domingo

Las orantes


Las Orantes


Me desperté en la parte trasera de un automóvil, junto a otra mujer algo más joven que yo, o quizá solo es que tenía el pelo más oscuro que el mío, no sabría decir su edad  y tampoco creo que sea muy importante. Miré en los asientos de delante. Otra vez los Hombres Blancos me empujaban hacia algún lugar desconocido, con una intención desconocida. Uno conducía, otro le acompañaba. 
Pensé que teníamos las manos atadas. Pensé: "vaya, lo que faltaba:  esta vez nos han secuestrado". Teníamos las manos juntas, palma con palma, no podíamos separarlas. Los Hombres Blancos pararon el coche y nos depositaron suavemente a la sombra de unos setos oscuros. Era una tarde tibia y luminosa, llena de sol. Se escuchaba el juego y el griterío de niñas y niños a lo lejos.
Los Hombres Blancos saben que nos gustan las sombras, que tendemos hacia ellas, por eso nos dejaron entre aquellos setos oscuros. Veíamos los dibujos que hacían en el suelo las hojas de los setos al recortar la luz del sol. Veíamos el brillo del sol por todas partes, como millones de diamantes incontrolables, incontables piedras preciosas encaramándose en cualquier cosa: sobre la espalda de un perro, sobre el asfalto, sobre el pétalo de una flor pequeña, sobre un semáforo. Sentía la frescura y la humedad del suelo en las plantas de mis pies desnudos.  "Tenemos que escapar por allí"-pensé.  
¿Teníamos que escapar?  Conociendo mi afición a aventurarme por fuera de los caminos, no es tanto que escapáramos, sino quizá más bien que si veo un túnel, tengo que saber qué hay al otro lado; si veo un pozo tengo que asomarme y tirar una piedra; si hay una cueva tengo que entrar... Teníamos que ir por allí, porque  la palpitación del mismo túnel me empujaba en aquella dirección, como una corriente, como un movimiento sísmico.
A mi derecha la vegetación formaba un perfecto túnel naranja y rojo. Al mirarlo pensé que las ramas parecían trazar el dibujo del interior de una vagina. Era un túnel corto, estrecho y de poca altura. Un túnel pequeño hecho de matorrales bajos de color rojo fuego, y de arces otoñales. Anduvimos con las manos juntas sobre nuestro pecho, palma con palma y muñeca con muñeca, no podíamos separarlas. Avanzamos desde la sombra acogedora hacia la luz por un túnel naranja. Avanzamos por el fuego, avanzamos por aquello que avanza y que promueve el avance. Progresamos hacia una inundación de luz, inundadas del naranja y el rojo de los arces. El camino era muy corto, sin embargo el trayecto fué importante, tan importante que alargó la profundidad de la experiencia hasta convertir el túnel en una gigantesca caverna palpitante hecha de carne anaranjada. Al salir de aquél conducto entre dos mundos, vimos un parque muy grande, un enorme jardín con paseos muy blancos. En una tarde cálida y apacible, muchas personas paseaban por allí, despacio, sin prisas. Se las veía felices, de buen humor, entre niñas y niños que correteaban jugando por todas partes. A mi derecha se levantaba un gran edificio blanco de tres plantas, en el que entraba mucha gente. Me pareció un buen sitio para escondernos de los Hombres Blancos.  Dentro del edificio buscábamos otra salida. Decidí subir a la segunda planta, la planta intermedia. Allí encontré una puerta. Al empujarla noté que mis manos se separaban, y me dí cuenta de que no estaban atadas, me dí cuenta de que en ningún momento lo habían estado. Mis manos habían estado  juntas, unidas palma con palma, muñeca con muñeca, como las manos de alguien que reza...



Tras la puerta estaba la salida a una escalera de incendios desde la que se veía otra porción del gran jardín. El edificio blanco tenía otra ala más, y las otras escaleras de incendios se dibujaban sobre las paredes blancas, negro sobre blanco, como una escritura, como si yo  misma las hubiese dibujado. Me sentí tranquila, en paz. Pensé: "no hay garantía de que los Hombres Blancos no nos vean, pero al menos tenemos esta otra salida".  







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