martes

Mi forma de estar



La aparente realidad, la piel que exploran mis sentidos, se resquebraja. El modo en el que trabajo en mis imágenes es una metáfora de esa experiencia. Desde detrás del muro de lo aparente, usando mis sentidos como velo en el que proyectarse, asuntos con carácter propio que están detrás de cualquier idea razonable, consiguen transparentar un poco sus formas para hacerse visibles.  
Mi trabajo se parece al de las hormigas. Trasegando  incansablemente entre la oscuridad y la luz, entre la luz y la oscuridad. Uniendo estos dos mundos con su laborioso ir y venir. Llevando objetos de un mundo a otro, sepultando cosas, desenterrando otras. Son hormigas azules como el aire. Hormigas celestes, como el espíritu. Pequeñas llamas azules que penetran por los agujeros más negros de lo desconocido. Entran y salen sin desmayo. 


Desvaneciéndose hacia la invisibilidad del pensamiento. Recorriendo los anillos de los árboles, todas sus edades. Son tan viejas como el mundo. Y recorren las raíces de los árboles tan viejos como el Mundo, hasta llegar la máxima profundidad. Donde habita la Edad del Mundo.


En su descenso entre raíces y serpientes, las hormigas azules cuidan los valores que aún duermen en las entrañas, aguardando el momento oportuno para salir a la luz de los días. Hay cientos, como pequeñas semillas dormidas, descansando apaciblemente, rodeando a la anciana que habita el Centro del Mundo. 

Ella lo sabe Todo y no le hace falta recordarlo. Cuida a las hormigas azules. También las alimenta. Les da a comer sus sueños. Sueños en los que un hombre vuela sin alas, entre las columnas de un enorme templo.

 
Sueños en los que la Casa del Espiritu se muestra como un laberinto infinito. Sueños en los que un anciano y un joven viajan juntos, cruzando puentes, hacia una ermita blanca.  Viajo, viajo, viajo... camino hasta entrar en la profunda caverna excavada por en Tiempo bajo un árbol. Entro allí con las serpientes y las hormigas. La tierra se cierra detrás de mí: una enorme mano tapa el agujero por el que desciendo a ciegas. 

Al principio todo es negrura, oscuridad que me envuelve y penetra los orificios de mi cuerpo. Es una negrura fluida, como un líquido, un agua obscura en la que puedo respirar. Pasado un tiempo comienzo a ver. Veo con otros ojos. Veo entre velos, imágenes que se mezclan y confunden. Imágenes de distintas calidades, de distintas procedencias, distintas densidades... Veo un ser con genitales de dos sexos y pechos que amamanta peces que salen de su cuerpo.
                                                            
                                                            

Con una naturalidad que me escalofría, no solo los peces entran y salen de su cuerpo sino que su falo con boca de serpiente, escupe estrellas al firmamento como un dragón escupe fuego. A su lado, una figura alada abraza a un hombre que cae... Y al mismo tiempo las raíces. Y las hormigas, y la oscuridad.
Es como si todo sucediera a la vez. Un visión en Aleph:  ese mismo punto de confluencia situado en el centro de mi mirada, como lente, como órgano. Simultaneidad, corte transversal en la sucesión del tiempo . Kairós.


Primero parece solo la caída en un torbellino confuso, pero poco a poco observo las relaciones entre las cosas. Las cosas son ideas que se abren como flores o como cajas, o como abismos....De allí salen mas cosas, más ideas, más formas, más relaciones... Y así hasta lo que parece ser el infinito para  mi. Y floto en Eso. Me dejo mecer. Me adormezco. Me disuelvo.


Pronto, pronto: una línea aquí, otra allí. Corto por aquí, dibujo por allá. Mezclo, superpongo, marco las relaciones... Solo llego a hacer pequeños y humildes mapas de una experiencia que me excede desde cualquier punto de vista. Los pájaros también estaban ahí desde el principio, como las hormigas, las serpientes y las frescas brillantes y oscuras raíces de los árboles. Los pájaros portan en sí todo el paisaje, allí donde entran: lo llevan consigo. Hay muchos pájaros alrededor de mi casa: petirrojos, carpinteros, cornejas, arrendajos, urracas, cigüeñas, muchas rapaces y  grandes cuervos.  


Cada pájaro es el paisaje que frecuenta: unos son más las ramas y los frutos y toda la inteligencia que existe en ese dominio. Otros son las larvas y los troncos y los insectos escondidos. Otros vienen desde lo alto después de horas y horas de vuelo. Y están los cuervos. Pareciera que los cuervos son la oscuridad de la que salen: el bosque. Van y vienen del bosque cercano. Son jirones de la negrura en la que penetro. Negros como las hormigas antes de iluminarse de azul. ¿Donde están los cuervos azules?

Los cuervos vuelan con alas de bosque, son el bosque mismo: lo abren y lo cierran en sus alas. Camino por los agujeros de las profundidades, nado por el líquido negro de la obscuridad destilada por las raíces de los árboles y las alas de los cuervos. Los cuervos conocen a todas las criaturas visibles e invisibles, no se asustan: son algo tramposos. No hay que fiarse de los cuervos, solo interesarse por ellos.

Así me veo, siempre igual, el ejercicio siempre es el mismo, la experiencia se parece aunque siempre es diferente (cada vez: de una vez). Así me veo, así estoy, eso es lo que hago. Siempre lo mismo: esté dibujando, mirando por la ventana, trabajando con alguien, haciendo una foto... Ya esté en la tienda haciendo la compra, o en el metro, o sentada entre los ráspanos, en el bosque, alargando mis orejas para escuchar a un corzo, a una lechuza... Siempre es lo mismo: en mi mirada hay un punto en el que aparece otro tiempo, otra cualidad de las cosas. Aparecen relaciones presentidas, túneles de sentido, acantilados y tormentas de emociones, ideas que son seres, seres que son sentimientos, objetos que llevan a otros objetos que se abren como paisajes... Así estoy. Es mi forma de estar.


 Y todos mis trabajos son metáforas imperfectas, humildes remedos de esta forma de estar mía.




























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