viernes

La casa bonita

No he dormido bien.
Hace días que no duermo bien, no descanso.
Me ocurre siempre que vengo a esta casa, es verdad, pero en esta ocasión ha sido peor.
Es esta casa. En la mía duermo sin problemas y cuando no duermo suelo saber qué ha pasado. A veces son días de preocupaciones o días de desvelos debidos a producciones endógenas de mi cuerpo por distintos motivos. Pero en esta casa es diferente y ademas puedo contrastarlo: Esoj tampoco duerme bien aquí, y eso que él es capaz de dormir en el palo de un gallinero durante una noche pirotécnica.

He vuelto a esta casa varias veces y ninguna de ellas he dormido bien. En ninguno de sus dormitorios. He probado los dos. El otro es mucho peor que este. Dormí en él una noche en la que veníamos de viaje y paramos aquí a descansar para seguir el viaje al día siguiente. Aquella noche tuve miedo en aquella habitación. Me quedaba dormida a ratos y me despertaba sobresaltada, con la sensación de que algo sucedía al otro lado de la puerta, Dormir entre sobresaltos no es dormir. Abrí la puerta y la dejé así para cerciorarme de que al otro lado no había nada que no fueran los muebles. Pero sí había algo. Algo que tomaba el aspecto de sombra más oscura que la oscuridad. Una sombra fluctuante y multiplicada que a veces podía ver con toda claridad desde mi cama, moviéndose en la otra habitación. Allí no había nadie, pero algo había.

Es una casa muy bonita, en un lugar precioso. Es un lugar al que vamos cuando estamos de vacaciones. Ultimamente siento la espalda un poco tensa y hago ejercícios para fortalecer sus músculos, procuro adoptar buenas posturas, nado, ando y cuido de mi espalda. En las vacaciones siempre estoy mucho más relajada y aprendo de esos momentos en los que soy capaz de distinguir cuando me tenso y porqué. A veces mi espalda es sensible a un pensamiento, a una idea, a la inquietud de algo pendiente. Otras veces se relaja, la tensión desaparece por completo y puedo pensar en lo que me inquieta sin sentir dolor.

La temperatura es muy buena, Luce el sol. Voy a bañarme al mar. Doy un paseo largo y vuelvo a casa. Al cabo de unos minutos de entrar por la puerta comienza a dolerme la espalda. Me he dado cuenta de que esto ha pasado todos estos días. Me duele más en el dormitorio que en la entrada. Si me quedo fuera de la casa, sentada bajo un árbol, estoy bien. Si entro en casa, si voy al dormitorio a cambiarme de ropa comienza a dolerme la espalda. He hecho la prueba a conciencia un día detrás de otro. No tengo dudas: es la casa. La casa o algo que sucede en ese lugar.

Es una casa muy bonita, rodeada de plantas bien cuidadas. A las noches me acuesto en la cama con la sensación de que algo no está en su sitio. Esoj dice que es el colchón. Pero yo sé que no es el colchón. He probado a dormir tumbada en otras direcciones (con los pies hacia la pared en lugar de hacia la puerta, con la cabeza hacia la ventana...) pero la cosa no mejora y además Esoj me mira como si yo fuera un animal exótico. No quiero perturbar su descanso, así que me meto en la cama una vez más.
Frente a mí está el armario empotrado en la pared que me separa de la otra habitación, la peor habitación. En ella duermen mis amigos. Por motivos médicos distintos los dos toman pastillas para conciliar el sueño, así que el testimonio sobre su descanso no vale para mi estudio. Me gusta la puerta del armario, es de una madera clara veteada. Junto a él hay un baúl. A su izquierda está la puerta de la habitación, fuera del alcance de mi vista.

Sencillamente: no puedo dormir. Doy vueltas, pero es como si las vueltas fueran inútiles porque nada cambia, el malestar no varía. Me duele la espalda. El armario parece un cajón enorme que caminara hacia la cama. La habitación parece hacerse pequeña, cada vez más pequeña. No encuentro ningún brillo amable en el que entretener el insomnio y acunarlo. Mi pensamiento queda en blanco, pero es un vacío cochambroso por el que ninguna imagen circula: mi cine nocturno no funciona. Algo me distrae de cualquier pensamiento que rumiar para adormecerme. Doy vueltas sobre mi espalda dolorida que no se alivia en ninguna posición. Doy vueltas en una nada viscosa y gris. A veces tengo mucho calor, a veces me quedo fría. A veces me quedo dormida y me despierto de repente, como si algo estuviera pasando allí mismo. Todo quietud. Todo en su sitio. Voy a beber agua con la sensación de estar metida en una caja oscura y transparente observada por decenas de ojos invisibles para mí.

Es una casa muy bonita de la que nos marchamos ayer.  Anoche dormí ya en mi casa. Dormí bien.


2 comentarios:

Iñaki Rodríguez M. dijo...

Sensibilidad más allá de la simpleza de la primera reacción ante una experiencia personal. Propio del comportamiento habitual de Helena y que tanto nos aporta. Gracias

helena dijo...

Gracias Iñaki

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