntas.
Permanecer fiel a mi visión es lo que hago, ahora me doy cuenta. He intentado explicar cosas sobre arte y he indagado en sus intersticios creyendo que eran los míos. Alguna idea interesante he decantado de todo ese trabajo y me alegro. He sufrido mucho intentando habitar en el arte como una artista más, sintiendo al mismo tiempo un rechazo profundo e inevitable por muchos de sus lugares. He bebido de las creaciones de los artistas, creyendo que la fuente era el arte. Confundí mi visión con el arte. Mi visión es otra cosa. Mi visión y aquello que la habita, se sirve de las palabras, de las imágenes, de los sonidos... se sirve de las imágenes y de las palabras para mostrarse ante mis ojos y yo camino detrás de ella. Estoy alegre, contenta, enteramente satisfecha, porque ahora sé que no hay conquistas por hacer, ni lugares a los que debo llegar o en los que debo estar, ni metas por cumplir. Estoy en paz. Siento que el empuje de mi espíritu  se dirige hacia lo originalidad desde la que parto, a abundar en ello mismo, a mostrarme sus aspectos. Toda mi ocupación es esta: observar aquello que hace sombras tras la membrana de mi memoria. Visitarlo mientras duermo, ofrecerle mis dibujos, mis barruntos. Imaginar sus formas para poder seguir sus pasos, para que siga guiándome hacia su torbellino, hacia el origen en el que permanezco, hacia aquello que vi y de lo que jamás me he alejado.

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